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OPINIÓN | Por qué la figura de Napoleón, antaño gigantesca, parece ahora tan pequeña

Joaquin Phoenix interpreta a Napoleón, 2023. AFP
Joaquin Phoenix interpreta a Napoleón, 2023. AFP

LA HISTORIA DE NAPOLEÓN NO HA CAMBIADO, LA SOCIEDAD SÍ. EN UNA ÉPOCA DOMINADA POR FUERZAS QUE ESCAPAN A NUESTRO CONTROL, COMO EL CAMBIO CLIMÁTICO, ES DIFÍCIL QUE LA NOCIÓN DEL GRAN HOMBRE NOS INSPIRE.

“La historia”, escribió Thomas Carlyle en 1840, “es la biografía de los grandes hombres”, y de estos, Napoleón, a quien Carlyle se refirió como “nuestro principal prodigio contemporáneo”, era considerado por muchos el más grande de todos. El “pequeño cabo” que llegó a general y después a emperador, el revolucionario que derrocó una dinastía para fundar la suya propia, se convirtió rápidamente, tras su muerte en 1821, en una leyenda internacional, admirada y vilipendiada a partes iguales. Los ambiciosos soñaban con emularlo; pacientes internados en los manicomios creían que eran él. Y ahora nos lo encontramos, unos 200 años después, como una figura trascendental y gigantesca en las pantallas IMAX y los cines en Napoleón, la nueva epopeya de Ridley Scott.

Entonces, ¿por qué el protagonista elegido por Scott da la sensación de una vuelta al pasado? Cuando el filósofo Hegel vio a Napoleón a caballo en 1806, afirmó que era nada menos que “el alma del mundo”. Hoy en día, aunque podamos entender la enorme influencia que tuvo Napoleón, no enciende nuestros sentimientos como antaño. Todavía hay algunos aficionados entre los aspirantes a autócratas del mundo: se informó que Silvio Berlusconi, cuando era primer ministro de Italia, compró la cama del emperador (que después mandó ensanchar) y que colgaba un retrato de Napoleón para darle la bienvenida a Vladimir Putin, cuando este iba a visitarlo. Sin embargo, para el resto de nosotros, Napoleón se ha transformado de uno de esos protagonistas históricos sobre cuya vida y hazañas es imposible permanecer neutral —como un Hitler o un Stalin— a un titán distanciado y amansado por el tiempo, como Alejandro Magno o Gengis Kan.

Lo que ha cambiado no es la historia de Napoleón, sino nuestro sentido de las posibilidades que una vez representara. El origen fundamental de su atractivo es que parecía encarnar algo insólito en los asuntos humanos: la figura desconocida que, a base de puro ingenio, logra convertirse en agente de la historia y derrocar las normas sociales y políticas. Como vehículo de cambio que marcó una época, Napoleón personificó al héroe romántico como hombre de acción, y su ascenso coincidió con un momento en el que el activismo político de masas era una fuerza novedosa y revolucionaria, imbuida de optimismo.

Estatua de bronce de Napoleon Bonaparte en Place d'Austerlitz en Córcega.
Estatua de bronce de Napoleon Bonaparte en Place d'Austerlitz en Córcega.

Hoy, la confianza en el futuro se está desvaneciendo. Es poco probable que la gente (con la excepción de Putin) se considere protagonista de la historia. Como otros directores que han abordado el tema, Scott se ha servido de la biografía y la vida amorosa de Napoleón como materia prima para hacer una película biográfica, pero la leyenda de Napoleón se basó siempre en mucho más que una historia asombrosa: reflejaba las aspiraciones de una época que hoy parece muy alejada de la nuestra.

Para empezar, el modo en que se lleva a cabo una guerra hoy en día guarda poca relación con la vida militar que encaminó a Napoleón hacia el poder y la fama. Ya en 1977, el primer largometraje de Scott, Los duelistas, exploraba la maravillosa rareza obsesiva del código de honor de los soldados en la época napoleónica. En cambio, en nuestros tiempos de drones teledirigidos, robots letales, contrainsurgentes y daños colaterales, ni el duelo ni el campo de batalla sirven de terreno de prueba para la virtud. Las escenas de combate de la última película de Scott solo ofrecen un nostálgico anacronismo: las espadas desnudas y las salvajes cargas de caballería encierran muy pocas lecciones morales en una época en la que nuestros modelos de liderazgo tienden más a luchar en las salas de juntas y a que su grandeza se mida por la riqueza.

Otro instrumento esencial del éxito de Napoleón, su oratoria, no ha resistido mucho mejor. El escritor Alfred de Vigny dijo en una ocasión que una generación de escritores franceses se había nutrido “de los boletines del emperador”; las proclamas de Napoleón, primero a sus tropas y después a su país, impulsó su popularidad. A Napoleón le importaba la imagen, sin duda —los grandes retratos imperiales lo evidencian—, pero las imágenes circulaban con mucha más lentitud que los textos, que fueron la principal fuente de su poder político. Sus reformas legales cambiaron gran parte del mundo, y las memorias y biografías afianzaron su leyenda. En nuestros tiempos de TikTok y tuits que copan titulares, nada podría resultarnos más difícil de comprender que la fuerza cultural de una tradición retórica.

Napoleón Bonaparte (1769-1821). Emperador de Francia. Una de las personas más brillantes de la historia, un soldado magistral y un estratega inigualable. Grabado por D.J.Pound y publicado por la imprenta y editorial de Londres en 1845.
Napoleón Bonaparte (1769-1821). Emperador de Francia. Una de las personas más brillantes de la historia, un soldado magistral y un estratega inigualable. Grabado por D.J.Pound y publicado por la imprenta y editorial de Londres en 1845.

Pero es Napoleón, el Gran Hombre al timón de la historia, el que más lejano parece ahora de todos. En los últimos meses, ha circulado un meme muy elocuente. Muestra una imagen del antiguo emperador exiliado en Santa Elena, sentado desconsolado junto a la orilla del mar, con la frase “No hay nada que podamos hacer”. Este meme es un epitafio para el mito de Napoleón. Una imagen con la que antes se pretendía mostrar al noble líder como un intelectual pensativo lo presenta ahora como una persona impotente y retirada del mundo y de sus asuntos. Se ha convertido en una sombra de lo que fue, en una justificación de la inacción. Este es el Napoleón que halla su resonancia hoy en día.

Quizá no debamos lamentarnos demasiado. Los crímenes de los dictadores de mediados del siglo XX hicieron más difícil volver a confiar en un gran líder nacional que nos conduzca a la gloria. Pero nuestra sensación contemporánea de estar indefensos y ser vapuleados por fuerzas ajenas a nuestro control —en la economía mundial, en el cambio climático— es una razón menos reconfortante por la que Napoleón ya no nos inspira lo mismo que antes.

Napoleón, la película de Scott, contundente en su estilo y sus ambiciones, es una superproducción multimillonaria con todos los adornos, que ofrece batallas panorámicas, un magnífico vestuario y el siempre disfrutable espectáculo que es ver a un conquistador del mundo ser conquistado por una mujer. Sin embargo, su estreno nos recuerda que Napoleón ya no existe ni como mito ni como modelo; ahora es un mero producto de entretenimiento. La grandeza es una aspiración del pasado, un glorioso fracaso: “No hay nada que podamos hacer”. Incapaces de soñar con emularlo, nos sentamos a observarlo.

c.2023 The New York Times Company

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