A medida que el virus se propaga, algunas personas están convencidas de que es demasiado tarde para detenerlo

Mike Baker
·6  min de lectura
Manifestantes en contra de las restricciones del coronavirus en una esquina de Coeur d'Alene, Idaho, 29 de octubre de 2020. (Rajah Bose/The New York Times).
Manifestantes en contra de las restricciones del coronavirus en una esquina de Coeur d'Alene, Idaho, 29 de octubre de 2020. (Rajah Bose/The New York Times).
Downtown Coeur d'Alene, Idaho, 29 de octubre de 2020 (Rajah Bose/The New York Times).
Downtown Coeur d'Alene, Idaho, 29 de octubre de 2020 (Rajah Bose/The New York Times).

COEUR d’ALENE, Idaho — La congregación de la Comunidad Cristiana Candlelight se reunió alrededor de varias mesas en la capilla de la iglesia una noche de la semana pasada para beber café y resolver dudas teológicas. Desde el fondo del pasillo se escuchaban las risas de docenas de niños jugando.

Con una cena de platillos compartidos, sin cubrebocas y con muchos abrazos , la noche se sintió como un retroceso a la era prepandémica, excepto por una notable salvedad en el escenario: el pastor principal, Paul Van Noy, se dirigía a la congregación con la asistencia de un tanque pequeño de oxígeno suplementario que se conectaba a sus fosas nasales.

Hace aproximadamente un mes, Van Noy, de 60 años, fue dado de alta en una silla de ruedas de un hospital después de que el contagio de coronavirus lo llevó al borde de la muerte; sin embargo, aunque ese susto destrozó sus pulmones y sacudió a la iglesia, no ha cambiado el creciente sentimiento entre muchas personas del norte de Idaho de que no es posible detener el coronavirus y que los esfuerzos por contenerlo están ocasionando más daños que beneficios.

“Creo que es mejor simplemente abrir y dejar que siga su curso”, afirmó Nancy Hillberg, de 68 años, mientras los miembros de la iglesia convivían después del servicio. “Solo dejemos que suceda”.

En medio de un pico récord de casos de coronavirus y en los días previos a la elección presidencial, el presidente Donald Trump y su gobierno han expresado una creciente impotencia para contener el virus, y en cambio se han centrado en cómo mejorar la supervivencia y han tratado de mantener una economía sólida. Si bien es un tema aceptado por muchos de los seguidores del presidente, ha resultado alarmante para los trabajadores de la salud, incluidos los del hospital que atendió a Van Noy, quienes se están enfrentando a una creciente resistencia a sus llamados a la unidad en la lucha contra una pandemia que ya ha cobrado la vida de unos 230.000 estadounidenses y amenaza con llevarse a muchos más.

En el norte de Idaho, que se enfrenta a un número récord de casos y hospitalizaciones, la junta local de salud revocó el mes pasado la obligatoriedad del uso de cubrebocas en el condado de Kootenai, donde se encuentra la Comunidad Cristiana Candlelight.

“En lo personal, no me importa si alguien usa cubrebocas o no”, señaló Walt Kirby, miembro de la junta, en una audiencia pública sobre el tema. “Si quieren ser tan tontos como para andar por ahí y exponerse al virus o exponer a los demás, por mí está bien”.

“Solo me siento a ver cómo se contagian y mueren. Con suerte, yo resistiré.”

En una entrevista posterior, Kirby aseguró que al principio apoyaba la obligatoriedad del uso de cubrebocas como una estrategia para contener el virus y que, a los 90 años, usa uno siempre que está en espacios públicos.

No obstante, dijo, el requisito de usar cubrebocas dio lugar a una inmensa reacción negativa, en una parte del país donde muchas personas se desplazaron para escapar de lo que consideran un gobierno autoritario.

Con la llegada del clima frío y el regreso de la gente a los espacios cerrados, el virus ha comenzado una devastación otoñal en todo el país que supera con creces los picos de los meses anteriores. El viernes, Estados Unidos estableció un récord de más de 98.000 contagios en un solo día. Los fallecimientos también han empezado a aumentar ligeramente de nuevo.

Las autoridades en hospitales y el gobierno han notado indicios de fatiga pandémica, pues las ligas deportivas infantiles buscan reiniciar sus actividades, los amigos celebran cumpleaños y las familias hacen planes para volver a reunirse… quizá para las próximas fiestas. Gallup ha rastreado los hábitos de distanciamiento social de los estadounidenses y ha registrado que el número de personas que practican el distanciamiento social ha disminuido del 92 por ciento en abril al 72 por ciento en septiembre.

En Idaho, donde muchos habitantes aprecian la autosuficiencia, surgió una resistencia a las órdenes derivadas del coronavirus al principio de la pandemia. En las últimas semanas han surgido zonas de contagio en todo el estado, que ahora tiene un promedio de 900 casos nuevos diarios aproximadamente, más del triple de los que se registraban hace solo seis semanas.

En la zona este del estado, el área metropolitana de Rexburg ha registrado la mayor cantidad de casos nuevos per cápita en el país. En el norte, el hospital Kootenai Health ha advertido que el centro podría exceder su capacidad y verse obligado a remitir pacientes a Seattle o a Portland, Oregón, dos áreas en las que se mantienen las restricciones y el virus está más controlado.

En Boise, un brote en el Asilo para Veteranos del Estado de Idaho ha derivado en 26 casos activos y dos fallecimientos recientes entre los residentes, junto con dieciséis trabajadores que han dado positivo.

El gobernador Brad Little ha restablecido las restricciones a las reuniones muy concurridas, pero se ha enfrentado a represalias de algunos compañeros republicanos y se opuso al uso obligatorio de cubrebocas. La semana pasada, la vicegobernadora Janice McGeachin se unió a un grupo de legisladores para publicar un video en el que solicitaban poner fin a todas las órdenes de emergencia estatales y locales, y se comprometían a ignorarlas en el futuro. En el video, McGeachin colocó una pistola sobre una Biblia.

“El hecho de que haya o no una pandemia no modifica en absoluto el significado ni la intención de la Constitución del estado en cuanto a la conservación de nuestros derechos inalienables”, señalaron los dirigentes políticos en el video y la carta adjunta.

En Twin Falls, donde el aumento de pacientes con coronavirus ha obligado al Centro Médico St. Luke’s Magic Valley a trasladar a los pacientes pediátricos a otro lugar y cancelar las cirugías opcionales, Adam Robison dijo que desearía que los esfuerzos por controlar el virus no se vieran desde el punto de vista político.

“Estamos a punto de no tener más espacio”, aseguró. “Para ser sincero, me estoy poniendo muy nervioso ahora mismo”.

Van Noy, el pastor de Coeur d’Alene que pasó dieciocho días en una unidad de cuidados intensivos, había expresado su escepticismo respecto a los cubrebocas antes de enfermarse, no exigía su uso en la iglesia y prometió desafiar cualquier orden de cancelar los servicios presenciales, pero afirmó que, aunque su enfermedad llevó a los médicos a darle un 20 por ciento de probabilidades de supervivencia en un momento dado, ha visto a otras personas en la congregación que solo han presentado síntomas leves. Así que, aunque sí deseaba que la gente fuera precavida para evitar la propagación del virus, dijo, seguía mostrándose escéptico respecto de los esfuerzos del gobierno por contenerlo.

“No estoy convencido de que todas nuestras acciones hayan tenido un gran impacto en la propagación o la contención”, dijo Van Noy. “Sí creo que le hemos hecho mucho daño a nuestra economía y a la mente de las personas. Es decir, hay casos de depresión. Vemos todo tipo de problemas que se están desarrollando porque la gente tiene una sensación de desesperanza”.

Cuando fue a votar hace poco, Van Noy llevó un cubrebocas de la campaña de Trump a la casilla de votación. Al llegar, dijo, un trabajador electoral le dijo que no podía usar el cubrebocas porque se trataba de propaganda electoral inapropiada.

Van Noy se quitó el cubrebocas y entró a emitir su voto sin él.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company