Opinión: Por qué importa que J. Lo ahora sea Jennifer Affleck

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IMAGINEN SI BEN AFFLECK SE HUBIERA CONVERTIDO EN BEN LOPEZ. EN EL ESTADOS UNIDOS POS-ROE HABRÍA SIDO PODEROSO. PERO PASÓ LO CONTRARIO.

Bien podría ser la trama de una comedia romántica de Jennifer Lopez: un chico conoce a una chica. El chico y la chica salen un tiempo, se enamoran, se comprometen… pero, por desgracia, la boda no se concreta. El chico y la chica siguen caminos distintos, cada uno por su lado se casa, tiene hijos, se divorcia. Siguen siendo “el amor que se escapó” de la vida del otro. Y luego, ya mayores y más sabios, se vuelven a enamorar.

El romance de segunda ronda que precedió a la boda de la semana pasada entre la estrella multifacética y el actor y director Ben Affleck fue un obsequio pandémico que no paró de ofrecer felicidad, tanto para los románticos como para los adictos a los chismes de famosos. Cada capítulo de la historia de amor Bennifer 2.0 nos daba algo nuevo que disfrutar.

El suceso más reciente: la decisión de J. Lo de cambiar su apellido, anunciada por primera vez en su boletín “On the JLo” disponible solo con suscripción. “El amor es algo maravilloso, tal vez de lo mejor que nos puede pasar… y vale la pena esperar su llegada”, escribió y concluyó el mensaje con la frase: “Con amor, Sra. Jennifer Lynn Affleck”.

¡El amor verdadero ha triunfado! Pero también… ¡uf!

Es posible que la señora Affleck se esté dejando llevar por el poder del amor en este, su cuarto matrimonio. Pero dada la vergonzosa historia detrás de esta práctica, a mi parecer, el hecho de que una mujer tome el apellido de su esposo se siente como una sumisión, un gesto que no dice “pertenezco a su lado”, sino más bien “le pertenezco”. Y en este momento tenso para el feminismo en Estados Unidos, el hecho de que una mujer como la que solía llamarse Jennifer Lopez decida cambiarse el nombre se siente especialmente desalentador.

Claro que tomar el apellido de tu esposo puede ser una manera de decir: “Este es el bueno”. Pero también es un gesto inextricablemente arraigado en la cumbre del patriarcado: en concreto, en las obligaciones legales del siglo XI conocidas como couverture, que establecían que una mujer casada estaba, para fines legales, fusionada con su esposo, sin una identidad ni posición propias. Esa noción se mantuvo durante siglos y sigue vigente de distintas maneras en todo el mundo.

Todavía en la década de los setenta, algunas leyes estatales en Estados Unidos exigían a las mujeres casadas usar el apellido de su esposo para votar o tramitar una licencia de conducir o una tarjeta de crédito. Fue entonces cuando comenzó a popularizarse la tendencia de que las mujeres conservaran su apellido, al menos entre un subgrupo de novias mayores, con un nivel educativo más alto, que habitaban en grandes ciudades y ya se habían formado identidades profesionales antes de decir “Sí, acepto”.

Yo integro enfáticamente ese subgrupo. Cuando me casé por primera vez en 2001, había estado trabajando como periodista durante 10 años y había publicado mi primera novela. Tenía una identidad profesional y había sobrevivido 31 años con mi apellido espantoso, que casi nadie sabe pronunciar y que se usó en mi contra como chiste en el recreo.

La mayoría de mis amigas —doctoras, abogadas, ejecutivas de organizaciones sin fines de lucro, capitalistas de riesgo— también conservaron sus apellidos después de casarse, así que no sentí ninguna presión por cambiar el mío: ni cuando me casé por primera vez ni cuando me casé con mi esposo actual y definitivo en 2016. A veces uso su apellido como una identidad casi secreta cuando registro mis rutas en bicicleta en una aplicación de condición física o me inscribo a invitaciones abiertas para visitar propiedades a la venta que quiero ver, pero no tengo ninguna intención de comprar. Sin embargo, nunca he sentido la necesidad de hacerlo de manera oficial.

Sí, a veces es complicado. Mis hijas llevan el apellido de mi primer esposo. (Mi oposición al patriarcado sucumbió ante mi renuencia a maldecir a otra generación de mujeres con mi espantoso apellido). Yo tengo mi apellido. Mi esposo tiene el suyo. Puede ser confuso al momento de comprar boletos de avión o asistir a conferencias de padres de familia. Y sospecho que, si no viviera en una ciudad costera tan demócrata, habría más miradas inquisitivas.

La idea de tomar el apellido de un esposo siempre me incomodó, pues me recordaba a El cuento de la criada. En la República de Gilead de la novela de Margaret Atwood, las criadas, que existen para engendrar los bebés de las élites, son despojadas de todo lo que pueda identificarlas como individuos, incluso sus nombres. Se convierten en un solo “Of” (de) el primer nombre de sus comandantes: Offred, Ofglen, Ofwarren.

Al cambiar su nombre —a Jennifer Muniz en un matrimonio previo y ahora a Jennifer Affleck— J. Lo está en consonancia con la mayoría de las mujeres en Estados Unidos. En Estados Unidos, solo alrededor del 20 por ciento de las mujeres han conservado su apellido en años recientes, según un análisis de 2015 a cargo de The Upshot.

Si decidimos creerle a una entrevista de 2003 para “Access Hollywood”, J. Lo siempre ha tenido el plan de cambiar su apellido por el de Ben. Pero los primeros años de la década de los 2000 eran una época distinta. En 2003, Donald Trump era un propietario de casinos fracasado, siempre presente en los tabloides. La pandemia aún no llegaba para exponer el sexismo en la división de las labores domésticas y desplazar a millones de mujeres de la fuerza laboral. El dictamen del caso Roe contra Wade prevalecía como ley en este país.

Tal vez la cuestión de que una estrella pop, que también es una marca global, se cambie el apellido o no parece poco importante o insignificante en términos políticos en una era en la que Hillary Rodham Clinton prescinde de su apellido de soltera (en algunos contextos) y Amy Coney Barrett conserva el suyo. Entre la decisión reciente de la Corte Suprema, el movimiento #MeToo y los posibles ataques contra los métodos anticonceptivos y el matrimonio igualitario, las feministas tienen asuntos más urgentes que atender.

Pero estos gestos importan. Los nombres otorgan identidad. Y las mujeres casadas siguen cediendo la suya, mientras que los hombres casados rara vez son recíprocos. Sin importar cuántos otros cambios se logren, ese desequilibrio de poder perdura. Rachael Robnett, profesora adjunta del Departamento de Psicología en la Universidad de Nevada, campus Las Vegas, me dijo en una entrevista telefónica que esto refleja “el mayor estatus y poder que tienen los hombres en las relaciones y también en la sociedad”.

En 2016, Robnett encuestó a estudiantes universitarios sobre sus percepciones de las mujeres que cambian, o no, su apellido tras contraer matrimonio. Lo que descubrió es que las mujeres que conservan sus apellidos son percibidas como menos comprometidas con la relación y sus esposos son percibidos como menos masculinos. “Algunos estudiantes fueron muy francos al respecto: ‘Ay, ella lleva los pantalones en la relación’”, me dijo Robnett.

La decisión de tomar o no el apellido de una pareja es personal. Pero lo personal es político, ahora más que nunca, y sobre todo para las celebridades. Como toda estrella o cualquier mortal con una cuenta de Instagram, la señora Affleck ha construido una imagen para consumo público. Ha usado sus plataformas para contar la historia de la trayectoria ascendente de una mujer fuerte e independiente, una mujer que pasó de ser una bailarina de acompañamiento a una superestrella mundial. La narrativa de su marca es aptitud intensa y autosuficiencia acérrima, “tengo el control y me encanta”, dice en su canción “Jenny from the Block”. Quienquiera que sea Jennifer Affleck en su vida privada, J. Lo es una mujer que quizá ama a un hombre, pero no necesita uno a su lado.

Imaginen si, en su boletín, hubiera dicho: “Amo a mi esposo. Pero, en este momento, las mujeres están siendo atacadas y no voy a participar en una tradición arraigada en que las mujeres renuncien a su identidad y estatus legal. A mi esposo le doy mi corazón, pero mi nombre lo conservo”. Imaginen si Ben Affleck se hubiera convertido en Ben Lopez.

“La gente solo lo ve como una tradición linda que no importa”, dijo Robnett. “Pero se trata de poder. Y sí tiene importancia”.

© 2022 The New York Times Company

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