Reseña de Jean Dubuffet - Brutal Beauty: una de las exposiciones del año

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Skedaddle de Jean Dubuffet (L'Escampette), 31 de octubre de 1964 (Stedelijk Museum Amsterdam / Fondation Dubuffet, Paris / ADAGP, Paris and DACS, London 2020)
Skedaddle de Jean Dubuffet (L'Escampette), 31 de octubre de 1964 (Stedelijk Museum Amsterdam / Fondation Dubuffet, Paris / ADAGP, Paris and DACS, London 2020)

Jean Dubuffet fue uno de los artistas seminales del período inmediato de la posguerra, un excomerciante de vinos que apenas comenzó a producir como artista a los cuarenta y pocos años, en las calles bombardeadas y salpicadas de grafitis del París ocupado. Tradujo estas superficies devastadas a pinturas de una crudeza sin precedentes, que fueron enormemente influyentes a lo largo de los angustiados años cincuenta.

Más aún, Dubuffet fue a efectos prácticos el inventor del arte marginal, el arte de los enfermos mentales, al que denominó Art Brut o arte crudo, convirtiendo lo que había sido un asunto de gran interés médico en un lucrativo fenómeno del mundo del arte. Pero, ¿qué tan sentidas son las pinturas de Dubuffet? ¿Fue un auténtico visionario de las calles, o más bien un emprendedor y un hombre del espectáculo, incluso un estafador: no tanto habilitador de artistas al margen de la sociedad, sino un explotador?

La gran exposición Dubuffet en el museo Barbican, la primera en el Reino Unido desde 1966, lo presenta desde el principio como un artista-intérprete, antecesor de Warhol, Beuys, Emin y otros, experto en proyectarse a través de los medios. Imágenes ampliadas de su enérgico cráneo calvo y su sonrisa ligeramente siniestra parecen mostrarse cada pocos metros, junto con citas: "Cualquier cosa puede ser un objeto de belleza" y "Existen millones de posibilidades de expresión fuera de las avenidas culturales aceptadas", que en definitiva lo sitúan en su época. Si bien tales ideas se han convertido en lugar común, fueron una verdadera revelación en 1945.

Dubuffet dividía su temprana edad adulta entre trabajar en el negocio familiar del vino y tratar de establecerse como artista, siempre desanimado por las sofocantes nociones convencionales de belleza. Quería crear arte con la inmediatez de la experiencia “básica”, la suciedad de la calle, evocada en el lienzo mediante el polvo, arena y ceniza, y con la intensidad mágica que percibía en el arte marginal, que había descubierto ya en 1923, a través de los escritos del psiquiatra Hans Prinzhorn.

Una colección de litografías de sus inicios, mezcla la energía espontánea del arte infantil con la escabrosidad de la pared del inodoro: al mirar las figuras demacradas y sonrientes que mean contra las superficies ennegrecidas y manchadas de aceite en Pissers at the Wall, es evidente la razón por la que Dubuffet fuera una influencia tan liberadora para David Hockney mientras el joven de Yorkshire buscaba su lugar en el underground gay de Londres casi 20 años después. A lo largo la exposición son notables las conexiones con Jean-Michel Basquiat, medio siglo después.

Si bien Dubuffet afirmaba que era un artista amateur, estaba lejos de ser marginal. Un grupo de retratos de artistas y escritores, a quienes conoció durante las veladas de la socialité estadounidense Florence Gould, muestran su dominio absoluto de la textura visual. La pintura al óleo se mezcla con yeso, mientras que la arena de la calle se coloca sobre el lienzo, se compacta o raspa y se corta. Las mejores entre estas imágenes, como el retrato del artista que experimentaba con mescalina Henri Michaux, tienen una cruda inmediatez, la imagen se junta con unos pocos trazos agudos; aunque la imagen del escritor Andre Dhotel se parece demasiado a la caricatura. De hecho, aunque a un espectador contemporáneo estos retratos parecían consistentes con el estado de ánimo angustiado de un mundo que se recupera del horror, lo que sorprende hoy en día es su alegría. Existe la sensación desconcertante de que incluso las imágenes más crudas, que aspiran, como estas pinturas, a hacerse realidad sin la intervención decadente del “arte”, muy pronto pueden comenzar a sentirse estilizadas, incluso algo amaneradas.

Dubuffet comenzó a coleccionar arte marginal en 1945, y fundó una galería para promocionarlo, junto con un grupo de entusiastas de ideas afines, incluido el líder surrealista André Breton. Dos salas están dedicadas a algunas de las mejores obras de su colección, incluidas las extrañas fantasías románticas a lápiz rosa de Aloise Corbaz, una fracasada cantante de ópera esquizofrénica de Lausana; los remolinos de composiciones abstractas monocromáticas azules de la médium espiritista Laure Pigeon; y la obsesiva creación de patrones del héroe del arte marginal de Dubuffet, Adolf Wolfli.

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Si bien es fácil observar por qué Dubuffet se identificaba con la intensidad atormentada del arte que no era consciente de sí mismo como arte, creado sin el "condicionamiento cultural" del mundo burgués convencional, Dubuffet mismo era todo menos alguien que no se sabe artista.

Sin embargo, siguió tratando de sublimar su personalidad artística consciente, sumergiéndose en una especie de flujo humano primordial, en las obras que la exposición considera más “controvertidas”: la serie Corps de dame, iniciada en 1950, en la que se propuso atacar la belleza "engañosa" del desnudo femenino clásico y, algunos podrían argumentar, el cuerpo femenino en sí. En El árbol de los fluidos , una figura femenina ondulante aparece vertida sobre el lienzo en riachuelos de pintura al óleo, óxido de zinc y barniz viscoso, que se arremolinan sobre la pintura en una masa turgente de color rosa.

Éste es el cuerpo femenino, no visto sino palpado en algún sueño obsesionado por la madre: un pantano insondable de carne y fluidos. Es una idea visual que se ha desarrollado en una serie de extraordinarios dibujos a lápiz y tinta rayados y salpicados, todos con cabezas y brazos diminutos, vientres protuberantes y muslos enormes. Para algunos espectadores, estas imágenes pueden parecer difíciles, pero tocan una preocupación clave de la época: el deseo de crear nuevas imágenes de la humanidad que tengan credibilidad luego de los horrorosos desastres del Holocausto e Hiroshima.

Las esculturas y pinturas de Dubuffet de mediados de los años cincuenta, sin embargo, llevan la noción de forma humana hasta sus límites. Las figuras extraídas de la roca volcánica se abren con una especie de asombro primordial, mientras que The Extravagant One, con sus patrones complejos y extrañamente "tejidos" en pintura esmaltada, parece un osito de peluche alucinatorio. Además de la gran seriedad de rivales como Francis Bacon y Alberto Giacometti, las figuras post-atómicas de Dubuffet se sienten irónicas, incluso con un toque de ciencia ficción en la figura del “monstruo” de ojos rojos que acecha desde Intervention.

El espectáculo alcanza su punto culminante en tres grandes lienzos de la serie Circo de París, que evocan la conmoción teatral de las calles de la ciudad. En el momento en que Dubuffet creó estas pinturas en 1961, generalmente se piensa que había pasado su fase clásica, pero su energía alocada y su sentido de la textura permanecían intactos.

Ésta es una ciudad moderna que parece poblada por completo de versiones en miniatura del propio artista, todos de nariz grande, calvos y aparentemente masculinos, abarrotando las mesas en el Restaurant Rougeot I, atascados en extraños autos globulares en Caught in the Act , empaquetados en un autobús en París Montparnasse, mientras más mini-Dubuffets flotan por las aceras como apariciones soñadas. Cada centímetro de cada una de estas pinturas vibra con una vida hilarante. En Caught in the Act, los efectos del neón brillante y el movimiento incesante son evocadas, no a través de una representación literal, sino a través de un frenético rompecabezas semiabstracto que parece haber sido raspado y repintado al azar para que todo parezca saltar a la vez.

A partir de aquí, hay una ligera caída, ya que se explora una colección de garabatos casuales en bolígrafos multicolores en las pinturas de adoquines locos que ocuparían gran parte de los últimos 20 años de la vida de Dubuffet. Si bien son atractivos en pequeñas dosis, los hay por cantidades inmensas en museos de todo el mundo. En el momento de su muerte en 1985, a mientras dibujaba a los 84 años, Dubuffet todavía estaba produciendo pinturas abstractas muy creíbles, pero no se comparan con su trabajo anterior.

Anticipo que ésta resultará ser una de las exposiciones del año, debido, entre otros motivos, a que ofrece un refrescante contraste con la eterialidad desinfectada de la mayor parte del arte actual. Sí, Dubuffet era un poco dandy y un tramposo, que le robó ciertas ideas a algunos de sus artistas protegidos genuinamente visionarios, pero también salvó de la destrucción una gran cantidad del trabajo de ellos. Se presenta como una figura enormemente benigna, que llega a un mundo que salía de una catástrofe global – tal como lo hacemos ahora, o esperamos hacerlo – para crear arte con el tipo de actualidad inalienable que nosotros hemos llegado a anhelar en nuestro mundo digitalizado. Después de un año de mascarillas, desinfección de manos y reuniones de Zoom, Dubuffet hará que quieras salir corriendo y abrazar a la sucia vida real.

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