Con Kirsten Dunst siempre hay algo más

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Kirsten Dunst en Los Ángeles, el 27 de agosto de 2021. (Erik Carter/The New York Times)
Kirsten Dunst en Los Ángeles, el 27 de agosto de 2021. (Erik Carter/The New York Times)

El principal objetivo de Kirsten Dunst durante su vuelo a Italia era dormir profundamente en el avión y beber un Bellini cuando llegara. Todo lo demás lo consideraba un extra, y resultó que esos extras fueron significativos.

Dunst viajó a Italia para el Festival Internacional de Cine de Venecia, donde se estrenaba “El poder del perro”, una nueva película de Netflix dirigida por Jane Campion que cuenta con una de las mejores interpretaciones de la actriz de 39 años. Llegó el último día de agosto, después de meses en casa criando a un recién nacido y todo un año recluida en casa porque, bueno, ya sabes.

Así que te puedes imaginar cómo se sintió Dunst cuando bajó del avión, subió a una embarcación al atardecer y se dirigió a su hotel con las luces de Venecia centelleando en el horizonte. Mientras asimilaba todo eso, la actriz empezó a llorar: un día entero de viaje en avión, cuatro meses sin dormir criando a un bebé y la ciudad más hermosa que jamás hayas visto pueden provocar eso en una persona.

Las 48 horas siguientes fueron un torbellino. Dunst trató de recuperarse de su desfase horario y pasó el rato en la piscina del hotel, donde bebió Bellinis con su hermano y vio nadar a los viejos italianos adinerados. Al día siguiente, Dunst se puso un vestido de Armani Privé que la hacía sentir a prueba de balas y acompañó a Campion y al protagonista de la película, Benedict Cumberbatch, al estreno en la Sala Grande.

Al terminar la película, el público ovacionó de pie “El poder del perro” durante varios minutos, y Campion y su elenco lucieron grandes sonrisas. Las cosas no podían haber salido mejor. ¿Se sentía Dunst emocionada?

“Estaba tan feliz y emocionada por la experiencia”, me dijo después, “con un agotamiento interno paralizante”.

Incluso cuando sonríe, Dunst puede sugerir que hay algo mucho más complicado bajo la superficie. Ese don le fue útil en “El poder del perro”, basada en la novela de Thomas Savage y protagonizada por Cumberbatch como Phil, un sádico propietario de un rancho en la Montana de 1925. Durante toda su vida, Phil ha mantenido a su hermano menor, George (Jesse Plemons), bajo su yugo, pero cuando George conoce a la melancólica Rose (Dunst) y se casa con ella de manera impulsiva, Phil se molesta con la intromisión de esta mujer y se propone destruirla.

Kirsten Dunst en Los Ángeles, el 27 de agosto de 2021. (Erik Carter/The New York Times)
Kirsten Dunst en Los Ángeles, el 27 de agosto de 2021. (Erik Carter/The New York Times)

Entonces, le tiende una trampa a la pobre Rose: George adora a su novia nueva y la anima a sincerarse, pero todo lo que Rose exterioriza de sí misma es un punto de vulnerabilidad que Phil puede usar en su contra. Incluso cuando Rose recurre al alcohol para hacer frente a las actitudes dominantes de Phil, la escuchamos murmurar: “Es solo un hombre”, pero la manera en que Dunst pronuncia la frase, como si apenas creyera lo que está diciendo, sugiere que Rose conoce a la perfección el daño que pueden hacer los hombres.

Unos días antes de que Dunst volara a Italia, visité su casa estilo rancho en Los Ángeles, donde abrió la puerta principal con su pelo rubio recogido detrás de las orejas y cargando a un bebé de tamaño considerable.

“Este es el recién llegado, el Gran Kahuna”, afirmó, mientras me presentaba a su hijo de 4 meses y 8 kilogramos, James Robert. “Es un ángel, pero es un ángel hambriento y un ángel pesado”.

James es su segundo hijo con Plemons, su coprotagonista en “El poder del perro”; los dos actores se conocieron en 2015, cuando fueron elegidos por el destino para ser marido y mujer en la segunda temporada de “Fargo”. Durante los últimos meses, Plemons había estado ausente rodando el drama de Martin Scorsese “Killers of the Flower Moon”, y cada vez que despertaba el bebé, casi siempre, Dunst se había encargado por su cuenta. “Estoy muy cansada, no he dormido la noche completa en cuatro meses”, comentó mientras nos trasladábamos al patio trasero. “También desarrollé un tic en el ojo”. Dunst dejó escapar una risita. “Sí, estoy en una posición muy especial”.

Dunst tiene una conexión privada con el público que resulta igual de directa que cuando habla con alguien en la vida real. Cuando conversa, es sincera y franca, como el tipo de amiga que te diría la verdad si estuvieras vistiendo algo horrible. Ha pasado más de un año y medio desde la última vez que actuó y es sincera sobre la fascinación de todo ese tiempo de inactividad: “Hay una parte de mí que piensa: ‘He hecho esto durante mucho tiempo. ¿Cuándo podré relajarme?’”.

Por otra parte, no hay mucho tiempo para relajarse cuando estás criando a dos niños pequeños. Mientras hablábamos, el hijo mayor de Dunst, Ennis, de 3 años, entró en el patio trasero. “Hola, Bubba”, dijo Dunst con dulzura. “Ay, no, ¿estás enfadado?”. Ennis hizo un puchero: no quería ir a la clase de natación porque el instructor lo había obligado a meter la cabeza bajo el agua. Dunst se volvió hacia mí, levantando una ceja. “Esto es lo que sucede cuando haces una entrevista en tu casa”, señaló.

A la edad de Ennis, Dunst (quien nació en Point Pleasant, Nueva Jersey, y era hija de un ejecutivo de servicios médicos y una sobrecargo) empezó a modelar. A los 8 años, ya había aparecido en “La hoguera de las vanidades” y en un cortometraje dirigido por Woody Allen. “Está claro que había algo viejo en mi interior que era un poco más que el típico actor infantil de comerciales”, señaló.

A sus veintitantos, cuando terminó tres películas de “Spider-Man”, Dunst había empezado a sentirse vacía. Aunque había encontrado un colaborador importante en Sofia Coppola, quien exploró las vertientes subversivas de la imagen de rubia-ingenua de Dunst con “Las vírgenes suicidas” y “María Antonieta”, los rodajes que la satisfacían de verdad eran escasos y muy distanciados entre sí. Actuar ya no le proporcionaba alegría; con demasiada frecuencia, el trabajo de su vida se había convertido en una tarea técnica con la que no sentía ninguna conexión real.

En 2008, después de ingresar en el centro de rehabilitación Cirque Lodge para tratar su depresión, Dunst se dio cuenta de que su profesión de niña había afectado su personalidad de adulta.

“Durante mucho tiempo, jamás me enojé con nadie”, dijo. “Solo me tragaba muchas cosas. Cuando estás en el plató, es actuación, es agradable. En un momento dado, tienes que enojarte, y creo que eso acaba por acumularse en una persona. No puedes sobrevivir así. Tu cuerpo te detiene”.

Por eso, tras entrar en los treinta y tantos y trabajar durante los últimos años con la profesora de actuación Greta Seacat, Dunst ha encontrado una nueva conexión catártica con su trabajo: quiere tomar todas las dificultades que la gente reprime y dejar que las veamos en sus interpretaciones.

“De eso debería tratarse la actuación”, concluyó. “Esas son las interpretaciones que me encantan, las que son más reveladoras sobre los seres humanos y las cosas más duras que experimentamos en la vida”.

© 2021 The New York Times Company

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