Esta medusa puede vivir eternamente y sus genes podrían decirnos cómo

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Un pólipo de Turritopsis dohrnii (Maria Pascual-Torner vía The New York Times).
Un pólipo de Turritopsis dohrnii (Maria Pascual-Torner vía The New York Times).

Flotas de diminutas sombrillas translúcidas, cada una del tamaño de una lenteja, surcan las aguas del mar Mediterráneo. Estas medusas miniatura, conocidas como Turritopsis dohrnii, ondean y extienden sus pálidos tentáculos, con los que se llevan el plancton a la boca, como hacen muchas otras especies de medusas que navegan a la deriva en el agua resplandeciente.

No obstante, estas tienen un secreto que las distingue de las criaturas marinas promedio: cuando su cuerpo está dañado, las medusas adultas maduras, pueden retroceder en el tiempo y transformarse en su versión juvenil, conocidas como éfiras. Las medusas mudan sus extremidades, se convierten en una gota a la deriva y se transforman en pólipos, bultos ramificados que se adhieren a rocas o plantas. Poco a poco, la medusa brota del pólipo una vez más, rejuvenecida. Aunque un depredador o una lesión pueden matar a una T. dohrnii, la vejez no. En efecto, son inmortales.

En un estudio publicado el lunes en la revista The Proceedings of the National Academy of Sciences, los científicos analizaron el genoma de la medusa a detalle, en busca de los genes que controlan este singular proceso. Al examinar los genes activos en las distintas fases del ciclo vital, los investigadores pudieron echarle un vistazo a la delicada orquestación del rejuvenecimiento de la medusa.

Reunir suficientes T. dohrnii para estudiar sus genomas puede ser complicado. Solo un científico, Shin Kubota, de la Universidad de Kioto, Japón, logró mantener una colonia en el laboratorio a largo plazo. (También ha escrito e interpretado canciones inspiradas en sus diminutos ejemplares).

Cuando se trata de vivir en un acuario, “son muy exigentes”, afirmó María Pascual-Torner, científica de la Universidad de Oviedo, España, quien estudia las medusas. “Y son muy, muy pequeñas, lo que también dificulta su identificación y muestreo en el campo”.

Una éfira o ejemplar juvenil de la medusa Turritopsis dohrnii. (María Pascual-Torner vía The New York Times).
Una éfira o ejemplar juvenil de la medusa Turritopsis dohrnii. (María Pascual-Torner vía The New York Times).

Para conseguir suficiente material para el artículo nuevo, Pascual-Torner y un colega condujeron una casa rodante con equipo especial hasta una costa de Italia y fueron a bucear para recoger medusas silvestres. Luego las llevaron rápidamente al laboratorio.

Cuando ellos y sus colegas secuenciaron los genomas de las medusas, los investigadores observaron que estas tenían copias adicionales de ciertos genes, una señal de que estos podrían ser importantes para la supervivencia de las criaturas. Los investigadores encontraron muchos de los genes duplicados entre ellas, incluidos algunos que protegen y reparan el ADN de las medusas, ya que con la edad este suele erosionarse en los animales.

Para desencadenar el rejuvenecimiento, los investigadores dejaron que las medusas pasaran hambre, entre otras cosas, para someterlas a estrés. A medida que las medusas se encogían hasta convertirse en bolitas, les brotaban pólipos y empezaban a restaurar sus cuerpos adultos; los científicos capturaron imágenes instantáneas de los genes que usaban en cada fase de su desarrollo. Tomaron algunas medusas en cada fase, las congelaron y las trituraron hasta hacer una masa para extraer su ARNm, con lo que obtuvieron un registro de los genes que se usaban activamente para producir proteínas.

Conforme las medusas se transformaban, los científicos se interesaron en ver un cambio marcado en el uso de los genes relacionados con el almacenamiento del ADN. En las adultas, estos genes estaban activos o se expresaban a un nivel elevado, es decir, se utilizaban con frecuencia para producir proteínas, pero a medida que los animales empezaban a reducirse hasta convertirse en pólipos, los genes reducían su actividad y sus proteínas alcanzaban sus niveles más bajos cuando estas tenían la forma de una bola flotante.

Los genes relacionados con la pluripotencia, o la capacidad de una célula para convertirse en una variedad de formas desarrolladas por completo, hicieron lo contrario. Se mantuvieron inactivos en su estado adulto, pero entraron en acción cuando la medusa descompuso su cuerpo y empezó a reconstruirlo. Los genes de pluripotencia volvían a su estado inactivo cuando se completaba el proceso.

Según Pascual-Torner, esto sugiere que el ADN que por lo general está almacenado sale a la luz durante la transformación, y los genes que obligan a las células a reiniciarse comienzan a trabajar con intensidad.

Los hallazgos del artículo corroboran lo que su grupo de investigadores observó en un estudio similar el año pasado, señaló Maria Miglietta, profesora de Biología Marina de la Universidad A&M de Texas en Galveston que también estudia la T. dohrnii. Su equipo vio que los genes relacionados con la reparación y la protección del ADN estaban involucrados en el rejuvenecimiento de la medusa.

Ambas investigaciones sugieren que el momento y el nivel en el que se expresan los genes de la medusa es tan importante como los propios genes para dar vida nueva a un cuerpo viejo. En otras palabras, no existe un gen de la inmortalidad, pero sí un procedimiento para conseguirla.

Sigue estando en duda si alguno de estos procesos de la medusa T. dohrnii tiene un paralelo en el cuerpo humano, pero al menos en el futuro inmediato, esta fuente de la juventud es exclusiva para las medusas.

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