Las mejores series en lo que va del 2021, según nuestros críticos

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Las mejores series en lo que va del 2021, según nuestros críticos
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La proliferación de plataformas, los meses de encierro por la pandemia y la sostenida alta calidad y diversidad a nivel producción, ha convertido a las series en grandes protagonistas de esta primera mitad del 2021. Por eso, a modo de balance, los críticos de LA NACION eligen a las ficciones, especiales y documentales estrenados a lo largo de los últimos seis meses que más se destacan dentro del enorme catálogo disponible en streaming.

Mythic Quest

Mythic Quest, una serie que va por su segunda temporada
Mythic Quest, una serie que va por su segunda temporada


Mythic Quest, una serie que va por su segunda temporada

Por Natalia Trzenko

“La televisión es una mierda para imbéciles”, sentencia un personaje en uno de los episodios de la nueva temporada de Mythic Quest. El negativo comentario sobre la TV en un programa de TV explica bastante sobre el tono de la sitcom creada por Rob McElhenney, Charlie Day y Megan Ganz, el mismo equipo de It’s Always Sunny in Philadelphia, un ciclo poco visto por estos lados.

La irreverencia y el desafío a los límites sin descuidar el diseño de personajes ni el relato son las marcas registradas de la serie que renueva la noble tradición de las comedias de oficina. En este caso la ficción transcurre en la empresa de videojuegos donde se creo el más exitosos de su tiempo: Mythic Quest. Creativos y nerds, egocéntricos y peculiares la serie imagina a los diseñadores de esos juegos que mantienen a niños y adultos pegados a las consolas como una suerte de primos hermanos de los personajes de Silicon Valley, aunque con bastante más registro que aquellos de los problemas de misoginia y desigualdades en el mundo de la tecnología.

De hecho, en el centro del relato está la relación entre Ian (McElhenney), el creador del juego, y Poppy (Charlotte Nicdao), la brillante programadora que cree merecer mucho más reconocimiento del que Ian le otorga. De esa tensión resultan momentos graciosos pero también la posibilidad de encarar temas complicados sobre los vínculos laborales y la etiqueta adecuada en los lugares de trabajo para los que los guiones no aportan respuestas definitivas sino apenas el valioso intento de nombrarlos y reírse de ellos.

Entre los tira y afloja de Ian y Poppy, aparecen el veterano escritor ignorante de cualquier tipo de corrección política -que interpreta F. Murray Abraham- cuya historia tiene un fascinante crecimiento en los episodios más recientes, el administrador David (David Hornsby), siempre el remate de todos los chistes internos, Brad (Danny Pudi), el villanesco hombre de la monetización y las jóvenes Rachel (Ashley Burch) y Dana (Imani Hakim), ocupadas en probar el juego y su flamante noviazgo. Con una segunda temporada que profundiza el vínculo entre los personajes y nunca olvida celebrar sus excentricidades, Mythic Quest es la mejor comedia en lo que va del año. Y un remedio para los que añoran volver a las oficinas, al menos a las de la pantalla.

Mare of Easttown

Julianne Nicholson y Kate Winslet, en una escena de Mare of Easttown
Julianne Nicholson y Kate Winslet, en una escena de Mare of Easttown


Julianne Nicholson y Kate Winslet, en una escena de Mare of Easttown

Por Diego Batlle

Con su esquema de pueblo chico e infierno grande sobre una comunidad marcada por miserias, traumas y una serie de asesinatos, Mare of Easttown podría haber sido solo un policial competente y sostener (como lo hizo) la tensión y el suspenso hasta el final. Pero esta serie que tuvo a Brad Ingelsby como showrunner y guionista, y a Craig Zobel como director de los siete episodios, no solo fue un thriller que tuvo un impactante quiebre en su quinto capítulo y una resolución convincente en su última entrega, sino que supo construir además un fascinante y por momentos desgarrador drama sobre relaciones familiares dominadas por las tensiones generacionales, la incomunicación y una fuerte carga de resentimiento e insatisfacción.

Además del eficaz guion de Ingelsby y de la cuidada narración de Zobel, la principal carta para el triunfo de Mare of Easttown fue la actuación de la multifacética Kate Winslet en el papel de la agente Mare Sheehan, una mujer con diferentes matices: inteligente e impulsiva, fuerte y vulnerable, resiliente e inestable a la vez. Como en Big Little Lies, Sharp Objects y The Undoing (algo así como la fórmula HBO de los últimos años), hay en el centro de la historia mujeres -madres y/o hijas- dominadas por la culpa, contradicciones íntimas, angustias, traumas, duelos e inseguridades propias de estos tiempos, pero también con una rebeldía y un progresivo proceso de empoderamiento.

Más allá de ser una trama quizás demasiado recargada en tragedias y perversiones, el crescendo dramático de Mare of Easttown funcionó y generó semana tras semana un efecto acumulativo que sumó cada vez más público no solo al consumo de la propia historia, sino también al apasionado debate en medios y redes sociales. Un mérito reservado a las series más profundas, inteligentes y provocadoras del amplio y muchas veces efímero universo audiovisual contemporáneo.

This Way Up

Aisling Bea, Sorcha Cusack y Sharon Horgan, en This Way Up
Sophie Mutevelian


Aisling Bea, Sorcha Cusack y Sharon Horgan, en This Way Up (Sophie Mutevelian/)

Por Paula Vázquez Prieto

Si bien This Way Up se suma a la tradición de Fleabag y otras alumnas que han seguido esa fórmula de treintañera en crisis, como Back to Life, The Bisexual y Feel Good, lo que define a la serie creada y protagonizada por la irlandesa Aisling Bea no es solo el humor de su heroína sobre las vicisitudes de su propia vida sino la calidez que preside a su mirada sobre ese mundo a punto de desmoronarse.

Aine (Bea) ha salido de rehabilitación luego de una crisis nerviosa con aires de intento de suicidio. Pero en el instante en que abandona la clínica, acompañada por su hermana Shona (Sharon Horgan), su cómplice y protectora, deja en claro que no ha perdido un ápice de su ingenio, tabla de salvación frente a los dolores de la vida. De vuelta en su soledad cotidiana, enseñando inglés a extranjeros, maestra de un niño francés que carga con su propio duelo, aferrada a los retazos de amor que cuelgan a su alrededor, Aine dispara sus chistes para contener las lágrimas, casi como una estrategia de defensa que la mantiene a flote en sus largas caminatas nocturnas.

Bea incorpora a su fascinante escritura la tensión propia de toda extranjería. Irlandesa en Londres, su Aine hace suya esa diferencia, empatiza con sus alumnos con problemas de integración, bromea sobre el imaginario del catolicismo, procesa la lejana pérdida de su padre, los amores perdidos del presente, la tentación de la rendición. La escritura de Bea es lúcida, sin la huida al cinismo, dispuesta a brindarle a cada personaje su momento y su gloria.

Shona emerge como la imperfecta compañera de aventuras, dispuesta a perdonar, contener y reprochar con la misma incondicionalidad. Creadora de la inolvidable Catastrophe, Horgan brinda a su personaje las dudas de su propia generación, entrelazadas con las aspiraciones personales y los deberes prometidos. La dinámica entre las hermanas da cuerpo a los grandes momentos de la serie, definidos por las discusiones absurdas y las confidencias en voz alzada.

Aisling Bea consigue una notable comodidad con el tono, en equilibrio entre el humor ácido que atraviesa las situaciones y la humanidad de los personajes que las encarnan. Allí está su triunfo, la bendecida invitación que nos hace para entrar en su universo.

Invincible

Invincible, una serie animada con las voces de J.K Simmons y Steven Yeun
Prensa Amazon Prime Video


Invincible, una serie animada con las voces de J.K Simmons y Steven Yeun (Prensa Amazon Prime Video/)

Por Martín Fernández Cruz

Una suerte de Superman llamado Nolan Grayson (J.K. Simmons), también conocido como Omni Man, es el principal defensor de la Tierra contra todo tipo de alienígenas, monstruos y súper villanos de planes grandilocuentes. Se trata del súper héroe más respetado por sus pares, y temido por sus rivales. Pero aquí el protagonista no es él, sino su hijo Mark (Steven Yeun), un adolescente que heredó sus poderes, y que bajo el nombre de Invincible da los primeros pasos en su carrera como justiciero. Hasta ahí, el planteo no resulta demasiado extraordinario. Pero la trama detona cuando Omni Man, sin ningún tipo de explicación mediante, masacra a todos sus compañeros súper héroes. A partir de ahí, el héroe muta a villano, y el único con potencial para detenerlo podría llegar a ser Mark.

Hay algo en Invincible -su tono a medio camino entre El club de los cinco combinado con drama familiar- que la convierte en una propuesta irresistible. Mark intenta combinar su rol como justiciero, con su vida como un adolescente común y corriente, que tiene sus primeras relaciones amorosas e intenta ser leal a sus amigos. Es un personaje seguro de sí mismo, aunque no vanidoso, y su compromiso por seguir los pasos de Omni Man lo lleva a intentar derrotar a todas las amenazas que se le presenten, cueste lo que cueste. La tragedia, claro está, se encuentra en ese paulatino proceso que le permite a Mark descubrir la verdadera esencia de su padre, y comprender que ese hombre al que tanto admira, en realidad es un brutal asesino. Y en el medio de esa trama, un verdadero desfile de personajes secundarios extravagantes, fascinantes tanto por sus poderes como por sus conflictos personales.

La serie propone dos rutas por las que viajan sendas historias que indefectiblemente están destinadas a chocar. Por un lado, Mark descubriéndose a sí mismo como un héroe, y por la otra, Omni Man revelándose como el gran villano de la saga. Y de esa manera, Invincible entusiasma porque se refiere a un período con el que cualquiera pueda empatizar, y que tiene que ver con la pubertad y ese freudiano concepto sobre “matar al padre”. Aunque claro, en esta serie puede que eso sea un poco más literal que simbólico.

WandaVision

Elizabeth Olsen y Paul Bettany son superhéroes en el Estados Unidos profundo
MARVEL STUDIOS 2021


Elizabeth Olsen y Paul Bettany, los protagonistas de WandaVision ( MARVEL STUDIOS 2021 /)

Por Guillermo Courau

Cuando parecía que el universo “fast food” de Marvel no tenía nada nuevo para ofrecer, se estrenó WandaVision y logró lo imposible. En los nueve episodios de su primera y única temporada, la serie trascendió la idea de spin off con la que estaba identificada al inicio, y demostró que se puede tomar personajes ya conocidos e imprimirles una dimensión diferente a la del producto original, hasta el límite de eclipsarlo.

Wanda Maximoff (Elizabeth Olsen) y Vision (Paul Bettany) tuvieron una destacada participación en las películas de Avengers; especialmente en Avengers: Infinity War, donde a pesar de todo su poder, ella no pudo evitar que Thanos matara a su novio. WandaVision es la consecuencia directa de este evento.

Luego de una presentación, similar a una sitcom estadounidense de la década del 50, inicia un primer capítulo en blanco y negro protagonizado por la pareja, con risas grabadas y un estilo similar a programas como El show de Dick Van Dyke o Yo quiero a Lucy. No se entiende qué pasa, y se acumulan las preguntas: ¿Cómo llegaron ahí? ¿Por qué Vision está vivo? ¿Qué tienen que ver con la historia las referencias a Hechizada, Los Brady Bunch, Malcolm In The Middle, Modern Family y otra media docena de clásicos de la TV? Las respuestas serán mucho más difíciles de asimilar de lo que se piensa al comienzo.

Aunque no lo parezca, la idea troncal detrás de WandaVision es bastante oscura, tiene poco y nada de gracioso. Y sin embargo, el guion se las arregla para congeniar en cada momento de su trama los elementos clásicos de la comedia de situaciones, con una historia mucho más densa que tendrá continuación en los inminentes estrenos del Universo Marvel (o MCU, Marvel Cinematic Universe). No es necesario haber visto ninguna de las películas previas para entender y disfrutar WandaVision, y tampoco hace falta ver nada después. Tanto en lo argumental como en lo actoral, la serie es tan sólida que consigue elevarse por encima de su árbol genealógico, hasta llegar al nivel necesario para ser valorada como una pieza única, independiente, interesante, y muy superior a la saga que le dio origen.

Bo Burnham: Inside

Inside, el especial de Bo Burnham
Prensa Netflix


Inside, el especial de Bo Burnham (Prensa Netflix/)

Por Milagros Amondaray

“¿Debería estar haciendo bromas en un momento como este?”, canta Bo Burnham en “Comedy”, el segundo tema que escuchamos en su especial para Netflix, Inside, estrenado en mayo de este año sin demasiado ruido. El actor, director, comediante y compositor concibió, en pleno confinamiento, una de las obras maestras de 2021, una producción inclasificable que no busca la risa fácil.

Burnham no es un conformista que se refugia en su talento en el piano, siempre va un paso más allá y arremete también con detalles visuales que posiblemente se nos escapen en un primer visionado. En 2016, comenzó a experimentar ataques de pánico durante el tour de su previo especial, también disponible en Netflix, Make Happy. Le llevó cuatro años estar listo para subirse nuevamente a un escenario (en ese impasse, filmó su aclamada ópera prima Eighth Grade y coprotagonizó junto a Carey Mulligan Hermosa venganza), pero, cuando las condiciones estaban dadas para su regreso, la pandemia llegó y el mundo se detuvo.

De allí surge Inside, la producción que el realizador filmó y editó en su casa, donde compuso todas las canciones que van desde la parodia que marcaba el tono de Make Happy (como las extraordinarias “White Woman’s Instagram, “FaceTime with My Mom” y “Sexting”), la opacidad de “Any Day Now” y “How the World Works”, y la honestidad brutal de “30” y “Shit”, en las cuales Burnham, protegido por un piano acogedor, desnuda sus peores miedos, llorando mientras canta. En Inside, no solo está el pavor a no poder volver a la normalidad -o a que, una vez que lo hagamos, sintamos la necesidad de abrir la puerta y permanecer dentro, tópico al que alude con un trabajo visual lo-fi maravilloso, un retrato inusual sobre la agorafobia- sino también a que reflote todo aquello que estaba presente antes del confinamiento.

Burnham habla del quiebre de la salud mental, de sus ataques de pánico, de la depresión, y se confiesa con un interlocutor in absentia a quien incluye en su espacio con risas grabadas, un toque devastador pero también terapéutico.

El humorista también confiesa que el único momento de plenitud lo consigue mientras duerme, y grafica el despertar a lo incierto con una mirada tan aterradora como hilarante. De nuevo, la tragicomedia, con una inventiva (y un montaje afilado, una de las razones por las cuales alcanzó la fama a temprana edad gracias a YouTube) que no tiene techo y que hace que no dudemos en responder afirmativamente a ese interrogante inicial, donde también hay una crítica velada a cómo los comediantes necesitan de la aprobación para subsistir.

Entonces, ¿debería bromear Burnham en un momento como este? Su sonrisa final lo dice todo.

Q: en el ojo de la tormenta

Q: en el ojo de la tormenta, la serie documental de Cullen Hoback
IMDB.com


Q: en el ojo de la tormenta, la serie documental de Cullen Hoback (IMDB.com/)

Por Alejandro Lingenti

Durante la campaña electoral de Estados Unidos en 2016, una operación rusa filtró los correos electrónicos de John Podesta, jefe de campaña de Bill Clinton. A partir de esa operación ilegal, apareció una gigantesca ola de conspiradores que dispersó por las redes sociales una teoría delirante: las referencias en algunos de esos emails a cuestiones gastronómicas estarían ocultando deplorables perversiones sexuales. Por ejemplo, cuando Podesta hablaba de “cheese pizza” (pizza de queso), por sus iniciales en realidad se refería en código a “child pornography” (pornografía infantil), y hasta se señaló a una pizzería de un barrio acomodado de Washington llamada Comet Ping Pong como una fachada para un prostíbulo infantil para ricos y poderosos como George Soros, Tom Hanks, Oprah Winfrey o Bill Gates, entre otros.

Un mes después de la elección que llevó a Donald Trump a la presidencia, un joven norteamericano de 28 años hizo más de 500 kilómetros para llegar desde Carolina del Norte hasta la capital estadounidense y entró en esa pizzería -que estaba llena de gente- con un fusil automático, le disparó a la puerta del sótano y en lugar de chicos amordazados encontró, entre otras cosas, mozzarella, harina, aceitunas y bebidas.

Este suceso extravagante es uno de las tantos que fueron parte del insólito relato que desembocó en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, cuyo resultado más concreto -más allá de los ribetes dantescos que fueron un bocato di cardinale para los medios de todo el planeta y de la explosiva popularización internacional de Jack Angeli- fue la muerte de cinco personas.

Q: En el ojo del huracán, serie documental de seis episodios, cuenta con mucho detalle esa historia que fue y aun sigue siendo muy real, a pesar de sus características de ficción afiebrada. La Q que aparece en el título de esta producción dirigida por Cullen Hoback -un especialista en destapar escándalos que involucran a grandes empresas- hace referencia al alias del supuesto cerebro detrás de QAnon, Ron Watkins, exadministrador de la plataforma que promovió estas teorías abonadas básicamente por votantes de Trump y personaje digno de una comedia negra. Y el productor es Adam McKay, ganador del Oscar al Mejor Guion Adaptado en 2016 por La gran apuesta y guionista y director de El vicepresidente: Más allá del poder, la mordaz biografía del polémico vicepresidente de George W. Bush, Dick Cheney.

1971, el año en que la música lo cambió todo

George Harrison y Ravi Shankar, en una de las escenas de la serie documental 1971, el año en que la música lo cambió todo
George Harrison y Ravi Shankar, en una de las escenas de la serie documental 1971, el año en que la música lo cambió todo


George Harrison y Ravi Shankar, en una de las escenas de la serie documental 1971, el año en que la música lo cambió todo

Por Hernán Ferreirós

Los analistas de la cultura pop tienen debilidad por establecer ciertos años como puntos de giro en la historia de la música. El crítico británico David Hepworth escribió un libro identificando uno de ellos, 1971, the year that rock exploded, que puede entrar en franca polémica con aquellos que tienen otro año favorito como 1966, the year the decade exploded de Jon Savage. La hipótesis de Hepworth es que el rock fue una de las principales fuerzas de transformación de la sociedad anglosajona y su influencia sobre eventos políticos cruciales -tales como la protesta ante la guerra de Vietnam o la consolidación del movimiento de derechos civiles norteamericano- se manifestó como nunca antes en este período y, por ello, determinó el futuro.

El documentalista Asif Kapadia -que ganó un Oscar en 2016 por su película sobre Amy Winehouse y, en 2019, estrenó otra sobre Diego Maradona-, tomó el libro como base para esta serie de ocho episodios y eligió la manera más difícil de contar la historia, es decir, prescindiendo de entrevistados que hablen a cámara y usando exclusivamente imágenes de archivo.

Considerando la cantidad de obstrucciones autoimpuestas (no moverse de un único año, no usar “talking heads”), la serie es un triunfo: encuentra fuentes que no están desgastadas por el uso y logra crear un vínculo rico entre la música y la sociedad, restableciendo sentidos que se diluyeron en el tiempo. A la vez, esas limitaciones hacen que algunas obras importantes y naturalmente asociadas a los eventos nombrados (como Attica Blues, de Archie Shepp, sobre la revuelta de los presos negros en la cárcel de Attica) no se mencionen acaso porque quedaron por unos pocos meses fuera del lapso elegido. Contrariamente, otras son incluidas por su propio peso, como Exile On Main Street de los Rolling Stones, aunque también hayan visto la luz al año siguiente. Otras más son evitadas sin explicación, como el extraordinario disco Maggot Brain (1971) de Funkadelic, banda seminal en la música negra y uno de los puntos de partida del afrofuturismo. Pero estas inconsistencias, y algunos momentos erráticos, son detalles poco significativos.

El extraordinario trabajo de edición y, sobre todo, la música irrepetible del período en su contexto (en 1971 se editaron What’s Going On, de Marvin Gaye; Imagine, de John Lennon; Sticky Fingers, de Los Rolling Stones; Hunky Dory, de David Bowie; Blue, de Joni Mitchell, entre otros), hacen de este documental una de las experiencias del año.

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