Mundos más habitables

Leslie Figueroa
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Conocí a Rebeca el pasado ciclo escolar que tuvimos de forma presencial (antes de la pandemia) entró como maestra titular del grupo de tercero B, yo llevaba dos años siéndolo del grupo A, no tardamos mucho en descubrir que hacía años que nos conocíamos -lo cual no es raro en esta ciudad- y si a eso sumamos la diaria convivencia y el contraste entre nuestros estilos de vida… En poco tiempo se desarrolló una amistad intensa y poco convencional; ella estaba casada y tenía dos hijos con los que hacía tarea y pasaba los fines de semana mientras que yo vivía con varias amigas y organizaba partidas de póker, toquines entre amigos y noches de dominó.

Me encantan las mujeres, siempre ha sido así, sin embargo no es algo que comparta con todo el mundo y es que uno no tiene que ponerse un cartel o dar explicaciones, menos en el trabajo o con extraños, pero Rebeca ya no era una extraña, así que una noche que salimos por una copa después de terminar clases le conté sobre mi noviazgo a distancia con una chica francesa, le dije sobre las dificultades que implicaba y también partes de nuestra historia, ella respondió con la misma confianza y me contó cómo su matrimonio iba en picada y que de varios años a la fecha el único pegamento para intentar salvarlo eran sus dos pequeños.

Después de esa noche nuestra relación cambió, se hizo más fuerte, era como si el que ya hubiera secretos entre nosotras fuera la llave para mostrarnos realmente como somos. Comenzó a pasar más tiempo conmigo y mis amigos, yo con ella y sus hijos, nos convertimos, por más cursi que suene, en mejores amigas, confidentes y poco después en amantes. Todo pasó una noche en la que nos reunirnos a jugar cartas, cuando todos se fueron, decidimos romper la distancia que nos separaba, con movimientos torpes nuestras bocas desesperadas por fin habían encontrado aquello que sin saber llevaban tanto tiempo buscando. Claro que las circunstancias estaban lejos de ser las ideales; en un par de días me iba a Francia a visitar a mi novia mientras que ella pasaría el verano con sus padres y los niños. Cuando nos dijimos adiós antes de nuestras partidas supe con claridad que no quería volver a despedirme de ella.

Se dice que París es la ciudad del amor, y claro que puede ser una ciudad muy romántica, bueno, tanto como cualquier otra si se está con la persona adecuada pero yo no lo estaba. Despertar al lado de alguien mientras deseas con cada pedazo de tu cuerpo estar con otra persona debe ser de lo más terrible que puedes sentir, un nivel del infierno que se desbloquea por no decidir a tiempo, o bien, por la falta de sincronicidad temporal, dependiendo del caso. Mi piel la extrañaba tanto o más que el resto de mi. Seguíamos escribiéndonos, quizá por eso sobreviví a ese viaje, por la idea, a pesar de la incertidumbre, de volver a verla al regresar, de no volver a irme de su lado. Esos días lejos comprobaron lo que ya sabía pero me negaba a aceptar, mi corazón era más suyo que mío y ya no era suficiente imaginar ni los besos a escondidas entre los pasillos ni nuestras piernas entrelazadas un par de veces por semana, yo quería más y lo quería con Rebeca y solo con ella.

Todo me recordaba a ella, así que decidí ser honesta conmigo y, terminé mi noviazgo horas antes de tomar el vuelo de regreso, al bajar del avión lo primero que hice fue llamarla e ir a verla. No tuvimos que decir mucho, hay acciones que hablan más que miles de conversaciones. Ella también lo había sentido, se decidió a ponerle punto final a su matrimonio cansada ya de habitar en los suspensivos que había escrito mucho antes de que llegara yo. No ha sido fácil pero ha valido cada segundo, al besar su frente se detiene la escena y todo cobra sentido, hemos formado una familia, caminamos tomadas de la mano, lloramos al decirnos te amo , ah y nos limpiamos el rostro mutuamente cuando nos llenamos del labial de la otra. Ella no es mía y yo no soy suya, nos elegimos día con día y nos recordamos a diario porque estamos juntas, que hemos pasado por tantas cosas juntas que puedo asegurar que es el amor de mi vida. Y que su compañía hace la vida más ligera y el mundo más habitable.