Las mitologías cubanas: la independencia según Martí y la promulgada el 20 de mayo | Opinión

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En estos días de recordación cubana, del 19 y del 20 de mayo, me vuelven vívidamente las imágenes del Malecón de La Habana en mi niñez. Mi padre me llevaba a verlo a menudo. “Papá ¿qué hay más allá del mar?”, le preguntaba. Algún día me diría que estaba Estados Unidos, que ejercía una gran influencia en nuestro país. Mientras, me inventaba cuentos infantiles.

Y es de esa capacidad de creación de cosas totalmente ilusas que tienen los humanos, de la que voy a comentar, aprovechando la teoría de Yuval Noah Harari en su libro Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad (2011). Según él, el homo sapiens ha tenido la virtud de progresar, de crear sociedades, tecnología, arte, porque se las inventa, y también de cambiar, como en la Revolución Francesa en 1789, “de creer en el mito del derecho divino de los reyes a creer en el mito de la soberanía del pueblo”.

Esto me hace meditar en los mitos de las dos fechas patrias, la de la muerte de José Martí el 19 de mayo de 1895 y la de la confirmación de la Independencia de Cuba el 20 de mayo de 1902, que conmemoramos los cubanos hasta el día de hoy.

Como una mujer criolla, hija de inmigrante gallego, quería ser muy cubana. Aunque mi padre me advertía que la historia de la relación de Estados Unidos con Cuba era de dominación. Muchos inmigrantes españoles sufrían que España hubiese perdido la isla a los norteamericanos.

Pero para mí, Cuba era lo que había soñado Martí, soberana e independiente. Sobre todo, después de leer La Edad de Oro (1889), que él escribió para los niños, y luego Martí, el apóstol (1932), la biografía de Jorge Mañach. Todos admiramos a uno de los utópicos más extraordinarios que ha conocido las Américas, quien creó una visión de nación ideal, sin concebir necesariamente el aspecto pragmático del Estado, pero que se convirtió en la insignia heroica de nuestro país, lo mismo en la isla que en el destierro.

Lo suyo era una promesa, un programa, una identidad. Pero muchos han discutido ampliamente las coordenadas de esta mitología martiana, sobre todo Rafael Rojas, José Martí: la invención de Cuba (Noviembre, 2000), quien afirmó que lo que buscaba en este libro eran “las narrativas de la nación, el republicanismo atlántico de la Escuela de Cambridge, el discurso postcolonial, el misticismo y la cultura del sacrificio y la inmolación” en Martí. Porque no es solo la religión un proceso de imaginación ideal que une a una cultura, sino que también funcionan creativamente las imágenes de una idea, un imaginario que integra a grandes multitudes.

El primer artículo de las bases de su Partido Revolucionario Cubano (PRC) fundado el 10 de abril de 1892, antes del principio de la guerra en 1895, tiene esta declaración: “que se constituye para lograr, con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. En otros artículos afirma que se busca fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia, una República, y promete que el PRC no considerará a la Isla como su presa y dominio.

¿Pero fue en realidad Cuba “absolutamente” soberana después de que él se inmolara el 19 de mayo de 1895? Si nos trasladamos con el historiador inglés Hugh Thomas (Cuba, la lucha por la libertad, 1971) a los días después de 1899 y antes de 1901 en que se estaba preparando la entrega de la isla por el gobernador norteamericano General Leonard Wood al que sería el primer presidente de Cuba, Tomás Estrada Palma, nos damos cuenta de que esa patria no correspondía a lo que Martí aspiró. La guerra se la ganaron los americanos a los españoles y Estados Unidos se había posesionado de la isla.

Había una desconfianza de lo que podría pasar teniendo en cuenta las propuestas de interferencia del poder nacional en la Constitución que se le presentaba a los líderes cubanos. La famosa Enmienda Platt lo demostraba.

Siempre quedaría un resentimiento, aunque Cuba había prosperado brillantemente antes de 1959, pero quedaba cierto resquemor. Y eso es lo que explotó el pícaro de Fidel Castro, que desde los primeros discursos afirmaría que no se sometería a elecciones. Y pronto lanzó a la nación a la Guerra Fría contra el bloque occidental, buscando un sistema que lo perpetuara en el poder total.

La exclusión del actual dictador de Cuba en la próxima Novena Cumbre de las Américas, que tendrá lugar en junio de 2022 en Los Ángeles, debería plantear cambios necesarios al sistema de la isla, si desea ser parte de este grupo que respeta las libertades personales. Ya que la interrelación de los pueblos será la definición política a los cambios que se avecinan en el mundo, como lo está demostrando actualmente la Unión Europea frente a la agresión rusa a Ucrania.

Olga Connor es una escritora cubana. Correo: olconnor@bellsouth.net.

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