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Historia secreta: Aun antes de su independencia, EEUU creía en teorías conspiratorias

WASHINGTON (AP) — Un brutal conflicto en Europa aún estaba fresco en la memoria de las personas, y la contienda por la Casa Blanca se volvía turbulenta en una época en que los rumores sobre sociedades secretas y corrupción agitaban a Estados Unidos.

Era 1800, y las teorías conspiratorias florecían en todo Estados Unidos. Periódicos de distintas corrientes difundían historias sobre élites europeas que pretendían tomar el control de la joven democracia. Predicadores de Nueva Inglaterra advertían sobre planes para abolir el cristianismo y abrir paso a la impiedad y la depravación.

El espantajo de la joven República eran los Illuminati, una organización secreta fundada en Alemania, dedicada al libre pensamiento y opuesta al dogma religioso. A pesar de que los Illuminati carecían de una influencia real en Estados Unidos, los creyentes de esa teoría imaginaban que las huellas del grupo estaban por todas partes. Decían que la manipulación de los Illuminati había provocado la ola de ejecuciones y persecuciones que se dieron tras la Revolución Francesa, conocida como el Reinado del Terror. Temían que ocurriera algo similar en Estados Unidos.

Desde los juicios a las brujas de Salem, Massachusetts, hasta el miedo a los Illuminati; y desde el temor a la “amenaza roja” hasta la Sociedad John Birch y QAnon, las teorías conspiratorias han servido como una oscura contraprogramación de la historia estadounidense que se enseña en los libros. Si una sana democracia se basa en la confianza de sus ciudadanos, entonces las teorías conspiratorias muestran lo que ocurre cuando esa confianza empieza a desmoronarse.

Si cambiamos unos cuantos detalles y añadimos una pizzería, la histeria que rodea a los Illuminati se parece mucho a QAnon, la teoría conspiratoria contemporánea que afirma que un poderoso conciliábulo de satanistas que sacrifican niños manipula en secreto los sucesos del mundo. Al igual que la obsesión con los Illuminati, QAnon surgió en un momento de incertidumbre, polarización y desconfianza.

“Cuanto más cambian las cosas, más parecen regresar”, dijo Jon Graham, escritor y traductor afincado en Vermont, experto en los Illuminati y en las afirmaciones que han rodeado a ese grupo durante siglos. “Por un lado, está la narrativa convencional de la historia. Y por el otro está la otra narrativa, las explicaciones alternativas de la historia, que en realidad nunca desaparecen”.

Exactamente como hoy, esas extrañas historias suelen revelar miedos profundamente arraigados que se centran en conflictos raciales y religiosos, y en el cambio tecnológico y económico.

Las teorías conspiratorias más persistentes pueden sobrevivir marginalmente por décadas, antes de reaparecer repentinamente con nuevos detalles, villanos y héroes, generalmente en una época de agitación social o perturbaciones económicas. A veces, estas creencias pueden desembocar en acciones, como el 6 de enero de 2021, cuando una turba de partidarios del entonces presidente Donald Trump irrumpió en el Capitolio de Estados Unidos.

En los primeros días de Estados Unidos, los villanos eran los Illuminati.

Creado en 1776, el grupo era parte de una oleada de sociedades supuestamente secretas que se pusieron de moda en Europa. Desapareció cerca de 1800 y no tuvo presencia en Estados Unidos. Aun así, se difundieron rumores de que agentes Illuminati trabajaban en la clandestinidad para apoderarse del gobierno federal, proscribir el cristianismo y promover la promiscuidad sexual y la adoración al diablo entre los jóvenes.

Esta teoría fue retomada por el Partido Federalista y tuvo una función clave en la contienda presidencial de 1800 entre el presidente John Adams, federalista, y el vicepresidente Thomas Jefferson, demócrata-republicano. Entre los federalistas circulaban rumores de que Jefferson era un ateo que entregaría Estados Unidos a Francia si ganaba la elección presidencial.

Jefferson ganó, y los federalistas nunca se recuperaron del todo. Las historias sobre los illuminati perdieron fuerza, pero pronto surgieron los masones, tomando su lugar en la fértil imaginación de los primeros estadounidenses.

Los masones tenían entre sus miembros a muchas figuras importantes, como George Washington. Su influencia generó rumores según los cuales esa fraternidad era un grupo conspirador satánico cuyo objetivo era gobernar el mundo.

Para entender por qué tantas personas estaban convencidas, es importante recordar la ansiedad que se vivió tras la Guerra de Independencia estadounidense, señaló Jonathan Den Hartog, historiador de la Universidad de Samford. Muchas personas no estaban seguras de si el país sobreviviría.

“Al atravesar este periodo, muchas personas se sentían muy nerviosas. Y cuando hay incertidumbre y miedo, la gente busca explicaciones”, dijo Den Hartog.

Incluso hoy, los Illuminati y los masones siguen apareciendo en teorías conspiratorias.

De manera similar, a mediados del siglo XIX, miles de estadounidenses se unieron a movimientos religiosos durante el Segundo Gran Despertar, que fue una época de resurgimiento del cristianismo protestante en Estados Unidos. Un grupo popular, los milleritas, fue fundado por William Miller, un veterano de la Guerra de 1812 que utilizó indicadores numéricos de la Biblia para calcular el fin del mundo. Su predicción: el 22 de octubre de 1844.

Antes de ese día, muchos seguidores de Miller vendieron o regalaron sus posesiones, se pusieron ropajes blancos y se dirigieron a las tierras altas — en algunas partes de Massachusetts, treparon los árboles de las colinas más elevadas — para apresurar su reunión con Dios. Cuando pasó el 22 de octubre, bajaron de las colinas. Algunos volvieron a su antigua vida. Otros insistieron en que el fin había llegado, pero de manera invisible.

“Se le conoció como la ‘Gran Decepción’”, dijo J. Gordon Melton, historiador de la Universidad Baylor y experto en los milleritas. “Muchas personas se sintieron muy decepcionadas, incluido el propio Miller. Pero otras sólo dijeron: ’Bueno, tenían la fecha equivocada'”.

La creencia de que el mundo pronto acabará, o de que nacerá una nueva era, surge una y otra vez en las teorías conspiratorias más populares.

Los partidarios de QAnon han pronosticado desde hace tiempo un “Gran Despertar” que ocurrirá después de “la tormenta”, cuando el expresidente Trump logre la victoria y sus enemigos, entre ellos la exsecretaria de Estado Hillary Clinton y el actor Tom Hanks, sean exhibidos y posiblemente ejecutados frente a las cámaras de televisión. Se han sugerido muchas fechas para esta sangrienta victoria final, predicciones que después se han desechado tras demostrarse que fueron incorrectas.

En 2021, miles de creyentes de QAnon se reunieron en Dallas después de que uno de sus líderes predijo el regreso de John F. Kennedy Jr., figura prominente en la tradición QAnon, a pesar de que murió en 1999. Los decepcionados creyentes decidieron más tarde que se habían equivocado en la fecha.

Algo similar ocurrió a finales del año pasado, cuando muchos creyentes en las teorías conspiratorias afirmaron que una prueba largamente planeada del sistema de difusión de emergencia activaría sustancias químicas contenidas en las vacunas contra el COVID-19. Quienes se habían vacunado serían asesinados o quizás convertidos en zombis, según esta teoría. Eso no ocurrió.

El asesinato del presidente John F. Kennedy, junto con la Guerra de Vietnam y el caso Watergate, prepararon el terreno para nuestra era actual de “hechos alternativos” al convencer a grandes grupos de estadounidenses de que ya no podían confiar en su propio gobierno.

Las teorías conspiratorias actuales reflejan la misma desconfianza y malestar con el rápido ritmo de los cambios económicos, tecnológicos y ambientales. Pensemos en las afirmaciones de que la llegada a la Luna de 1969 fue un montaje, de que el gobierno ocultó pruebas de la existencia de seres extraterrestres, o de que los ataques del 11 de septiembre de 2001 fueron planeados por el propio Estados Unidos.

Los temores a las torres de telefonía 5G o de que las vacunas contengan microchips, por mencionar dos ejemplos recientes, reflejan el miedo al control del gobierno y a las nuevas tecnologías. Las afirmaciones de que el cambio climático es mentira ofrecen una respuesta fácil a una complicada amenaza existencial provocada por la propia conducta de la gente.

También está la pandemia de coronavirus, que generó las condiciones ideales para las teorías conspiratorias: miedo generalizado e incertidumbre económica, una amenaza mortal que surgió misteriosamente en un país que es un adversario geopolítico, vacunas creadas apresuradamente, y una controvertida respuesta del gobierno.

“El COVID realmente elevó todos los indicadores más allá de su nivel máximo”, señaló Joseph Uscinski, un politólogo de la Universidad de Miami que estudia la creencia en las teorías conspiratorias.

Internet ha hecho que la creencia en estas teorías sea más visible y fácil de compartir. Trump y otros políticos han aprendido a aprovecharse de la creencia en esas teorías para sus propios fines.

Pero la historia muestra que Estados Unidos ha sobrevivido a engaños, teorías conspiratorias y ciclos de desconfianza. A Den Hartog, el historiador de Samford, le gustaría creer que la nación puede hacerlo de nuevo.

“Saber que hemos tenido problemas y los hemos superado me da algo de esperanza”, dijo. “Los estadounidenses tenemos la capacidad de hacer una pausa, trabajar en nuestra vida cívica y reconstruir la confianza”.