México y sus juguetes que nunca pasan de moda: trompos, yoyos y baleros; arte puro

Juguetes mexicanos: trompo, yoyo y balero. (Getty Images)
Juguetes mexicanos: trompo, yoyo y balero. (Getty Images)

El 5 de enero, Día de Reyes, es una fecha mágica en México. Los juguetes amanecen debajo del árbol y millones de niños disfrutan de los regalos que los Reyes Magos les dejan —siempre y cuando se hayan portado bien—. No hay duda de que la variedad de regalos es tan amplía que, en estos días, si alguien da una vuelta por un mercado de juguetes se encontrará con un auténtico paraíso: los juguetes que alguna vez tuviste, los que siempre quisiste y los que acabas de descubrir que te hubiera gustado tener cuando eras niño.

Pero algo se mantiene ahí, en algún rincón, a veces a la vista y otras, un tanto escondido: los juguetes tradicionales. ¿Quién no ha tenido uno de ellos? Que si el trompo, que si el yoyo, que si el balero. Pura tradición. Pocos rasgos son tan propios de una era como recordar a qué se jugaba en la infancia. Muchos dirán que les tocó crecer en una época a la tecnología: no se pedían videojuegos ni computadoras. Lo importante no era el costo; era divertirse y para eso había que exprimir al máximo la imaginación y, por supuesto, aprovechar los juguetes aparecidos benditamente en el árbol.

Trompos mexicanos clásicos. (Getty Images)
Trompos mexicanos clásicos. (Getty Images)

La Expoventa del Juguete Artesanal de Puebla, que concluirá el 8 de enero, ha traído de vuelta esa nostalgia. La memoria que se recupera a través de estos juguetes es compartida. Gracias a ocho puntos de venta, los reyes magos pueden también contemplar esta opción al surtir sus listas de regalos. No es para menos: la tradición nunca termina y no hay modo de renegar de un pasado en el que todo juguete, por más "simple" que pudiera ser, guardaba una razón de ser. Hubo una época en la vida de cada persona en la que nada era "simple", porque los límites estaban en la imaginación y de esa herramienta no hay quien pueda escapar.

No hay nada como lo clásico. Y todos lo saben. Porque una cosa es cumplir algún deseo, el de tener la consola más imponente del mercado, y otra, volver a la infancia más pura, ahí cuando no importaba el precio del regalo sino el valor: las eternas horas de diversión compartida y, desde luego, el valioso sacrificio que los reyes magos habían hecho para poder comprar los regalos. Nunca es fácil para ellos: tienen los bolsillos ajustados, pero aun así se dan el tiempo de armar las mejores sorpresa. Y eso permanece inalterable sin importar época, región ni generación. Además, los juguetes artesanales cuentan con varias ventajas: duran una vida, porque están hechos con calidad; no cuestan un ojo de la cara y sirven para apoyar la economía local.

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Y son atemporales, que es lo mejor. Porque el tiempo pasa rápido y la infancia, vista en retrospectiva, siempre deja algún hueco: algo que faltó, algo que quedó incompleto. Nada mejor que componer el recuerdo a partir del presente: traer de vuelta los juguetes tradicionales y dimensionarlos en la época actual, en la que parece imposible divertirse si no está involucrada la tecnología de por medio. De alguna forma, es así como se recupera la infancia.

Eso es el 5 de enero en el calendario de los adultos. Pasadas las fechas de Navidad y Año Nuevo, toca cerrar el maratón con la festividad más nostálgica de todas. ¿En cuántas mesas, mientras se parte una rosca de reyes, no habrá quien recuerda cuál fue su mejor regalo de un día como ese, pero de muchos años atrás? Es la magia de la fecha y, obviamente, la magia de los juguetes que nunca pasan de moda.

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