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Harvard busca aliados en materia de salud mental en TikTok

Amanda Yarnell, directora del Centro de Comunicación en el Ámbito Sanitario de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de la Universidad de Harvard, que reclutó a creadores de redes sociales y profesionales de la salud pública para inyectar contenido basado en pruebas en los canales de TikTok, en Nueva York, el 10 de octubre de 2023. (Sarah Blesener/The New York Times)

Un día de febrero, llegó una invitación de la Universidad de Harvard a la bandeja de entrada del correo electrónico de Rachel Havekost, una influente en materia de salud mental en TikTok y camarera de medio tiempo en Seattle a la que le gusta decir en broma que su principal cualificación son diecinueve años de terapia.

El mismo correo le llegó a Trey Tucker, alias @ruggedcounseling, un terapeuta de Chattanooga, Tennessee, que habla de estilos de apego en su cuenta de TikTok, a veces mientras carga pacas de heno en la plataforma de una camioneta.

Las invitaciones también llegaron a Bryce Spencer-Jones, que les habla a sus espectadores sobre las rupturas mientras mira tiernamente a la cámara, y a Kate Speer, que narra sus ataques de depresión con humor irónico y admite que lleva días sin lavarse los dientes.

Veinticinco destinatarios echaron un vistazo a los correos electrónicos, que les invitaban a colaborar con científicos sociales de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de la Universidad de Harvard. No estaban acostumbrados a que el mundo académico los tratara con respeto; varios concluyeron que las cartas eran bromas o intentos de “phishing”, y las borraron.

No sabían —¿cómo iban a saberlo?— que un equipo de investigadores los había estado observando durante semanas con el objetivo de reclutar, de entre un ejército de influentes en materia de salud mental, a unas pocas decenas de pesos pesados seleccionados por su alcance y calidad.

El director general de Sanidad ha descrito la salud mental de los jóvenes estadounidenses como “la crisis de salud pública más importante de nuestro tiempo”. Para esta población vulnerable y poco comunicativa, las redes sociales son la principal fuente de información. Por eso, durante unos meses esta primavera, los influentes se convirtieron en parte de un experimento de campo, en el que científicos sociales intentaron inyectar contenido basado en pruebas en sus perfiles de redes sociales.

Kate Speer, defensora en materia de salud mental y creadora de TikTok, con su perro de servicio, Waffle, en Nueva York, el 10 de octubre de 2023. (Sarah Blesener/The New York Times)
Kate Speer, defensora en materia de salud mental y creadora de TikTok, con su perro de servicio, Waffle, en Nueva York, el 10 de octubre de 2023. (Sarah Blesener/The New York Times)

“La gente busca información y lo que ve es TikTok, Instagram y YouTube”, explicó Amanda Yarnell, directora del Centro de Comunicación en el Ámbito Sanitario de la Escuela Chan. “¿Quiénes son los guardianes de los medios en esas áreas? Son estos creadores. Así que nos preguntamos cómo nos adaptamos a esa nueva realidad”.

La respuesta quedó clara en agosto, cuando una furgoneta con una decena de influentes se estacionó junto al campus de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard.

Todos los visitantes se parecían a su público: tatuados, con gorras de béisbol, botas vaqueras o pendientes gruesos con la palabra “LOVE”. Algunos eran psicólogos o psiquiatras cuyos tiktoks eran una actividad secundaria. Otros habían creado franquicias hablando con franqueza sobre sus propias experiencias con enfermedades mentales, describiendo trastornos alimentarios, mutismo selectivo e intentos de suicidio.

En el campo central con pasto aterciopelado de la Escuela de Medicina, parecían turistas o visitantes de un día. Pero juntos, a través de distintas plataformas, contaban con una audiencia de diez millones de usuarios.

Samantha Chung, de 30 años, que escribe bajo el nombre de usuario @simplifying.sam, nunca logró explicarle a su madre a qué se dedica.

Hasta hace poco, trabajaba como agente inmobiliaria. Pero hace dos años, un video que publicó en TikTok sobre “manifestar”, o usar la mente para provocar el cambio deseado, atrajo tanta atención que se dio cuenta de que podía cobrar por sesiones de orientación individual y dejó su trabajo.

Al principio, Chung agendaba citas de una hora por 90 dólares, pero la demanda era tan alta que ahora ofrece asesoramiento en “contenedores” de tres y seis meses. No ve la necesidad de cursar estudios de posgrado u obtener una licencia; su enfoque, como ella dice: “ayuda a los clientes a sentirse capacitados en lugar de diagnosticados”. Tiene un pódcast, un proyecto de libro y 813.000 seguidores en TikTok.

Sin embargo, este logro no significó gran cosa para sus padres, inmigrantes coreanos que esperaban que fuera médico. “Yo solo me veía como alguien que hace videos en su departamento”, comentó Chung.

En Harvard, los influentes fueron tratados como dignatarios, se les regalaron artículos de la marca universitaria y almuerzos bufé mientras escuchaban conferencias sobre la calidad del aire y la comunicación en el ámbito sanitario.

“Pasé toda la década de mis 20 años en un pabellón psiquiátrico intentando graduarme de la universidad”, relató Speer, de 36 años. “Entrar en estas salas de Harvard y que te reciban con cariño... sinceramente, es más que milagroso”.

Chung se sintió tan inspirada que dijo a la multitud reunida que a partir de ahora se dedicaría al activismo. “Salgo de esto sabiendo la verdad, que soy una líder de salud pública”, señaló. Cuando Meng Meng Xu, una de las investigadoras del equipo de Harvard, oyó aquello, se le puso la piel de gallina. Era exactamente lo que esperaba que ocurriera.

No es la primera vez que los expertos en salud pública de la Universidad de Harvard intentan colaborar con la cultura popular. En 1988, como parte de una campaña para prevenir las muertes por accidentes de tráfico, los investigadores pidieron a los guionistas de los programas de televisión de máxima audiencia como “Cheers” y “L.A. Law” que incluyeran referencias a los “conductores designados”, un concepto que, en aquel momento, era totalmente nuevo para los estadounidenses. En 1991, la frase era tan común que apareció en el diccionario Webster.

Inspirada por esta iniciativa, Yarnell diseñó un experimento para determinar si se podía persuadir a los influentes para que difundieran más información basada en pruebas. En primer lugar, su equipo creó un grupo de 105 influentes que fueran destacados y responsables: nada de recomendar pastillas para adelgazar, nada de “cinco señales de que tienes TDAH”.

Los influentes no cobrarían, pero lo ideal sería que se comprometieran con la causa. Cuarenta y dos de ellos aceptaron formar parte del estudio y recibieron kits de herramientas digitales organizados en cinco “temas centrales”: dificultad de acceso a la atención sanitaria, trauma intergeneracional, vínculos entre mente y cuerpo, efecto del racismo en la salud mental y ansiedad climática.

Un grupo más reducido, de 25 influentes, también recibió una atención esmerada en persona. Se les invitó a foros virtuales de una hora de duración, se les reunió en un canal de Slack y, por último, se les recibió en Harvard. Pero los temas centrales eran los que observaban los investigadores. Vigilaban los canales de los influentes y medían cuánto material de Harvard circulaba en internet.

Un mes después de la reunión, Havekost volvió a sentirse agotada. No es que no le importara su deber como líder de salud pública; al contrario, dice: “Cada vez que publico algo, pienso en Harvard”.

Sin embargo, no veía una forma sencilla de integrar mensajes de salud pública en sus videos, en los que a menudo aparece bailando de manera desinhibida o mirando al espectador con una expresión de amor incondicional mientras pasan textos por la pantalla. Afirma que su público conoce su estilo de comunicación; las citas de estudios no parecerían más auténticas que usar un escote pronunciado.

Para Speer fue diferente. Tras regresar de Harvard, recibió un correo electrónico de S. Bryn Austin, profesora de ciencias sociales y del comportamiento, y especialista en trastornos alimentarios, en el que le proponía colaborar en una campaña para prohibir la venta de píldoras adelgazantes a menores en el estado de Nueva York.

Speer estaba eufórica. Puso manos a la obra para preparar un video y una propuesta de subvención. Cuando el verano se convirtió en otoño, su vida parecía haber dado un giro. “Esto es lo que quiero hacer”, aseguró. “Quiero hacer el bien, no hacerlo para que me regalen productos”.

La semana pasada, en una sala de conferencias con vistas al río Hudson, Yarnell y uno de sus coautores, Matt Motta, de la Universidad de Boston, presentaron los resultados del experimento.

Anunciaron que había funcionado. Los 42 influentes que recibieron los temas de conversación de Harvard tenían un tres por ciento más probabilidades de publicar contenidos sobre los temas centrales que los investigadores les habían transmitido. Aunque pueda parecer un efecto pequeño, Motta dijo que cada influente tenía una audiencia tan grande que el contenido adicional fue visto 800.000 veces.

Ese nivel de éxito no tenía nada que ver con los estudios revisados por pares. Estaba más relacionado con @drkojosarfo, un enfermero psiquiátrico con 2,4 millones de seguidores que baila en una cocina de galera junto a un texto sobre el vínculo de mente y cuerpo, o con @latinxtherapy que echa pestes de las compañías de seguros mientras hace sincronización labial con el contenido de la influente Shawty Bae.

Pero, ¿quién promocionaba a quién?

Jaime Mahler, una influente de Nueva York que es consejera licenciada, se enorgullece de destilar ideas clínicas complejas en fragmentos digeribles en sus videos. Mahler, que estaba promocionando un nuevo libro sobre relaciones tóxicas, sonó un poco triste cuando consideró a sus compañeros en el mundo académico. “Harvard tiene una abundante base de conocimientos”, dijo, “si tan solo pudieran encontrar una manera de conectar con la gente que procesa ese conocimiento”.

Había aprendido mucho sobre los científicos. En algunos casos, continuó Mahler, pasan diez años en un proyecto de investigación, publican un artículo, “y tal vez se da a conocer, pero a veces nunca llega al público en general de una manera que realmente cambie el diálogo”.

“Se me parte el corazón por esas personas”, concluyó.

c.2023 The New York Times Company