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Opinión: El motivo por el que las mentiras de Hasan Minhaj encontraron una audiencia tan grande

El motivo por el que las mentiras de Hasan Minhaj encontraron una audiencia tan grande (Akshita Chandra/The New York Times).
El motivo por el que las mentiras de Hasan Minhaj encontraron una audiencia tan grande (Akshita Chandra/The New York Times).

CUANDO ERES MUSULMÁN ESTADOUNIDENSE, CONOCES MUY BIEN UN TIPO ESPECÍFICO DE ANÉCDOTA. QUIZÁ INCLUSO HAYAS CONTADO ALGUNAS PROPIAS.

Durante años, cada vez que oía un chiste del cómico Hasan Minhaj, sentía una punzada de familiaridad. Las historias que contaba eran las que yo conocía: que te llamaran terrorista, que te pararan en el control de seguridad del aeropuerto o cómo navegar por un Estados Unidos dominado por la raza blanca siendo musulmán y sudasiático. Y aunque yo conocía bien estas interacciones, también me resultaba difícil no estremecerme cuando veía sus monólogos de comedia. Todo lo que podía pensar era: ¿en serio? ¿Otra vez esto?

El mes pasado, The New Yorker reveló la noticia de que muchas de las anécdotas de los especiales de Netflix de Minhaj eran inventadas o muy exageradas. Esa noticia desencadenó un previsible miniescándalo, sobre todo teniendo en cuenta que Minhaj se había postulado como candidato a ser el nuevo conductor de “The Daily Show”. Después se inició un debate sobre la frontera entre la verdad y la ficción para los cómicos. Por su parte, Minhaj declaró a The New Yorker: “Cada historia de mi estilo se construye en torno a una semilla de verdad”.

Como artista musulmán estadounidense, Minhaj ha construido su carrera sobre la base de ser divertido, pero también de contar exactamente el tipo de historias que se cuentan a menudo sobre la gente de color en Estados Unidos. Empieza con un encuentro racista —que confirma que este país es, de hecho, un lugar horrible para los inmigrantes— y luego llega a una conclusión humorística en la que la gente de color no solo persiste, sino que prospera. Ya sea en la televisión, en el cine o en los libros, estas historias suelen encontrar un público ávido. Lo sé porque he escuchado muchas de esas anécdotas. Yo también me he beneficiado de contarlas.

Nací en Pakistán y, después de que mis padres emigraran a Estados Unidos, crecí en una comunidad de mayoría blanca en los suburbios de Indiana. En muchos aspectos, mi infancia fue similar a la de Minhaj. Mis padres son profesionales con estudios, al igual que muchos otros sudasiáticos de nuestra ciudad. Empecé mi carrera como escritora y periodista a principios de la década de 2010, y mi primer ensayo importante fue sobre cómo me detenían en el aeropuerto por tener un nombre parecido al de un terrorista.

A medida que avanzaba mi carrera, seguí escribiendo sobre ese tipo de experiencias tensas, en parte porque me parecía importante contar esas historias, pero también porque parecían gustar mucho a los editores y al público. Después del ensayo sobre el control de seguridad en el aeropuerto, escribí un artículo sobre cómo los niños me llamaban terrorista justo cuando llegué a la pubertad, y sigo escribiendo sobre los problemas a los que se enfrentan los musulmanes en Estados Unidos. Descubrí que la historia perfecta era aquella en la que el público pudiera sentirse informado sobre la experiencia musulmana, pero también reírse conmigo de lo absurda que es la vida en este país después del 11 de septiembre de 2001.

También he visto a artistas como Kumail Nanjiani, que coescribió y protagonizó “The Big Sick”, una comedia basada en parte en sus enfrentamientos con sus padres pakistaníes tradicionales, y Riz Ahmed, un actor británico pakistaní, elevar sus carreras al posicionarse como marginados. En una canción que Ahmed lanzó mucho después de alcanzar el estrellato internacional, rapeaba: “Dicen que el registro en el aeropuerto es aleatorio / Pero si siempre soy yo, no es aleatorio”. Por mucho que esas líneas me causen vergüenza ajena, no puedo negar el esfuerzo. Yo también me he sentido atraída por ese camino y el impulso profesional que a menudo conlleva.

En uno de sus relatos más representativos, Minhaj cuenta cómo invita a una mujer blanca al baile de graduación y descubre que sus padres no quieren que la vean ni la fotografíen con un hombre moreno musulmán. La terrible experiencia lo deja destrozado y le hace darse cuenta de que, después de todo, no es igual a sus compañeros de clase. Los contornos de la historia son tan familiares que el hecho de que Minhaj se sintiera obligado a embellecerla (la historia fue rebatida por la chica en cuestión, y Minhaj admitió que inventó ciertos detalles) simplemente habla de lo populares y seductoras que se han vuelto esta clase de historias.

La noticia sobre Minhaj se dio a conocer pocos días después de que yo lo viera, de manera casual, en una proyección de la película satírica próxima a estrenarse “American Fiction”, basada en la novela “Erasure” de Percival Everett. La película cuenta la historia de un desventurado novelista y profesor negro cuya obra ha sido rechazada por un mundo editorial liberal y blanco que considera que su libro no es lo bastante negro, por lo que decide gastar una broma. Escribe una historia exagerada bajo un seudónimo y la titula “Mi Pafología”, repleta de estereotipos negros, solo para descubrir que esos mismos editores la reciben con abundantes ofertas y elogios.

El director de la película, Cord Jefferson, fue periodista, y ha escrito sobre cómo fue hacerse de un nombre a partir de la “cultura del racismo”. Se sintió exhausto, dijo, de cubrir “las historias, las luchas y la política de los negros en Estados Unidos”, pues cada nueva noticia escandalosa iniciaba lo que él llamaba el “viaje en carrusel: un incidente detonador, mil artículos de opinión furiosos, mil enlaces tuiteados, y de vuelta al punto de partida, hasta la próxima vez”.

Cuando el debate en torno a Minhaj alcanzó su punto álgido, no pude evitar recordar la imagen de él sentado en esa sala de cine, viendo una sátira sobre un escritor que se enreda en sus invenciones estereotipadas, todo ello mientras su público se lo traga. Su tipo de narración —aunque muy diferente en cuanto al tema de las historias de violencia contra los negros estadounidenses— instiga de manera fiable un ciclo similar al viaje en carrusel de indignación, catarsis y parálisis de Jefferson.

Sinceramente, estoy cansada de oír esas historias; también estoy cansada de contarlas. Es difícil encontrar el equilibrio como un escritor que pertenece a una minoría en Estados Unidos: quieres contar tus experiencias de forma que iluminen tu situación, pero no quieres quedarte atrapado en la repetición de la misma dinámica familiar una y otra vez. A mí me detuvo el personal de Seguridad Nacional en el aeropuerto cuando tenía 11 años, pero desde entonces me han ocurrido otras cosas, francamente más interesantes, y muchas de ellas no tienen nada que ver con el hecho de que sea morena o musulmana. Me gustaría tener espacio para contar esas historias también.

Al defender su propensión a la falsedad, Minhaj dijo que tenía que mezclar la realidad porque su “vida cotidiana no es muy interesante ni cautivante”. Eso es cierto para muchas personas, sin importar su origen. Sin embargo, muchos escritores de talento —sudasiáticos, musulmanes y de cualquier otra procedencia— consiguen encontrar intriga en lo cotidiano, no solo en momentos de opresión o lucha.

He visto momentos así en las obras de escritores que admiro, como Sarah Thankam Mathews y Jamil Jan Kochai, cuyas identidades son una característica de sus historias en lugar de la historia en sí. Deseo leer, escuchar y ver muchas más historias de ese tipo: historias con relaciones interpersonales matizadas y una interioridad complicada, contadas por artistas y escritores de color que no escriben en respuesta a un mensaje popular que nos ha dictado el público masivo.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

c.2023 The New York Times Company