La historia extraordinaria de un estadounidense que hizo todo por proteger a su madre yanomami

Mariángela Velásquez
David Good y Yarima, su madre Yanomami en la selva venezolana.(Captura de pantalla The Good Project)
David Good y Yarima, su madre Yanomami en la selva venezolana.(Captura de pantalla The Good Project)

El estadounidense que viajó en julio a la selva amazónica de Venezuela para buscar a su madre yanomami y llevarla de visita a Estados Unidos regresó en octubre solo y enfermo, pero nunca derrotado.

David Good está decidido a volver a la jungla todas las veces que sea necesario hasta lograr que Yarima lo acompañe a su hogar en el estado de Pensilvania, donde la esperan sus otros dos hermanos.

En una carta publicada a su regreso de su última expedición a territorio yanomami, Good explicó que sus esfuerzos se vieron empañados por la enfermedad. “Estuve hospitalizado con malaria y pasé muchas semanas recuperando mi fuerza y mi salud”.

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También lamentó no haber podido viajar de regreso a casa con su madre.

“Uno de los objetivos de esta expedición era traer de visita a Yarima a Estados Unidos. Desafortunadamente no pudimos comenzar el proceso por complicaciones que reflejan la crisis económica en Venezuela. Sin embargo, no nos daremos por vencidos. En el equipo del Proyecto Good nos estamos reagrupando y reorganizando nuestra estrategia para traer a Yarima a Estados Unidos de manera segura”.

¿Una mamá Yanomami?

La atípica historia de este profesor universitario de biología comenzó el día de su nacimiento en Filadelfia en 1986. Su madre era una joven indígena recién llegada a Estados Unidos que nunca antes había salido de su aldea ni tenía ninguna noción del mundo moderno.

El único vínculo de Yarima con la civilización occidental era su esposo Kenneth Good, el padre de David, un antropólogo que vivió 12 años en su shabono (comunidad) y de quien se enamoró después de varios años de amistad.

Imagen de Yarima en su shabono Yanomami cuando era adolescente (Captura de pantalla The Good Project)
Imagen de Yarima en su shabono Yanomami cuando era adolescente (Captura de pantalla The Good Project)

Pero la vida de Yarima perdió su sentido en las frías tierras del norte americano. Ni la electricidad, ni el agua potable, ni los supermercados calmaron el deseo intenso de la yanomami de regresar a su cultura, que había vivido aislada de otros asentamientos humanos los últimos 11.000 años.

Kenneth comprendió que Yarima no sobreviviría en el ajetreo de una ciudad llena de ruidos, luces y códigos sociales incomprensibles para un yanomami y la acompañó hasta la selva de donde un día partieron.

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El adiós de la pareja fue inevitable. Yarima también sabía que Kenneth no podía sobrevivir en el shabono porque aunque comprendía sus hábitos y hablaba su lengua nunca aprendió a cazar ni a conseguir alimentos sin la ayuda de otros hombres yanomamis.

Ambos decidieron que sus 3 hijos (David, Vanessa y Daniel) tendrían una mayor posibilidad de sobrevivir en Norteamérica con Kenneth, donde tendrían acceso a los avances de la sociedad occidental.

La familia Good: Yarima, Kenneth y sus hijos David y Vanessa en Estados Unidos. (Captura de pantalla The Good Project)
La familia Good: Yarima, Kenneth y sus hijos David y Vanessa en Estados Unidos. (Captura de pantalla The Good Project)

David resintió la ausencia de su madre durante su infancia y adolescencia. Pero al llegar a la adultez leyó los libros que su padre Kenneth escribió sobre los yanomamis y sobre su relación con Yarima. David vio documentales donde aparecía con su madre y sus hermanos en tierra yanomami y sintió el llamado de la selva. Sabía que tenía que volver a verla.

Con la asesoría de su padre y la ayuda de colegas y amigos, David se reencontró con su madre en 2011 y desde entonces ha regresado cuatro veces a visitarla y seguir aprendiendo de una cultura que ha comenzado a reconocer como propia.

La ley del más fuerte

La misión de llevar a Yarima a Estados Unidos en 2018 partió del deseo de la mujer de reencontrarse con sus otros dos hijos, quienes no han regresado a la selva desde que eran niños.

Pero el empeoramiento de las condiciones en Venezuela dificultaron aún más la compleja travesía.

Toda persona que viaje al sur de ese país sudamericano corre el riesgo de contraer malaria, que estuvo erradicada del país hace unas décadas pero que hoy va en franco aumento al punto de triplicar el número de casos en los últimos 3 años, según un informe publicado por la Organización Mundial de la Salud en noviembre.

Los indígenas yanomami bailan rituales en la comunidad de Irotatheri, en el estado de Amazonas, sur de Venezuela, a 19 km de la frontera con Brasil. (AFP/Archivos | LEO RAMIREZ)
Los indígenas yanomami bailan rituales en la comunidad de Irotatheri, en el estado de Amazonas, sur de Venezuela, a 19 km de la frontera con Brasil. (AFP/Archivos | LEO RAMIREZ)

Lamentablemente, un mosquito infectado picó a David y pasó a sumar las estadísticas de contagios del 2018. Unos 411.000 venezolanos sufrieron malaria en 2017.

David advirtió los crecientes retos que enfrenta su madre y todo el pueblo yanomami, y expresó su creciente admiración por su resiliencia y fortaleza.

“Ellos enfrentan muchas adversidades que incluyen, pero no están limitadas, a la invasión de mineros ilegales de oro, epidemias devastadoras, acceso limitado a servicios de salud básicos, interrupciones de la escolaridad y la educación y degradación cultural”, dijo David, quien expresó orgullo porque la organización que fundó y lleva su apellido forma parte de los esfuerzos internacionales por ayudar al pueblo yanomami.

Pese a las constantes presiones, David reconoció que el shabono de su madre queda en un lugar tan remoto que aún no ha sido alcanzado por la minería.

En una comunicación por satelital desde la aldea con sus alumnos y colegas de Northampton Community College, David denunció que autoridades militares en la ciudad venezolana de Puerto Ayacucho confiscaron las provisiones que su madre le había pedido mediante una carta, como machetes y ollas.

(Captura de pantalla The Good Project)
(Captura de pantalla The Good Project)

“Nos hicieron pasar un momento difícil. Sé que intentan la entrada de objetos que pudan usar los mineros ilegales, pero ellos saben que nosotros no somos mineros de oro. Yo no quiero oro, no necesito oro. Confiscaron todas las ollas de mi mamá, confiscaron mis objetos personales como mi cuchillo, mi linterna. Nos quitaron tantas cosas a mi y a mi familia. Eso me molestó. Pienso que fue una violación a sus derechos humanos”.

David explicó que los Yanomamis tienen muy pocos objetos y los machetes y las hachas que piden son esenciales para su subsistencia.

En su camino a casa, David salvó a un niño que fue mordido por una mapanare (Bothrops atrox), una de las serpientes venenosas que causa más muertes en la zona, gracias que llevaba suero antiofídico.

El 7 de septiembre de 2018, David se reunió nuevamente con su madre. “Finalmente llegué hasta mi mamá. Nos abrazamos y lloramos. Todas las dificultades y la lucha que hemos soportado han valido la pena. Finalmente estoy de nuevo con mi familia Yanomami”, escribió David, quien se llama Ayopowe en lengua yanomami.

(Captura de pantalla Instagram @joingthegoodproject)
(Captura de pantalla Instagram @joingthegoodproject)

El estudio respetuoso de la selva

Los viajes de David al Amazonas no se limitan a la reunión afectuosa con sus parientes yanomamis.

Mientras su padre Kenneth observó durante años la ingesta alimentaria, hábitos y costumbres de la tribu desde una perspectiva antropológica, David se ha interesado en investigar sus características biológicas únicas en el planeta.

Este verano, David viajó con una expedición científica completa para estudiar el microbioma de los yanomamis, que son las comunidades de bacterias que viven en nuestra piel.

David Good con su madre Yarima y otros familiares yanomami en su expedición de 2018 (Captura de Pantalla The Good Project)
David Good con su madre Yarima y otros familiares yanomami en su expedición de 2018 (Captura de Pantalla The Good Project)

“Las investigaciones han mostrado que los yanomamis tienen una de las diversidades más grandes de microbiomas de todos los grupos humanos estudiados. Eso significa que ellos no tienen ninguna de las enfermedades que tenemos aquí. Creemos que hay una carrera contra el tiempo para estudiar su microbioma antes de que sea demasiado tarde”, dijo David en uno de los videos grabados sobre el fin de su expedición.

Hay investigadores que aseguran que el estudio de los yanomamis pudiera revelar muchas interrogantes, como el trazado de un “microbioma ancestral” humano.

La presencia de David en los equipos de investigación permite que haya menos resistencia de los yanomamis a ser estudiados y un mayor cuidado y respeto de los científicos por la intimidad de esta etnia que guarda con celo los secretos que garantizan su subsistencia en medio de la selva.

David relató que la recolección de muestras de saliva, heces y células de la nariz, axilas fue exitosa aunque difícil de explicar. No es sencillo transmitir cómo se realiza un estudio de microbiología en una comunidad que no tiene calendario, no usa reloj y sólo cuenta hasta dos.

Aunque su percepción del mundo es distinto a la concepción del mundo occidental, David sabe que el conocimiento de los Yanomamis es inconmesurable. “Los Yanomamis viven de una manera sostenible, viven de una manera en que no destruyen el Amazonas y así lo han hecho desde hace miles de años. Son los guardianes de este lugar”.

El esfuerzo de David por fortalecer el vínculo con su madre no es sólo un asunto personal. “Todos los días aprendo algo nuevo sobre mi cultura, mi lengua, cómo vivir en la selva, así sea una palabra, una frase, o aprender una nueva habilidad me integra más a esta cultura y esta sociedad…Pero no creo que esto no es sólo mi historia o mi viaje. Es la historia de mi familia y del mundo entero“, dijo David desde el Amazonas.