Opinión: Si estás oyendo hablar de la frontera, alguien está tratando de asustarte

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Un agente de la Patrulla Fronteriza se ve detrás de una sección del muro unos 16 kilómetros al este del centro de El Paso. (Mike Osborne para The New York Times).
Un agente de la Patrulla Fronteriza se ve detrás de una sección del muro unos 16 kilómetros al este del centro de El Paso. (Mike Osborne para The New York Times).

LOS ASISTENTES A LA EXPOSICIÓN DE SEGURIDAD FRONTERIZA NO SABÍAN QUÉ SUCEDERÍA, PERO ESPERABAN BENEFICIARSE DE ELLO.

La frontera entre México y Estados Unidos estaba llena de incertidumbre los días previos al 11 de mayo. El Título 42, el mandato de salud creado por el gobierno de Trump usado millones de veces para evitar el paso de los migrantes en la frontera, estaba a punto de expirar y nadie sabía qué esperar. Muchas predicciones eran exageradas y sensacionalistas: una turba desesperada entraría en el país, inundaría primero las ciudades fronterizas y luego se abriría paso hacia el norte.

“Los medios de derecha dicen que 700.000 migrantes se dirigen hacia acá”, me escribió un amigo en un mensaje de texto desde la ciudad fronteriza de El Paso. “¿Y si es cierto?” (No lo era). El gobierno de Biden envió 1500 soldados para ayudar con el influjo anticipado. Los agentes de la Patrulla Fronteriza entregaron folletos en los que exhortaban a los migrantes que dormían en las aceras de El Paso a entregarse a las autoridades.

Justo al final de la carretera, en medio de toda esa angustia y preparativos, otra turba se congregó en el Centro de Convenciones de El Paso. Estos forasteros tampoco sabían qué sucedería, pero esperaban beneficiarse de ello. Durante unos días excitantes, a pocos pasos de la trinchera donde el río Bravo traza una línea acuosa entre México y Estados Unidos, autoridades y vendedores jugaron con cascos de realidad virtual y artilugios de vigilancia, hilando visiones de una frontera militarizada y totalmente impenetrable.

Entre los conferencistas de la Exposición de Seguridad Fronteriza se encontraban varias lumbreras del Departamento de Seguridad Nacional, como el jefe de la Patrulla Fronteriza, Raúl Ortiz; jefes importantes de sector de la Patrulla Fronteriza y varios funcionarios del Departamento de Seguridad Nacional cuyos títulos incluían palabras como “compras”, “contratación” y “adquisiciones”.

Anunciada por los organizadores como “una valiosa oportunidad para hacer demostraciones de productos, hablar con expertos y establecer alianzas estratégicas”, la exposición fue, en el fondo, un extenso mercado. Podría haber sido una distópica fiesta suburbana en la que se traen platillos en Tupperware o una versión más ordenada de un mercado de armas yemení: un lugar donde se podía comprar de todo, desde visores infrarrojos para rifles hasta programas informáticos espía, además de los servicios de contratistas de seguridad y materiales para sensores de vallas fronterizas.

Un representante de EolianVR hace una demostración de las herramientas de realidad aumentada y virtual de esta empresa en la Exposición de Seguridad Fronteriza 2023 en El Paso. La tecnología de la empresa se comercializa a entidades gubernamentales para una serie de aplicaciones relacionadas con la defensa y la seguridad. (Mike Osborne para The New York Times).
Un representante de EolianVR hace una demostración de las herramientas de realidad aumentada y virtual de esta empresa en la Exposición de Seguridad Fronteriza 2023 en El Paso. La tecnología de la empresa se comercializa a entidades gubernamentales para una serie de aplicaciones relacionadas con la defensa y la seguridad. (Mike Osborne para The New York Times).

Si esta confluencia de acontecimientos te parece extraña —la prevista crisis humanitaria real como telón de fondo de una feria comercial para crisis venideras— es porque no has pasado suficiente tiempo en la frontera.

La primera vez que cubrí la frontera fue a fines de la década de 1990, cuando el muro no era parte del debate nacional y los agentes de la Patrulla Fronteriza recorrían desiertos y ríos en un juego del gato y el ratón que parecía arbitrario. El debate nacional sobre la inmigración contemplaba el trabajo y la economía y nuestros valores colectivos y, de forma más silenciosa pero aún palpable, los cambios demográficos raciales.

Luego vendrían los ataques del 11 de septiembre de 2001. El término “seguridad fronteriza” se puso de moda. La atención de la nación estaba puesta en el miedo al terrorismo y todo el mundo hablaba de controlar las fronteras. Pero se trataba solo de una frase; en la frontera había pocas expectativas de que pudiera establecerse un control real o de que en verdad se quisiera tal cosa.

Claro está que la frontera es el borde real donde se encuentran dos naciones, la manifestación de las leyes, los reglamentos y el papeleo que rigen el movimiento internacional de personas y cosas. Pero los estadounidenses llevan mucho tiempo sin darle la importancia necesaria.

Una cosa es cierta: si estás oyendo hablar sobre la frontera, lo más probable es que alguien esté tratando de asustarte. En términos generales, los republicanos quieren que les tengas miedo a los migrantes y los demócratas, a los republicanos. Nuestra obsesión con el terrorismo ha menguado, pero si algo nos ha dejado esa era de miedo, es el hábito de pensar en la frontera como un riesgo de seguridad que hay que dominar.

El temido auge de migrantes posterior al Título 42 no sucedió. De hecho, los encuentros entre los agentes de la Patrulla Fronteriza y los migrantes disminuyeron un 50 por ciento tras la expiración de dicho mandato. Pero eso no quiere decir que todo vaya bien. El gobierno de Biden ha puesto en marcha un nuevo conjunto de medidas fronterizas más duras, que podrían o no superar una impugnación jurídica por parte de organizaciones que defienden los derechos de los migrantes y la Unión Americana de Libertades Civiles.

Más allá de todas estas maniobras y soluciones provisionales, Estados Unidos carece de una política migratoria coherente y los políticos carecen de motivaciones para debatir la cuestión con honestidad. Junto con el resto de los países ricos del mundo, le damos la vuelta a nuestras leyes para poder evadir nuestras obligaciones en virtud de tratados a fin de recibir refugiados.

Pero no hablamos de eso; en cambio, hablamos de la frontera. Nuestra frontera sudoccidental no es solo una región geográfica; es un concepto en el que metemos toda nuestra inquietud y falta de sinceridad sobre la inmigración, el asilo y el futuro económico. Revestimos esas complicadas cuestiones con historias de contrabando y encuentros con inmigrantes, las ilustramos con imágenes de extranjeros exhaustos y agentes con insignias.

El 11 de mayo, un congresista anunció en la Cámara de Representantes que la frontera era un lugar sin ley y la civilización estadounidense estaba amenazada. En marzo, Ortiz causó polémica cuando admitió que su agencia no tenía un absoluto control operativo sobre la frontera. Y sabemos que eso es cierto. Nunca hemos podido controlar la frontera.

Así que hay una necesidad —o la percepción de una necesidad— y los contratistas y vendedores se apresuran a cubrir ese vacío. Las imágenes carnavalescas de la Exposición de Seguridad Fronteriza, capturadas aquí por Mike Osborne, retratan una forma más en la cual imaginamos la frontera: como un negocio, como un campo de juego para emprendedores, un centro de ganancias corporativas en el que es posible enriquecerse en proporción directa con el miedo popular.

El cliente eres tú. Los clientes somos nosotros. Y estamos rodeados de publicidad.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

c.2023 The New York Times Company