Los inmigrantes en Nueva York luchan, se adaptan y se establecen

Ismael Guevara, quien llegó a la ciudad de Nueva York hace dos meses y encontró trabajo en una peluquería, en Queens, el 21 de diciembre de 2022. (Rengim Mutevellioglu/The New York Times)
Ismael Guevara, quien llegó a la ciudad de Nueva York hace dos meses y encontró trabajo en una peluquería, en Queens, el 21 de diciembre de 2022. (Rengim Mutevellioglu/The New York Times)

NUEVA YORK— La ola de migrantes que comenzó a llegar a Nueva York desde la frontera sur el año pasado fue inusual en muchos aspectos. A diferencia de la mayoría de los inmigrantes que llegan a la ciudad, la gente llegó en masa en autobuses, muchos con pocas conexiones locales y poco más que la ropa que llevaban encima. Más de 36.000 inmigrantes han llegado a la ciudad desde la primavera y cerca de 24.000 se han quedado, informó el viernes 6 de enero el alcalde Eric Adams.

Mientras el gobierno de Biden busca maneras de contener el flujo en la frontera sur, quienes llegaron el año pasado están empezando a construir nuevas vidas. Algunos están teniendo problemas. Otros están logrando enormes avances.

Durante siglos, Nueva York ha sido una primera parada para los inmigrantes. La ciudad ofrece algunas protecciones únicas: es uno de los pocos lugares que garantiza el derecho a un techo para quienes lo necesitan y cuenta con sólidas protecciones legales y de seguridad social para los inmigrantes. Los recién llegados también se han beneficiado de la ayuda proporcionada por una extensa red de organizaciones sin fines de lucro relativamente bien financiadas.

Sin embargo, todavía existen grandes obstáculos. Los traslados en autobús comenzaron en parte como una táctica política de los gobernadores republicanos de Texas y Arizona para llamar la atención sobre la crisis fronteriza, a diferencia de los patrones migratorios habituales, en los que los migrantes se encuentran con familiares o amigos. Muchos inmigrantes recientes han dependido en gran medida de la ayuda formal, y tanto las organizaciones sin fines de lucro como los grupos voluntarios y el gobierno de la ciudad afirman que se han visto abrumados por el incremento repentino. Si bien la mayoría de los inmigrantes esperan poder solicitar asilo, los retrasos en los tribunales de inmigración podrían ocasionar que el proceso dure años.

Gran parte del debate sobre la frontera en las últimas semanas ha girado en torno al uso del Título 42, una disposición de salud pública que se utilizó durante la pandemia del coronavirus para negarle a personas de algunos países el derecho a solicitar asilo en la frontera. Justo después de Navidad, la Corte Suprema dejó la disposición vigente, por ahora.

El presidente Joe Biden anunció el jueves que también se aplicaría el Título 42 para excluir a los cubanos, nicaragüenses y haitianos, una política que se extendió a los venezolanos en otoño. Adams elogió la medida el viernes y la calificó como “uno de los pasos que necesitamos”, pero advirtió que la ciudad todavía necesita mucha más ayuda para cubrir el costo de la protección de los solicitantes de asilo.

Mientras tanto, los inmigrantes que no están sujetos al Título 42, o los que llegaron antes de su expansión, siguen camino a Nueva York. Adams afirmó este mes que el gobernador de Colorado enviaría inmigrantes a la ciudad. Un voluntario local afirmó que tres autobuses de ese estado llegaron a finales de la semana pasada.

Loiseth Colmenares y su hijo Omar, quienes llegaron hace cuatro meses, en Queens, el 26 de diciembre de 2022. (Rengim Mutevellioglu/The New York Times)
Loiseth Colmenares y su hijo Omar, quienes llegaron hace cuatro meses, en Queens, el 26 de diciembre de 2022. (Rengim Mutevellioglu/The New York Times)

Para estos nuevos neoyorquinos, la clave es encontrar trabajo para poder ser independientes. En las entrevistas, decenas han afirmado que su principal prioridad es poder mantenerse solos y enviar dinero a casa. Si bien no están autorizados a trabajar debido a las reglas federales, muchos están consiguiendo empleos en sectores como la construcción, restaurantes y la industria de servicios.

Finalmente sintiéndose como en casa

Aproximadamente ocho años después de salir de su Venezuela natal y mudarse a Colombia y luego a México, Ismael Guevara, de 48 años, siente que al fin está en el lugar donde se va a quedar a vivir. Y lleva apenas poco más de dos meses en Nueva York.

“Ya me acostumbré a Nueva York”, afirmó en español frente a un café en Jackson Heights, Queens, mientras tomaba su descanso para almorzar de una peluquería donde trabajaba en ese momento. “Ya no me pierdo. Estoy bien. Llego a donde tengo que ir”.

“Cada día más y más, siento que me voy a quedar a vivir aquí en Nueva York”, mencionó Guevara. “Me siento tranquilo. No tengo que ir a buscar otro país”.

Dejó Caracas, la capital venezolana, debido a la inestabilidad y las amenazas a su seguridad. Cuando finalmente llegó a Nueva York, lo enviaron a un refugio temporal acondicionado para el invierno en Randalls Island que la ciudad erigió en octubre.

Luego de que ese lugar cerró —tras solo unas pocas semanas de operación— fue transferido a un hotel en el centro de Manhattan, el cual ha cerrado sus puertas temporalmente a los turistas para funcionar como un refugio de la ciudad para hombres solteros.

Hace poco más de un mes, Guevara consiguió trabajo en una peluquería. En el pasado había sido un estilista galardonado en salones de belleza de alto nivel y estaba ansioso por volver a perseguir su pasión.

Todos los días salía temprano al trabajo y se dirigía a Columbus Circle. Tomaba el tren de la línea 1 a Times Square y luego transbordaba a la línea 7 para llegar a Queens. Trabajaba los siete días de la semana y tenía una lista completa de clientes. Podía ganar varios cientos de dólares al día. De vez en cuando, hacía una parada en un bar de Manhattan con música en vivo para beberse una Corona después del trabajo o iba a un restaurante de comida rápida para comer pollo frito.

La semana pasada, Guevara renunció a su trabajo en la peluquería para emprender su propio camino. Está esforzándose para mejorar su inglés y espera poder alquilar su propio apartamento pronto.

“El siguiente paso es abrir mi propio salón de belleza en el futuro”, señaló. “Mi salón, con mi nombre. Cuando tenga mis documentos, mis papeles, todo”.

Pasando hambre con frecuencia

Las cosas no han ido tan bien para Akon Patrick Dieudonne, un haitiano de 41 años que había estado viviendo en Brasil durante la última década. Contó que era cineasta y activista que luchaba por los derechos de las comunidades negras e indígenas.

Contó que salió de Haití por las amenazas contra un tío que era político y pastor en Gonaïves, su ciudad natal. Agregó que se mudó de nuevo debido a amenazas de los partidarios del presidente Jair Bolsonaro en Brasil.

Al igual que miles de personas, Dieudonne cruzó el Tapón del Darién, una peligrosa y subdesarrollada extensión que conecta a Colombia y Panamá y que se ha convertido en una de las principales rutas migratorias. En el camino conoció a una mujer salvadoreña. Los dos continuaron juntos e ingresaron a Estados Unidos por San Diego y luego tomaron un vuelo a Nueva York con la ayuda de un grupo de asistencia. La mujer está actualmente embarazada del bebé de ambos. Ella y su hija de 13 años están viviendo con Dieudonne en Row NYC, un hotel en el centro.

Cuando Dieudonne llegó a la ciudad en octubre, pensó que conseguiría empleo con rapidez. Tenía la esperanza de conseguir un trabajo en producción de cine o televisión y quiere tener su propia empresa algún día. Pero por ahora busca trabajos temporales y de vez en cuando camina hasta el vecindario de Flatbush en Brooklyn, donde hay una próspera comunidad haitiana. A veces visita amigos haitianos o a un amigo estadounidense que conoció en Brasil. Está tratando de mantener una actitud positiva.

“Veo un futuro allá afuera”, afirmó. “Pero es muy difícil. Hay días en los que no comemos nada”.

‘Estamos más estables’

Loiseth Colmenares, una inmigrante de 31 años de San Francisco de Tiznados, Venezuela, llegó a Nueva York hace cuatro meses con su esposo y dos hijos. La familia ha pasado tres de esos meses viviendo en un SpringHill Suites en Queens, que recientemente se convirtió en un refugio para albergar a las familias recién llegadas.

Al principio, los dos hijos de Colmenares, Omar, de 10 años, y Sebastián, de 2, no comían lo suficiente porque las comidas empaquetadas y recalentadas que se servían en el hotel eran muy diferentes a las que estaban acostumbrados a comer en casa. El personal del albergue no hablaba español, por lo que la familia tuvo problemas para encontrar recursos. Estaban preocupados por la madre, la hermana y el sobrino de Colmenares, quienes habían llegado a la frontera, pero les habían negado la entrada luego de que se extendió el Título 42 a los migrantes venezolanos en octubre.

Ahora las cosas parecen estar mejorando.

“Estamos más estables”, afirmó Colmenares.

La comida es “la misma, pero nos estamos adaptando”, explicó. La vida en el hotel ha mejorado: un nuevo director ha implementado muchos cambios útiles, añadió Colmenares.

“Cada familia tiene un trabajador social asignado. Habilitaron una sala de juegos para los niños. Hicieron una sala con computadoras”, contó. Las donaciones de voluntarios y organizaciones sin fines de lucro también los han ayudado a estabilizarse. “Hay muchísimas organizaciones. Nos han dado ropa, regalos de Navidad”, contó Colmenares. “Le dieron algunas herramientas a mi esposo”.

Incluso le regalaron a su hijo Omar un monopatín, el cual ha estado usando con orgullo en la acera a pesar del frío invernal.

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