Las claves que explican la victoria del ultraderechista Bolsonaro en Brasil

Brasil tiene nuevo presidente y tal y como se esperaba tras la primera vuelta es Jair Bolsonaro, el polémico candidato que ha triunfado con un discurso racista, xenófobo y machista. De nada le sirvió a Fernando Haddad su remontada a última hora porque finalmente el extremista ganó con un cómodo 55% de los sufragios y con más de 10 millones de votos que su rival. Con estos resultados acaban los 15 años consecutivos de Gobierno del Partido de los Trabajadores y se inicia la era Bolsonaro. Estas son las claves de su triunfo.

Jair Bolsonaro saluda a sus fieles después de votar (AP Photo/Leo Correa).)

– Una mala situación económica, política y social en el país

Tras unos años ilusionantes en los que Brasil estaba considerada una gran potencia emergente y 30 millones de personas salieron de la pobreza, la situación ha cambiado radicalmente. En el 2017 el paro se situaba muy cerca del 13% (12,7%), el doble que tres años antes. Las exportaciones han caído radicalmente y la delincuencia sistémica ha provocado que algunas de las urbes del país como Natal, Fortaleza o Belém ocupen los primeros puestos en las clasificaciones de las ciudades más violentas del mundo.

Las desigualdades siguen siendo pronunciadas y en este clima de caos ha emergido la figura de Bolsonaro. Tal y como ha ocurrido en otros países antes, en épocas de crisis el discurso anti establishment del candidato ha sido capaz de calar en numerosos sectores sociales.

– El ocaso del Partido de los Trabajadores

Con la mayoría de sus altos cargos o en prisión o sumidos en escándalos de corrupción, el Partido de los Trabajadores, que ha gobernado los últimos tres lustros, ha llegado a estos comicios muy señalado. La elección de Fernando Haddad como candidato, un perfil limpio con mucha experiencia en gestión, pero con nulo carisma tampoco ha ayudado a que los brasileños se volvieran a ilusionar con un partido con el que se han sentido muy traicionados. Para muestra, solo hay que ver qué ha ocurrido con los tres últimos presidentes del país.

Lula da Silva, en el cargo entre 2003 y 2010, está actualmente en la cárcel; su sucesora Dilma Rouseff fue destituida como presidenta en 2016 por maquillar las cuentas públicas y Michel Temer cuenta con un rechazo del 90% y también ha sido acusado de corrupción. Para el PT ha llegado el momento de analizar los muchos errores pasados y ver la manera de volver a conectar con su electorado. Los frutos de esta desilusión y consecuentemente voto de castigo los ha recogido Bolsonaro.

Fernando Haddad, el candidato derrotado (AP Photo/Andre Penner).

– Los aliados que ha sido capaz de atraer

El flamante ganador es un veterano del Parlamento brasileño curtido en mil batallas que ha sabido ir logrando distintos apoyos que han ido construyendo poco a poco sus opciones. En 2014 se convirtió en el diputado más votado en Río de Janeiro, un hecho que demostró que conectaba bien con las masas y que podía convertirse en un potencial candidato. Mientras que el Partido de los Trabajadores nunca creyó en sus opciones hasta que fue demasiado tarde, él fue desgranando su programa y atrayendo aliados poderosos.

La llegada de los votos de los evangélicos y los ruralistas terminaron por disparar sus posibilidades. Una fuerza global que representaba a millones de brasileños. Y pese a que sus discursos contra las mujeres o contra los homosexuales indignaban a muchos, no le iban restando votos, más bien al contrario. La primera vuelta de los comicios mostró su auténtico poder. Ya era tarde para que el PT pudiera remontar.

– El éxito del discurso anti

A la vista de los resultados en distintos comicios del mundo, da la sensación que cuánto más se advierte sobre los riesgos de la llegada al poder de candidatos de extrema derecha, más atracción sienten los votantes. Y es que el secreto de estos aspirantes suele ser un discurso racista y anti inmigración que habla de la gloria pasada y culpabiliza a los extranjeros de los problemas del país.

Se basa en las fake news (noticias falsas) que inundan Internet y convence a millones de personas, pese a estar basado en cosas que no son ciertas. Ya ocurrió en Italia, en Estados Unidos y ahora en Brasil. Las sociedades han perdido el miedo a votar a la extrema derecha y compran unos argumentos que son bastante peligrosos y que pueden fomentar la violencia.

Matteo Salvini, ministro del Interior de Italia y gran defensor del discurso anti establishment (EFE/ Angelo Carconi).

– Una campaña con sobresaltos, pero efectiva

Al poco de empezar la campaña electoral, Jair Bolsonaro fue apuñalado en un acto público por un exaltado. Televisiones de medio mundo dieron la noticia y desde ese mismo momento el candidato monopolizó los comicios. Así, su campaña dio un giro de total; al no poder hacer trabajo en la calle, por prescripción médica, supo utilizar muy bien las redes sociales desde el hospital para transmitir su mensaje y lograr un buen puñado de votos.

El hecho de no participar en los debates hizo que su imagen no se viera afectada y le granjeó una gran simpatía. Cuando el Partido de los Trabajadores intentó reaccionar ya era demasiado tarde. De nada le valieron los ataques a su figura en las dos últimas semanas antes de los comicios, Bolsonaro navegaba cómodamente por las encuestas y el día de las elecciones se demostró que su ventaja ya era casi definitiva.

– La ausencia de Lula

El plan inicial del PT era contar con Lula da Silva como candidato, una persona que, pese a sus escándalos de corrupción, sigue teniendo una gran popularidad en un país que no olvida que con él en la presidencia se vivió una época de gran bonanza. Todos los sondeos daban como favorito a Lula, pero su encarcelamiento apenas un par de meses antes de los comicios dejó descabezado al partido y le dio alas a Bolsonaro. Porque los brasileños estaban dispuestos a darle una nueva oportunidad a Lula, pero no al PT.

Así la elección de Fernando Haddad fue recibida con frialdad por la sociedad. Sin carisma y heredero de la corrupción de su formación, Brasil empezó a mirar con buenos ojos al candidato de extrema derecha.