Opinión: Mi almuerzo con el presidente Biden

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El presidente Joe Biden se retira de la Casa Blanca, camino a Portland, Oregón, en Washington, el 21 de abril de 2022. (Kenny Holston/The New York Times)
El presidente Joe Biden se retira de la Casa Blanca, camino a Portland, Oregón, en Washington, el 21 de abril de 2022. (Kenny Holston/The New York Times)

El presidente Joe Biden me invitó a almorzar a la Casa Blanca el lunes pasado. Pero todo fue de manera extraoficial… así que no puedo contar nada de lo que dijo.

No obstante, sí puedo contar dos cosas: qué comí y cómo me sentí después. Comí un emparedado de ensalada de atún con tomate en pan de trigo integral, con un tazón de frutas varias y de postre una malteada de chocolate tan buena que debería ser ilegal.

Lo que sentí después fue esto. A todos ustedes, cabezas huecas de Fox que dicen que Biden no puede unir dos oraciones con sentido, les tengo una noticia de última hora: acaba de unir a la OTAN, a Europa y a toda la alianza de Occidente —desde Canadá pasando por Finlandia hasta Japón— para ayudar a Ucrania a proteger su incipiente democracia del ataque fascista de Vladimir Putin.

Al hacerlo, Biden ha permitido que Ucrania inflija pérdidas significativas en el ejército invasor de Rusia, gracias a un rápido despliegue de capacitadores de Estados Unidos y la OTAN e inmensas transferencias de armas de precisión. Y todo sin sacrificar la vida de un solo soldado estadounidense.

Ha sido la mejor gestión y consolidación de una alianza desde otro presidente a quien cubrí y admiré, de quien también se decía que era incapaz de unir dos oraciones: George H. W. Bush. Bush ayudó a gestionar el colapso de la Unión Soviética y la reunificación de Alemania, sin disparar un solo tiro ni perder una sola vida estadounidense.

Sin embargo, por desgracia, me fui de nuestro almuerzo con el estómago lleno, pero el corazón apesadumbrado.

Biden no lo dijo en tantas palabras, pero no tuvo que hacerlo. Pude escucharlo entre líneas: le preocupa que, a pesar de haber reunido a Occidente, tal vez no sea capaz de reunir a Estados Unidos.

Sin duda es su prioridad, más allá de cualquier cláusula de la ley Reconstruir Mejor. Y sabe que por eso fue elegido: porque a una mayoría de los estadounidenses le preocupaba que se estuviera descosiendo el tejido que une al país y creía que este viejo caballo de guerra llamado Biden, con sus instintos bipartidistas, era la mejor persona para volverlo a coser. Por eso decidió postularse en primer lugar, porque sabe que, sin una unidad básica en torno a un propósito y una disposición a conciliar, nada más es posible.

No obstante, con cada día que pasa, cada tiroteo masivo, cada discurso racista velado, cada iniciativa para quitarle recursos a la policía, cada fallo de la Corte Suprema que desgarra a la nación, cada orador que debe huir de un campus universitario, cada acusación falsa de fraude electoral, me pregunto si Biden puede unirnos. Me pregunto si no es demasiado tarde.

Me temo que vamos a romper algo muy valioso muy pronto. Y una vez que se rompa, lo perderemos… y tal vez nunca podamos recuperarlo.

Hablo de nuestra capacidad de transferir el poder de manera pacífica y legítima, una capacidad que hemos demostrado desde nuestra fundación. La transferencia de poder es la piedra angular de la democracia estadounidense. Si se rompe, ninguna de nuestras instituciones podrá funcionar durante mucho tiempo y caeremos en un caos político y financiero.

En este momento, estamos al borde del abismo. Porque una cosa es elegir a Donald Trump y a candidatos pro-Trump que quieren restringir la inmigración, prohibir el aborto, recortar los impuestos corporativos, bombear más petróleo, frenar la educación sexual en las escuelas y liberar a los ciudadanos del uso obligatorio de cubrebocas en una pandemia. Esas son políticas en las que puede haber un desacuerdo legítimo, lo cual es parte de la política

Sin embargo, las recientes elecciones primarias y las investigaciones sobre la insurrección del 6 de enero de 2020 en el Capitolio están revelando un movimiento conformado por Trump y sus seguidores que no se basa en ningún conjunto coherente de políticas, sino en una mentira gigantesca: que Biden no obtuvo una mayoría de los votos del Colegio Electoral de manera libre y justa y por eso es un presidente ilegítimo.

Por lo tanto, su principal prioridad es elegir a candidatos cuya lealtad principal sea hacia Trump y su Gran Mentira, no hacia la Constitución. Y están más que insinuando que en cualquier elección reñida de 2024 —o incluso las que no sean tan cerradas— estarían dispuestos a desviarse de las reglas y normas establecidas por la Constitución para concederle la victoria a Trump o a otros candidatos republicanos que no consigan la mayoría de votos por la vía legal. Esta plataforma no es un rumor. Es la base de sus candidaturas.

En resumen, estamos viendo un movimiento nacional que nos está diciendo en público y con fuerza: LLEGAREMOS A ESOS EXTREMOS.

Y esto me aterroriza porque: YA HE VISTO ESOS EXTREMOS.

Mi experiencia formativa en periodismo fue observar cómo los políticos libaneses llegaron a esos extremos a finales de la década de 1970 y condenaron su frágil democracia a una larga guerra civil. Así que no me digan que eso no puede pasar aquí.

No cuando gente como el senador estatal de Pensilvania Doug Mastriano —un negador de la elección que marchó con la multitud del 6 de enero al Capitolio— acaba de ganar la primaria del Partido Republicano para la contienda por gobernador. Que no quepa la menor duda, estas personas nunca harán lo que hizo Al Gore en 2000: someterse a una decisión de los tribunales en una elección extremadamente cerrada y reconocer que su oponente es el presidente legítimo. Y nunca harán lo que hicieron los republicanos con principios que se postularon a un cargo público o que actuaron como funcionarios de casilla después de la elección de 2020: aceptar los votos como fueron tabulados en sus estados, aceptar las órdenes de las cortes que confirmaron que no hubo irregularidades significativas y permitir que Biden asumiera el poder de manera legítima.

Es nauseabundo ver la cantidad de republicanos trumpistas que se están postulando a un cargo público y afianzan su Gran Mentira, cuando sabemos que saben que nosotros sabemos que ellos saben que no creen una sola palabra de lo que están diciendo. Son el Dr. Oz y J. D. Vance y muchos otros. Sin embargo, están listos para subirse al tren de Trump a fin de obtener poder. Y lo hacen sin siquiera sonrojarse.

Esto me lleva de regreso al almuerzo que tuve con Biden. Sin duda, a Biden le pesa que hayamos creado una alianza mundial para apoyar a Ucrania, combatir la invasión rusa y defender en el extranjero los principios centrales de Estados Unidos —el derecho a la libertad y la libre determinación de todas las personas— y que al mismo tiempo el Partido Republicano esté abandonando nuestros principios más queridos en casa.

Por eso, muchos líderes aliados le han dicho a Biden en privado, después de que él y su equipo resucitaron la alianza occidental de los trozos en los que la dejó Trump: “Gracias a Dios, Estados Unidos está de regreso”. Y luego agregan: “¿Pero durante cuánto tiempo?”.

Biden no puede responder esa pregunta. Porque NOSOTROS no podemos responder esa pregunta.

Biden no es inocente en este dilema, así como tampoco lo es el Partido Demócrata, en particular su extrema izquierda. Bajo la presión de revivir la economía y frente a exigencias costosas de la extrema izquierda, Biden buscó un gasto inmenso durante mucho tiempo. Los demócratas de la Cámara de Representantes también mancharon uno de los logros bipartidistas más importantes de Biden —un gigantesco proyecto de ley de infraestructura— al volverlo rehén de otras exigencias de gasto excesivo. La extrema izquierda también les endilgó a Biden y a todos los candidatos demócratas nociones radicales como “quitarle recursos a la policía”, un mantra desquiciado que habría perjudicado en mayor grado a la base negra e hispana del Partido Demócrata de haber sido implementada.

Para derrotar al trumpismo tan solo necesitamos que alrededor de un 10 por ciento de los republicanos abandone a su partido y se una a un Biden de centro-izquierda, que para eso fue elegido y lo sigue siendo en el fondo. No obstante, tal vez ni siquiera podamos llegar a que un uno por ciento de los republicanos haga ese cambio si se percibe que los demócratas de la extrema izquierda son los que están definiendo el futuro del partido.

Y por eso me fui del almuerzo con el presidente con el estómago lleno, pero el corazón apesadumbrado.

© 2022 The New York Times Company

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