Jon Rahm, un vasco decidido a triunfar: cómo fue el camino al trono del rey del golf

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Jon Rahm y la copa: la concreción de una hazaña tras un camino de esfuerzos
Jon Rahm y la copa: la concreción de una hazaña tras un camino de esfuerzos

Como si fuera una premonición, los increíbles acantilados y las playas salvajes de Barrika fueron elegidos hace unos años como escenario de Game of Thrones, la multipremiada serie de ficción de HBO. De allí, de esa cornisa cantábrica tallada en roca y arena, es oriundo Jon Rahm, sentado hoy en el trono del golf. Es el rey indiscutido: el domingo ganó de manera brillante el US Open en Torrey Pines, desde este lunes volvió a ser el Nº 1 e inscribió su nombre como el primer español en obtener este major, lo que no pudieron su principal mentor, Severiano Ballesteros, ni tampoco Sergio García o José María Olazábal.

Jon Rahm: el toro furioso que se llevó el US Open de arremetida y vivió su mayor día de gloria

Son días de fiesta, vino y delicias para ese municipio vizcaíno de 1500 habitantes, cuyos antepasados eran pescadores de ballenas y que siguieron hasta la madrugada el triunfo de su héroe, aquel que de chico se fanatizaba con el fútbol y llegó a practicar Kung Fu y canotaje para liberar esa energía incontenible. Athletic de Bilbao siempre estuvo en su corazón por la cercanía de esa ciudad con su pueblo, apenas a 30 minutos. Su abuelo, Sabin, fue delegado en ese club durante 33 años, hasta los 80. Pero una cadena de situaciones provocó que el pequeño Jon terminara jugando solo por diversión con la pelota Nº 5 y se apasionara por el golf, un deporte que su familia directamente desconocía.

Rahm fue el jugador de mayor temple de una vuelta final del US Open para el infarto
Rahm fue el jugador de mayor temple de una vuelta final del US Open para el infarto


Rahm fue el jugador de mayor temple de una vuelta final del US Open para el infarto

En 1997, un amigo del padel de su padre Edorta recibió una invitación corporativa para presenciar la Copa Ryder de Valderrama. El hombre quedó tan cautivado con la figura de Ballesteros, capitán del equipo europeo y campeón en aquella cita, que a su regreso no paró hasta convencer a sus compañeros para que empezaran a practicar golf. Tal es así que Edorta le restó tiempo a la paleta y le dio cada vez más espacio a los hierros y las maderas.

El problema era que no había campos en Barrika en donde jugar. Frente a este panorama, Edorta trasladó su pasión a sus hijos y los llevó al club deportivo Martiartu, en Erandio, que no era una entidad de golf. Descartaron a los dos más cercanos, Neguri y Laukariz, porque eran muy elitistas. La búsqueda siguió y los Rahm -descendientes de un carpintero suizo que llegó a Bilbao a comienzos del siglo XIX-, aterrizaron en el club de golf Larrabea, en Álava, a una hora de auto. Entonces Jon descubrió su vocación deportiva. “A los seis años ya se destacaba”, recuerda al diario El País Eduardo Aguirre, amigo de la familia y hoy capitán de campo en Larrabea. “Su padre tenía una madera 5 y Jon la agarraba aunque le resultaba grande. En Martiartu había una cuesta a 100 metros y él ya alcanzaba esa distancia. Era espectacular no solo por la potencia, sino por la habilidad y la coordinación. Le ponías pelotas delante y no paraba de darle. Lo llamábamos ‘la ametralladora’”.

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El golf se transformó pronto en la diversión predilecta de la familia. Edorta y su esposa Angela alquilaron una casa dentro del campo para los fines de semana y el verano, con un área de putting green convertida en el hábitat natural del pequeño Jon. En su creciente idilio por el golf, su madre lo llevó a la escuela bilbaína de Eduardo Celles. Y en la academia no paró de sorprender. Fue allí en donde empezó a construir un swing que no cambió mucho hasta hoy. En cada entrenamiento quedó clara su determinación, como el día en que Celles le encomendó el ejercicio de realizar 100 putts de un metro. “Hice 659”, le aseguró Rahm cuando se reencontraron en Larrabea. El propio instructor quedó impactado al ver las huellas de los zapatos de su alumno todavía marcadas en el green, luego de tanta práctica.

A sus 13 años, juraba a quien quisiera escucharlo que llegaría a ser el Nº 1 del mundo. Sus profesores le respondían que para alcanzar ese objetivo debía esforzarse, y fue así que asimiló naturalmente valores, trabajo y disciplina. Sabía que ése era el camino. Pero además exhibía un interés obsesivo por el juego, al punto de tener almacenados en su memoria campos con sus respectivos diseños y hasta caídas de greens, además de golpes, hoyos, torneos y jugadores. Una base formativa –mezcla de instrucción e instinto autodidacta- que se reflejó en destacadas actuaciones en campeonatos regionales y nacionales, de infantiles y juveniles.

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Jugó en representación de la Real Federación Española de Golf, que le habilitó rápido el ingreso, pero Jon entendía que el golf no debía ser lo único en su vida, sino que además tenía que estudiar. Apostó por seguir la carrera de Comunicación en los Estados Unidos y la Universidad de Arizona State, en una decisión sin precedentes, le ofreció una beca en 2012 para su academia de golf sin haberlo visto jugar; lo incorporó solo con la referencia de algunos informes. El problema era el idioma: no hablaba una palabra en inglés. Sin embargo, lo aprendió pegado a los auriculares durante incontables horas, escuchando temas de los raperos Eminem y Kendrick Lamar.

Su paso por el amateurismo fue brillante: ocupó durante 60 semanas el puesto Nº 1 del ranking mundial. Y todo se desencadenó muy rápido: ganó la medalla Mark H. McCormack en 2015, fue el ganador individual en 2014 del Trofeo Eisenhower y se adjudicó el Jack Nicklaus National Player del Año como mejor jugador de la universidad en 2016. Ese mismo año participó en su último certamen como aficionado en el US Open. Y una semana más tarde ya era jugador profesional, pese a que les había prometido a sus padres que no pasaría al campo rentado hasta no haberse graduado en la universidad.

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Sus resultados en los grandes circuitos llegaron de inmediato, en el PGA Tour (5 títulos) y en el Tour Europeo (6), un período entre 2017 y 2020 del que nunca dejó de ser protagonista, más allá de que lidió con un temperamento traicionero que le hizo resbalar de sus manos algunos trofeos. Pero su casamiento con Kelley Cahill, norteamericana a quien conoció en un baile de la facultad, y la llegada de su primer hijo le reordenaron sus prioridades. En ese proceso también fue clave Joseba del Carmen, su coach mental, que irónicamente había tenido un oficio anterior como desactivador de explosivos en la Ertzaintza, la policía del País Vasco.

Hoy, Rahm tiene en sus vitrinas el trofeo más brillante, el US Open. “Ahora entiendo lo que puedo hacer en una cancha. Y sé que soy capaz de rendir al máximo sin mostrar tanta frustración. Hice ese trato conmigo después de la tercera vuelta del último PGA Champioship. No estaba contento con la manera en que terminé, y podría haberlo manejado mejor; me prometí ser un mejor modelo a seguir para mi hijo”, afirma este vasco de 26 años decidido a ser una leyenda con el paso de los años. E inspirado en Severiano Ballesteros.

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