La enfermedad de estar siempre apurado (y sus antídotos)

Si revisas la hora a cada momento, no puedes detenerte unos segundos frente al microondas mientras esperas se caliente su comida y no te sientes tranquilo si no haces varias cosas a la vez seguramente padeces de la enfermedad de la prisa. (Getty Images)

La vida en las ciudades está dominada por la prisa. No importa si vives en Ciudad de México, Buenos Aires o Madrid, cuando te levantas de la cama en la mañana ya no tienes un minuto que perder.

El tic tac del reloj marca los pasos del día. Antes de salir de casa preparaste el desayuno y el almuerzo, recogiste las camas, regaste las plantas, metiste a lavar algo de ropa en la lavadora y ayudaste a los niños a prepararse para ir a la escuela. También echaste un vistazo a las noticias más relevantes, revisaste tus emails y diste un paso rasante por el chat de padres, amigos y colegas.

Si eres de los más disciplinados es posible que te haya dado tiempo de completar tu rutina de ejercicios con una carrera por el vecindario o una corta visita al gimnasio.

Todo esto antes de las 9 de la mañana.

Algunos disfrutan y triunfan con este rimo frenético. Pero otros pasan sus días batallado para cumplir una lista cada vez más larga de compromisos y se hunden en un estado permanente de angustia e irritabilidad. Si tu o alguien de tu entorno se encuentra en esa situación es posible que sufra de “la enfermedad de la prisa”.

70 años contra reloj

Cuando los cardiólogos Meyer Friedman y Ray Rosenman describieron la “enfermedad de la prisa” a mediados de la década de 1950 como un sentido de urgencia de hacer cada vez más cosas en menos tiempo, el mundo andaba mucho más despacio.

Eran tiempos de prosperidad económica en Estados Unidos, donde la clase obrera y media floreció gracias a una expansión impulsada por la productividad.

Los médicos californianos notaron que cierto número de pacientes que asistían a su consulta eran individuos que vivían en una carrera constante contra el reloj y para lograr sus objetivos pensaban, hablaban y actuaban con mucha rapidez. Y la única manera de cumplir con su agenda era hacer varias cosas a la vez.

Esos pacientes eran más propensos a sufrir enfermedades coronarias por el estrés de no tener suficiente tiempo de cumplir con éxito todas sus metas. Esa presión los hacía personas impacientes e irritables que no sólo se enfermaban sino que perjudicaban sus relaciones personales.

Friedman y Rosenman luego fueron un poco más allá y llegaron a la conclusión de que podían agrupar a sus pacientes en dos tipos predominantes de personalidad según a la manera cómo respondían al estrés.

Los individuos con personalidad Tipo A tendían a ser competitivos y extremadamente críticos. Necesitaban sentirse motivados por el logro de metas pero les costaba disfrutar y relajarse una vez que la han alcanzado. El trabajo se convertía en una especie de adicción que abarca gran parte de su vida.

En el otro extremo se encontraban las personalidades Tipo B, que tendían a ser personas relajadas, amigables, que dedicaban su tiempo a actividades artísticas, altruistas, o filosóficas. No sentían la necesidad de terminar primero ni mejor una tarea o una asignación porque no estaban dominados por un espíritu de competencia.

Los científicos determinaron que las personalidades Tipo A tenían una mayor propensión a ser hipertensos y a tener sentimientos de hostilidad que podía predisponer a la enfermedad coronaria.

Pero las observaciones de Friedman y Rosenman a 3000 pacientes varones no fueron suficientemente respaldadas por validaciones científicas. Luego sus hipótesis quedaron sepultadas por las denuncias de que la industria tabacalera usó su influencia para magnificar las evidencias del peso de las emociones y el comportamiento en la aparición de enfermedades cardiovasculares y restar importancia al pernicioso hábito de fumar.

Pero a pesar de los fallos, la psicóloga Susan Matthews, de la Universidad de Pittsburg, dijo que el desarrollo de las teorías de comportamiento de las personalidades tipo A y B fue “un punto de partida” para la comprensión de los factores psicológicos involucrados en el desarrollo de las enfermedades cardiovasculares.

Ahora se sabe que la mayoría de los problemas de salud son multifactoriales y que uno de esos factores están vinculados a nuestra personalidad.

En 1982, el médico estadounidense Larry Dossey reinterpretó los conceptos de Friedman y Rosenman al describir la "enfermedad del tiempo" como el comportamiento obsesivo que tenemos sobre el tiempo y la creencia de que siempre se nos escapa de las manos. Y la única solución que hemos encontrado para eso es ir cada vez más rápido.

La realidad es que en la segunda década del siglo XXI la mayoría vivimos atrapados bajo la dictadura del reloj, independientemente de si tenemos un carácter más controlador o tranquilo. El asunto es cómo manejar esas presiones sin que afecten nuestra salud y nuestras relaciones.

Los antídotos a la prisa

Los expertos coinciden en que no existe una receta única para combatir las enfermedades de la prisa y el tiempo. La primera recomendación es siempre consultar con tu médico de familia o con un psicólogo si sientes que los altos niveles de estrés están afectando tu vida.

La segunda sugerencia es parar. No hay nada más difícil para alguien que siempre va acelerado que detenerse por unos minutos, pero así como frenamos un coche si se nos pincha un neumático, la única manera de recuperar el equilibrio es quedarnos quietos.

Vivir en el aquí y en ahora parece una premisa sencilla pero no lo es. Como si no tuviéramos suficiente con nuestras responsabilidades diarias, estamos habituados a vivir en el pasado y pensar y sufrir por nuestros errores, las decisiones desacertadas, las heridas emocionales de relaciones fallidas o los fracasos profesionales.

Tener la mirada fija en el futuro tampoco nos facilita la vida. Una cosa es planificar las acciones para conseguir un fin y otra es tener colocar todas nuestras energías en una situación que aún no llega.

Shelley H. Carson y Ellen J. Langer, de la Universidad de Harvard, explicaron los beneficios a la salud de la práctica del mindfulness, que busca desarrollar la atención plena para que nuestros pensamientos no deambulen de manera incesante del pasado al presente sino que se centren en el ahora.

Aunque el desarrollo conceptual del mindfulness es reciente, la búsqueda del bienestar mediante el desarrollo de la conciencia es muy antiguo. Disciplinas ancestrales como yoga, tai chi y qigong buscan el equilibrio mental y físico colocando la atención en el presente.

Otra respuesta a la enfermedad de la prisa es el Movimiento Slow, descrito por el periodista canadiense Carl Honore en su libro Elogio a la Lentitud.

"A pesar de lo que digan algunos críticos, el movimiento Slow no se propone hacer las cosas a paso de tortuga. Tampoco es un intento ludita* de hacer que el planeta entero retroceda a alguna utopía preindustrial. Por el contrario, el movimiento está formado por personas como usted y yo, personas que quieren vivir mejor en un mundo moderno sometido a un ritmo rápido. Por ello, la filosofía de la lentitud podría resumirse en una sola palabra: equilibrio. Actuar con rapidez cuando tiene sentido hacerlo y ser lento cuando la lentitud es lo más conveniente. Tratar de vivir en lo que los músicos llaman el tempo giusto, la velocidad apropiada".

Para lograrlo, los seguidores del Movimiento Slow proponen dedicar más tiempo a tener relaciones significativas con nuestros familiares y amigos, en la que nos tomemos el tiempo de conversar calmadamente sobre los temas que nos alegran o preocupan. También se oponen a la comida rápida y alientan a las personas a conectar con el tiempo que tardan las plantas en producir los alimentos y a consumirlos de una manera consciente, que incluye el proceso de cocinarlos y comerlos con placer.

Un estilo de vida Slow enfatiza en la calidad de los vínculos y de las experiencias y no en una vida frenética repleta de actividades y sensaciones extremas.

Pero si la práctica del yoga, el mindfulness o la vida slow es muy alternativa para ti, intenta concentrarte en hacer una cosa a la vez, jerarquiza tus compromisos, aprende a decir que no. Y de vez en cuando, respira.