No, el mundo no se está cayendo a pedazos

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Agentes de policía montando guardia ante el parque Victoria de Hong Kong, cerrado en junio, en previsión del aniversario de las protestas de la plaza de Tiananmén de 1989. (Sergey Ponomarev/The New York Times)
Agentes de policía montando guardia ante el parque Victoria de Hong Kong, cerrado en junio, en previsión del aniversario de las protestas de la plaza de Tiananmén de 1989. (Sergey Ponomarev/The New York Times)

Según la mayoría de estándares —con una obvia excepción— la población mundial está mejor que nunca. ¿Por qué, entonces, parece lo contrario?

¿El mundo ha entrado a una era de turbulencias inusuales o solo se siente como si así fuera?

Al mirar los titulares, es fácil concluir que algo anda mal. La pandemia. La escasez mundial de cereales. La guerra de Rusia contra Ucrania. El colapso político y económico en Sri Lanka. El asesinato de un ex primer ministro en Japón. Y, en Estados Unidos, la inflación, los tiroteos masivos, el ajuste de cuentas por el 6 de enero y el colapso del derecho al aborto.

Esa sensación de caos puede ser difícil de conciliar con los datos a largo plazo que muestran que, en muchos indicadores, el mundo en general está mejorando.

La guerra es más inusual hoy en día, según algunas medidas, de lo que ha sido durante la mayor parte de los últimos 50 años. Y, cuando ocurre, es significativamente menos mortífera. Los genocidios y las atrocidades masivas también son cada vez menos frecuentes. La esperanza de vida, la alfabetización y el nivel de vida están aumentando hasta alcanzar máximos históricos.

Otras cosas que disminuyen constantemente en las últimas décadas: el hambre, la mortalidad infantil y la pobreza extrema, lo que libera a cientos de millones de personas de lo que, en cifras absolutas, es una de las principales amenazas a las que se enfrenta la humanidad.

Entonces, ¿por qué a menudo parece que, a pesar de toda la información, las cosas no hacen más que empeorar?

Manifestantes al momento de irrumpir en el Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021. (Jason Andrew/The New York Times)
Manifestantes al momento de irrumpir en el Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021. (Jason Andrew/The New York Times)

Hay varias razones para esta aparente disparidad —algunas más tranquilizadoras que otras—, por no mencionar una medida importante: el estado de la democracia, según el cual el mundo no está mejorando para nada.


Avances sutiles frente a crisis evidentes

Las formas en que el mundo está mejorando de forma más significativa tienden a ser graduales, y se desarrollan a lo largo de generaciones.

Es posible que cientos de millones de personas vivan más sanas y seguras que sus padres. Pero esos cambios, a menudo sutiles, harán avanzar a sociedades enteras a la vez, lo que hace más difícil que los individuos noten el cambio.

Tendemos a juzgar cómo nos va en comparación con los que nos rodean, o en comparación con nuestro propio pasado reciente, no en comparación con puntos de referencia abstractos o generaciones anteriores.

Y muchos de los cambios positivos tienen que ver con la prevención. Nadie se da cuenta de las guerras que no ocurren, de los miembros de la familia que no fallecen a causa de una enfermedad, de los niños que no mueren en la infancia.

Sin embargo, intenta visitar una sociedad en crisis —Hong Kong en medio de un autoritarismo invasivo, por ejemplo, o el Líbano en caída libre económica— y dile a la gente que vive en una época de bienestar creciente y amenazas en retroceso. Lo más probable es que te miren con incredulidad.

Y gracias a internet, y a un consumo de noticias mucho mayor que antes, incluso quienes viven lejos de las crisis ahora habitan en un mundo digital de constantes y nefastas actualizaciones. Una noticia importante, como un tiroteo masivo o la guerra en Ucrania, puede estar siempre presente en nuestras vidas.

Si tus redes sociales y las portadas de los sitios de internet te muestran un flujo constante de calamidades, pueden alimentar una abrumadora —aunque a veces errónea— sensación de amenaza, como si el propio mundo se cayera a pedazos.

Cuando la gente dice que tiene la sensación de que el mundo se desmorona, no se refiere a indicadores a largo plazo como la esperanza de vida. Más bien, tienden a percibir que la humanidad está asediada por la agitación y las emergencias en un grado que no se había dado antes.

Pero hay un argumento, aunque solo reconforte a un economista, de que las crisis actuales son más raras y menos graves que las del pasado reciente.

Pensemos en la mitad de la década de 1990, una época que los estadounidenses tienden a recordar como de estabilidad y optimismo global. Si hoy fuera realmente una época de agitación excepcional, seguramente ese mundo se vería mejor en comparación.

En realidad, sucede todo lo contrario. A mediados de los años 90 se produjeron genocidios en Ruanda y Bosnia. Años de guerra en Europa en medio del colapso de Yugoslavia. Hambrunas devastadoras en Sudán, Somalia y Corea del Norte. Guerras civiles en más de una decena de países. Golpes de estado demasiado numerosos para mencionarlos.

De hecho, estos acontecimientos eran más comunes en la década de 1990 que en la actualidad. Las décadas anteriores han sido, en la mayoría de los casos, incluso peores.

Pero es poco probable que recuerdes cada desastre de hace décadas tan vívidamente como podrías recordar, por ejemplo, un ataque terrorista o una crisis política de esta semana.

Y la reducción de esas crisis solo ha reducido los problemas del mundo, no los ha borrado. Nadie quiere alegrarse de que una hambruna sea menos grave de lo que podría haber sido en el pasado, especialmente las familias que están en peligro, y sobre todo sabiendo que los conflictos futuros o las crisis relacionadas con el clima siempre podrían causar otra.


Optimismo desigual

Sin embargo, la sensación de que el mundo va a peor no es universal. De hecho, la experimentan sobre todo los residentes de países ricos como Estados Unidos.

Una encuesta tras otra ha revelado que la mayoría de los habitantes de países de ingresos bajos y medios, como Kenia o Indonesia, tienden a expresar su optimismo sobre el futuro, tanto para ellos como para sus sociedades.

Estos países representan la mayor parte de la población mundial, lo que sugiere que el optimismo es, lo creamos o no, el estado de ánimo global predominante.

Al fin y al cabo, es en esos países donde los avances a largo plazo en materia de salud y bienestar son más pronunciados.

Muchas de estas regiones también sufrieron décadas de conflictos civiles y disturbios durante la Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética las trataron como campos de batalla, apoyando a déspotas e insurgentes.

Pero estas mismas encuestas también tienden a encontrar que en los países ricos, la mayoría de los encuestados expresan pesimismo sobre el futuro.

Gran parte de esto puede deberse a la movilidad económica, más que a los titulares globales. Los habitantes de los países de renta baja tienden a creer que estarán mejor económicamente en el futuro, mientras que los de los países ricos lo consideran improbable.

Pero el pesimismo sobre las circunstancias personales puede convertirse fácilmente en pesimismo sobre el mundo.

Las encuestas realizadas en Estados Unidos han revelado que las personas que ven pocas esperanzas de progreso económico personal también consideran que el país en su conjunto está empeorando y desaprueban a los líderes políticos. Se cree que la erosión de los puestos de trabajo seguros de la clase obrera, mientras los empleos de las fábricas huyen al extranjero y los sindicatos se marchitan, ha precipitado gran parte de la reacción populista de Occidente.

No es de extrañar, desde este punto de vista, que los estadounidenses vieran la década de 1990 como una época de paz y prosperidad mundial, aunque en su mayor parte solamente fuera una época de paz y prosperidad para los estadounidenses.

Pero el estancamiento de las fortunas económicas no es el único motivo de pesimismo en los países ricos.

A pesar de todas las métricas que muestran una mejora constante en el mundo, hay una en la que el mundo enfrenta realmente una erosión dramática y desestabilizadora: la democracia.


Una era de declive democrático

Durante siete décadas, el número de países considerados democráticos creció. La calidad media de estas democracias —la imparcialidad de las elecciones, el estado de derecho y otros aspectos similares— también mejoró de forma constante.

Sin embargo, este avance comenzó a ralentizarse hace unos 20 años. Y desde hace cinco o seis años, los investigadores han descubierto que el número de democracias en el mundo se ha reducido por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial.

Las democracias existentes también se están volviendo menos democráticas, así como más polarizadas y más propensas a la disfunción política o a la ruptura total.

Consideremos el auge de los autócratas en Hungría, Filipinas o Rusia, los ataques a los tribunales en Polonia, el extremismo hindú en la India o el temor a una toma de poder en Brasil.

Puede que se trate de casos especialmente graves, pero son la vanguardia de una tendencia mundial. También lo es Estados Unidos, país que, según los observadores de la democracia, está experimentando una erosión sostenida.

Dado que los países más ricos tienen más probabilidades de ser democráticos, es más probable que se vean afectados por esta tendencia. Esto puede indicar un aumento del pesimismo en esos países.

También puede ayudar a explicar por qué, para los estadounidenses, tal vez parece que el mundo en general se está desintegrando.

Para los estadounidenses que pasaron la mayor parte de sus vidas en una sociedad segura y estable, el cambio a una crisis política aparentemente interminable es desestabilizador. Puede hacer que el mundo parezca más sombrío y alarmante, lo que tal vez ocasione que los acontecimientos lejanos se sientan más aterradores o más preocupantes, también.

La gente busca naturalmente patrones en el mundo. Si experimenta algo una vez, especialmente si es traumático, empezará a verlo en todas partes.

Para los estadounidenses que de repente están atentos, por ejemplo, a las amenazas de fraude electoral en el país o los disturbios civiles, los acontecimientos similares que se producen en el extranjero se sentirán de repente mucho más intensos.

Esto puede acumularse. Un puñado de crisis lejanas que los estadounidenses podrían haber descartado como no relacionadas entre sí hace 30 años pueden, hoy, parecer conectadas. Y sentirse incluso como prueba de un colapso global.

Max Fisher es reportero y columnista de temas internacionales con sede en Nueva York. Ha reportado sobre conflictos, diplomacia y cambio social desde cinco continentes. Es autor de The Interpreter, una columna que explora las ideas y el contexto detrás de los principales eventos mundiales de actualidad. @Max_FisherFacebook

© 2022 The New York Times Company

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