Isabel II, amante de las buenas artes

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<span class="caption">Retrato de Isabel II, por Federico de Madrazo. 1848.</span> <span class="attribution"><a class="link " href="https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/isabel-ii/e2fde566-199e-4ec0-9146-79b4b2680389" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Museo del Prado">Museo del Prado</a></span>
Retrato de Isabel II, por Federico de Madrazo. 1848. Museo del Prado

Isabel II fue una mujer romántica, movida por el sentimiento y la pasión, fiel reflejo de una época de fuertes impulsos culturales: de ópera y zarzuela, de valses y rigodón. Tenía apenas catorce años cuando accedió al trono después de unas regencias marcadas por la Guerra Carlista y sus consecuencias. Ella, impetuosa y temperamental, no dudó en intervenir en los asuntos de gobierno aún a sabiendas de que aquello podría vulnerar el orden constitucional establecido y sus prerrogativas regias.

Fue una reina exiliada, expulsada de España por el triunfo de “la Gloriosa” en 1868. Políticamente cuestionada e indiscutiblemente juzgada por su falta de acierto en cuestiones de gobierno, vivió una época en la que el país comenzaba su andadura burguesa por la senda liberal y Europa entera ardía en revoluciones.

Pero esa conducta disoluta, también en lo personal, no impidió que su mundo se llenase de música y pintura. Isabel, “la reina castiza”, la de los “tristes destinos” como sería acuñada por Galdós, además de generosa –o dadivosa según la interpretación que queramos dar al término– fue una impulsora de las artes que supo y quiso rodearse de melodías y color, de todo aquello que significase el aliento al sentimiento.

La amante de la música

Su época, su tiempo, corresponden a Rossini y a Chopin. España era romántica en la forma de vivir, del Capricho Español de Rimski Korsakov y la Carmen de Bizet. El país de Barbieri y Gaztambide. De no haber sido reina, Isabel hubiese querido ser cantante. Dicen que lo confesó en sus años de exilio francés durante sus largas veladas en el Palacio de Castilla.

Sin embargo, a ella se debe, entre otras iniciativas, la inauguración del Teatro Real en la misma plaza madrileña que hoy lleva su nombre. Un 19 de noviembre de 1850, Isabel II inauguraba el edificio con el estreno de la ópera de Donizetti La Favorita. En ese escenario triunfarían Los amantes de Teruel de Bretón y Marina de Arrieta.

La soberana era admiradora del violinista Jesús de Monasterio y no dudó en impulsar la carrera de Pablo Sarasate, el niño prodigio que, tras actuar en la corte, recibió una beca para estudiar en París y formarse como uno de los mejores músicos de todos los tiempos. Isabel idolatraba a Julián Gayarre, el tenor lírico navarro que logró triunfar en la Escala de Milán, considerado el más prestigioso escenario del canto. De hecho, toda la realeza se doblegó ante su voz, condecorándole con los más prestigiosos galardones.

Cuentan también que tras escuchar la voz de una jovencísima Elena Sanz, decidió promover su ingreso en el Real Conservatorio de Madrid y financiar su carrera musical. No sabía entonces que aquella promesa de la ópera terminaría robando el corazón de Alfonso XII y cosechando los éxitos más clamorosos de crítica y público.

Amor por la pintura y el Museo del Prado

Isabel II se dejó pintar por Federico de Madrazo y del artista se conservan los retratos oficiales más conocidos de la soberana: con vestido azul cobalto y escote en uve, como dictaban los cánones estilísticos de entonces. También por Antonio María Esquivel.

La reina amaba la pintura. Siendo niña, había recibido clases de dibujo con su hermana, Luisa Fernanda, de Rosario Weiss. Y cuando se hizo mayor no dudó en asignar una beca a la pintora sevillana María Dolores Velasco o en convertirse en mecenas de mujeres como Emilia Carmena de Prota, a la que designó pintora honoraria de la Real Cámara.

Durante su reinado, el Museo del Prado inició una etapa muy vinculada a la corona en la que los sucesivos directores eran nombrados por la soberana en su condición de primeros pintores de la corte. Y fue ella, la propia Isabel II, quien en 1865 quiso que los fondos del Museo procedentes de las colecciones reales quedaran vinculados a la Corona: no eran bienes nacionales, pero evitó que sus herederos pudieran repartirse y enajenar aquel patrimonio.

La España de Isabel II era la del Semanario Pintoresco Español de Mesoneros Romanos, pródigo en noticias de carácter artístico. Esa en la que La Correspondencia de España y El Imparcial se convertían en los diarios que ganaban el favor de los lectores. La que se carcomía entre pronunciamientos moderados y progresistas, pero que se abría a Europa gracias a la ciencia y la cultura. Un país de tertulias, exposiciones y veladas literarias: aquel en el que los liceos contaron con el impulso de la Corona como centros para la innovación y el conocimiento de las artes y las letras con clara vocación educativa.

Continuación con la descendencia

Ya en el exilio, en ese París de la Tercera República y la Belle Epoque, Isabel II continuó rodeándose de música y literatura. La antigua soberana inculcó a sus hijas la pasión por las iniciativas culturales de las que siempre se consideró mentora. Su legado pervivió en ellas.

El palacete de su hija Isabel de Borbón, “la Chata”, gran amiga del maestro Emilio Serrano, era el centro de la vida cultural madrileña del primer tercio del siglo XX.

Eulalia de Borbón, en París, recibía al dramaturgo Edmond Rostand, autor de Cyrano de Bergerac y se trató con Paul Bourget, el novelista de moda de la aristocracia francesa, o Marcel Prévost. La infanta Paz, desde Múnich –donde vivía por su matrimonio con Luis Fernando de Baviera– impulsó carreras musicales como la de Richard Strauss y animó el Spanisch Pädagogium, una iniciativa personal con la que pretendía formar a niños españoles con pocos recursos: pura pedagogía alemana con corazón español.

Isabel fue una reina discutida; querida y odiada, polémica y excesiva. Pero desde la sensibilidad femenina de un romanticismo muy particular, supo abogar por las artes y el mundo cultural en una responsabilidad que consideró propia.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Cristina Barreiro Gordillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.