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La increíble historia de la mujer que sobrevivió seis horas congelada a 28° grados bajo cero (y qué nos dice eso de la vida y la muerte)

Cuando una persona se congela, el flujo sanguíneo se ralentiza y el cuerpo requiere menos oxígeno. (Getty Images)
Cuando una persona se congela, el flujo sanguíneo se ralentiza y el cuerpo requiere menos oxígeno. (Getty Images)

Esta semana recordé en varias ocasiones una vieja creencia que dice que nacemos con los días contados.

La primera vez fue el martes, cuando supe que mi suegra de 97 años se salvó de morir en un aparatoso accidente al perder el equilibrio y caer hacia atrás cuando se despertó para ir al baño a medianoche, golpeándose la cabeza con el filo metálico de una mesa a pocos centímetros de la nuca.

Las heridas requirieron varias decenas de puntos, pero eso la tiene sin cuidado, porque no tuvo contusiones ni hemorragias. Ahora relata la más reciente peripecia de su larga vida mientras se recupera incólume en su casa.

La segunda oportunidad en que pensé en que no hay manera de escapar cuando te busca “la pelona”, como se le dice coloquialmente a la muerte en Venezuela, fue el jueves cuando vi en el telediario que una chica de 23 años murió aplastada por un árbol en Madrid.

Julia Rodríguez Maeso era de la provincia de Barcelona y se había mudado a la capital española para estudiar un máster en Farmacia y Biotecnología. Ese día caminaba junto a sus padres para asistir a su graduación, cuando una ráfaga de viento derribó a un envejecido olmo de 20 metros y acabó con su vida.

La joven profesional no murió por un problema de salud, ni como resultado de una conducta de riesgo como conducir en estado de ebriedad. Simplemente pasaba por el paso de cebra de la calle Almagro, número 1, del Barrio Chamberí, a las 13 horas.

Y la tercera vez que evoqué las palabras de mi abuela, que decía que “nadie se muere en la víspera” fue cuando leí sobre el asombroso caso de Jean Hilliard, una estadounidense de 19 años que sobrevivió luego de pasar seis horas congelada a la intemperie en una madrugada del gélido diciembre de Minnesota.

Gélida imprudencia

El extraordinario episodio, ocurrido hace casi 43 años, comenzó cuando Jean tomó un atajo al regresar de una noche de copas por un camino secundario en la localidad de Lengby mientras conducía el auto de su padre. La superficie de la carretera estaba congelada, perdió el control del vehículo y terminó cayendo en una zanja.

No se sintió muy alarmada porque conocía a un amigo en esa calle y decidió ir andando hasta su casa. Pero su vestimenta era inapropiada para caminar por la noche a 28°C bajo cero.

Caminó enfadada por la situación por un poco más de tres kilómetros hasta que finalmente divisó la vivienda de su conocido. Jean dice que después de eso no recuerda nada más. Todo se volvió negro.

Las huellas en la nieve demostraron que ella tuvo que haber tropezado en el jardín y luego se arrastró con las rodillas y sus manos hasta su puerta, pero ella no recuerda nada de lo sucedido.

Jean permaneció inerte en el portal durante seis horas, con los ojos congelados y abiertos, hasta que al amanecer la consiguió su amigo Wally Nelson.

"Me sorprendí mucho cuando vi a ese pequeño trozo de madera en el jardín", dijo. "La agarré por el cuello y la deslicé hacia el porche. Pensé que estaba muerta. Estaba completamente congelada, más rígida que una tabla, pero vi algunas burbujas saliendo de su nariz", señaló durante una entrevista con Minnesota Public Radio.

Nelson la reconoció de inmediato porque Jean salía con su mejor amigo y la anoche anterior habían ido todos juntos a beber y bailar en un conocido lugar nocturno.

Su cuerpo estaba tan rígido que tuvo que colocarlo de manera diagonal en la parte trasera de una camioneta para trasladarla al hospital.

Dorothy Killian fue una de las enfermeras que trató a Jean en el pequeño hospital local.

“Estaba tan fría que era como meter la mano en un congelador, era como agarrar un trozo de madera congelado. Su rostro estaba absolutamente blanco. Tenía una apariencia cenicienta y mortuoria. La conectamos al monitor y obtuvimos este ritmo agonal, como un solo latido. Fue como uno y nada. Luego dos. Sabíamos que teníamos algo, pero ese es un ritmo cardíaco de la muerte”, relató a Unsolved Mysteries.

El calor de la vida

El doctor Ryan Kelly dijo que Jean llegó severamente congelada. “Ninguno de sus miembros se doblaba ni se movía. Y, realmente, las cosas parecían muy sombrías”.

Kelly dijo que cuando una persona sufre de una congelación, lo que ocurre es que se forman cristales de hielo en las células y esos cristales destruyen las células del organismo.

Luego de que las manos y los pies atraviesan las etapas iniciales de la congelación y desciende la temperatura corporal, es más difícil que el corazón, los pulmones, los órganos internos del abdomen, el cerebro realicen sus funciones, hasta que finalmente se detienen. En ese momento, lo más probable es que el paciente muera.

Pero el equipo médico no quiso desistir y decidieron calentarla con almohadillas térmicas. La situación era tan desesperada que una empleado creyente del hospital llamó a su pastor para orar por la salud de Jean.

Todos quedaron asombrados cuando, a media mañana, Jean se despertó con espasmos. La joven continuó recuperándose aceleradamente, hasta que al mediodía podía hablar sin dificultad. Su preocupación no era su estado de salud, sino cómo iba a explicar a su padre que su auto estaba atascado entre un montón de nieve en una zanja.

Jean pasó 49 días hospitalizada. Kelly dijo que era maravilloso que la joven sobreviviera ese severo caso de congelamiento pero le parecía extraordinario que regresara a casa sin perder ni siquiera un dedo de sus extremidades.

David Plummer, profesor de medicina de emergencia de la Universidad de Minnesota, dice que aunque un caso como el de Jean parece asombroso, en realidad suceden ocasionalmente. Aunque no existen estadísticas unificadas, Plummer asegura que ha atendido una docena de casos similares en una década.

El experto en hipotermia explicó que cuando una persona pierde calor corporal, el flujo sanguíneo se ralentiza y el cuerpo requiere menos oxígeno. Es como una forma de hibernación. La persona puede recuperarse si el flujo sanguíneo aumenta al mismo ritmo que recupera una temperatura corporal adecuada.

Plummer dice que siempre realizan los intentos de reanimación aunque el cuerpo de los pacientes se sienta duro como un pedazo de madera o una roca.

En medicina de emergencia, nadie es declarado muerto en estado de congelación. "La máxima es que nadie está muerto hasta que está caliente y muerto", dijo Plummer.

Lo que sigue pareciendo increíble en el caso de Jean es que en aquel momento, en el hospital rural de Fosston, los médicos solo contaban con algunas almohadillas térmicas y un pastor en oración.

Mientras que Plummer usa dispositivos especiales que calientan la sangre del paciente y la bombean por los órganos vitales para revertir el congelamiento.

Lo cierto es que el 20 de diciembre de 1980 a Jean Hilliard no le había llegado su hora.

No soy una persona que cree en el destino ni que los días cruciales de la vida de una persona quedan escritos en piedra el día de su nacimiento.

Pero las historias de Rosenda, Julia y Jean me hacen reflexionar sobre la imposibilidad de tener un control absoluto sobre todas las variables de nuestra existencia. Sabemos el día en que llegamos a este mundo pero no sabemos cuándo será el último. Sólo nos queda vivir con diligencia y soltar, porque no hay manera de predecir lo que está por venir.

Fuentes: MPR News, Science Alert, Unsolved Mysteries, El Mundo, La Nación.

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