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Un multimillonario compró una parte del Manchester United, pero ahora debe reparar al equipo

LONDRES — El proceso llevaba seis meses y ya había empezado a agotar a Jim Ratcliffe, el multimillonario británico, la primera vez que sacó la champaña para brindar por la compra del Manchester United. Sin embargo, incluso esa celebración, en el Gran Premio de Mónaco en mayo, demostró ser prematura.

Sir Jim Ratcliffe (izquierda) con el ex director del Manchester United, Sir Alex Ferguson (centro), después del servicio conmemorativo para las víctimas del desastre aéreo de Munich de 1958 en Old Trafford, Manchester. Hoy se cumple el 66º aniversario del desastre aéreo de Munich, que se cobró 23 vidas, entre ellas ocho jugadores. (Foto de Martin Rickett/PA Images vía Getty Images)

No hubo un trato. Todavía no.

Llegar a uno nunca iba a ser fácil. Sobre todo, porque cualquier venta posible del United ofrecía un matrimonio tentador por dinero, poder e historia: Ratcliffe, el acaudalado presidente de INEOS, el gigante petroquímico, había sido aficionado del Manchester United desde que era niño. El United, el club más condecorado del fútbol inglés, era una de las marcas más icónicas del deporte mundial. Y la Liga Premier, a la que pertenecía, era la liga de fútbol más rica del mundo.

Lo que siguió fue una subasta tan impredecible y caótica como algunos de los partidos más memorables del Manchester United. Los medios informativos apenas tuvieron aliento para seguir las oleadas de ímpetu entre la oferta de Ratcliffe y una rival que lideraba un jeque catarí poco conocido.

Los aficionados del United, ansiosos por ver cómo su club se deshacía de sus dueños impopulares, la familia Glazer radicada en Florida, lo devoraron todo. Sin embargo, aunque las negociaciones produjeron meses de titulares, discusiones y susurros, no produjeron una venta.

Ratcliffe ganó al final. Bueno, algo por el estilo.

El 26 de diciembre, los Glazer anunciaron que habían acordado venderle el 25% del United a Ratcliffe, uno de los hombres más ricos del mundo. El precio —más de 1500 millones de dólares— incluía un acuerdo curioso según el cual Ratcliffe, el nuevo dueño minoritario, asumiría el control diario de las operaciones futbolísticas del club. El acuerdo fue ratificado el martes por la noche.

El miércoles, cuando Ratcliffe explicó su visión, los periódicos y los sitios web se aferraron con entusiasmo a las citas prefabricadas para titulares sobre nuevos jugadores, viejos rivales y planes para el estadio. No obstante, escuchar de manera más atenta sus palabras sugirió que el agotador proceso de venta pudo haber sido la parte sencilla. Es probable que revivir al United —una máquina ganadora de trofeos hace una década, pero reducida en las temporadas recientes a algo más parecido a un chiste— sea un proceso de años, advirtió.

No es un interruptor de la luz”, comentó Ratcliffe. “No es una de esas cosas que cambian de la noche a la mañana”.

Ratcliffe habló de cómo, bajo su administración, el United adoptará una mentalidad en la que el fútbol será lo primero, un claro esfuerzo por diferenciar su enfoque del de los Glazer, cuya gestión ha servido para convertir al United en una máquina de hacer dinero a nivel comercial, pero una decepción en el terreno de juego.

Ratcliffe opinó que, si el fracaso se mantiene, “empezará a degradar la marca si no se tiene cuidado”.

Ratcliffe fue menos claro en torno a cómo funcionará en la práctica su inversión, como accionista minoritario, a la hora de tomar decisiones importantes y tan solo mencionó que había establecido una buena relación con Joel y Avram Glazer, los dos miembros de la familia Glazer más involucrados con el United, durante lo que describió como un proceso de venta “accidentado”.

“Siempre que hagamos las cosas bien, estoy seguro de que esa relación va a ser muy próspera”, afirmó Ratcliffe.

Ratcliffe señaló que el retraso para completar su inversión no se debió a los Glazer en todo caso, sino más bien a una confluencia de circunstancias que incluía a los consejeros independientes del United, los fondos de cobertura que poseían una parte de las acciones del Manchester United que seguirán cotizando en la Bolsa de Nueva York, los reguladores financieros estadounidenses y un grupo catarí cuya presencia solo parecía subir el precio.

En cierto momento del miércoles, Ratcliffe bromeó que ni siquiera estaba seguro de que el poco conocido jeque anunciado como cabeza visible de la candidatura catarí existiera de verdad.

Insistió en que su interés sí era genuino. Recordó que creció en una familia dividida en líneas tribales: una mitad se inclinaba por el rojo del United y la otra por el azul pálido de su rival de la ciudad, el Manchester City.

Durante gran parte de la vida de Ratcliffe, no ha habido mucha rivalidad. Sin embargo, ahora el City es el equipo más importante del fútbol, ganador en serie de la Liga Premier inglesa y el campeón de Europa. Y, en una hora de rodeos con los periodistas, fue notable la frecuencia con la que el nuevo dueño del United volvía a hablar del éxito que estaban disfrutando del otro lado de Mánchester.

“No hay nada que me gustaría más que derribar a ambos de su pedestal”, comentó Ratcliffe, para referirse al City y a otro rival del United que ha triunfado a últimas fechas, el Liverpool.

Aunque Ratcliffe dejó pocas dudas de su intención de devolverle el éxito al United lo antes posible, también lo limitan las regulaciones de la Liga Premier. El colapso del rendimiento del United ha coincidido con una de las mayores adquisiciones de talento de su historia y desenredar ese despilfarro ha dejado al club en una mala posición para cumplir los límites de gasto de la liga.

Eso quiere decir que, por el momento, cualquier iniciativa de reestructuración radical para abordar su plantilla será limitada. “No hay duda de que la historia tendrá un impacto en el mercado de transferencia del verano”, reconoció.

Tener un plan para el estadio del United puede ser más factible: una remodelación de 1000 millones de libras (1270 millones de dólares) de su actual sede, el Old Trafford, o —la preferencia de Ratcliffe— una nueva construcción de algo que produzca un impacto más grandioso y requiera inversión pública, pero actúe como una instalación que le dé servicio a todo el norte de Inglaterra.

Al invocar la historia de Mánchester como un motor de la Revolución Industrial y las aseveraciones de que los gobiernos británicos han favorecido las inversiones en Londres y el sur del país, Ratcliffe parecía promover una especie de reparación de daños históricos.

Sin embargo, en su caso, también sería una que beneficiaría a un exiliado fiscal multimillonario que ahora disfruta de una vida de lujo en Montecarlo.

“Pagué mis impuestos durante 65 años en el Reino Unido”, admitió. “Y, luego, cuando llegué a la edad de retirarme, bajé a disfrutar un poco el sol. Me temo que no tengo ningún problema con eso”.

c.2024 The New York Times Company

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