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Guillermo Ochoa, el portero que solo volvió a Europa para ser goleado y todos lo sabíamos

Guillermo Ochoa tras el partido que lo enfrentó contra el Atalanta en la Serie A italiana. (Mairo Cinquetti/NurPhoto via Getty Images)
Guillermo Ochoa tras el partido que lo enfrentó contra el Atalanta en la Serie A italiana. (Mairo Cinquetti/NurPhoto via Getty Images)

Guillermo Ochoa lo volvió a hacer. Su equipo, el Salernitana, perdió 8-2 ante el Atalanta en la Serie A. El portero de la Selección Mexicana nunca había recibido tantos goles en un mismo partido. Se había quedado cerca, sí, pero esto es un récord incluso para él, que se ha especializado en recibir golizas. No siempre fue así. Hubo una época, por allá en el intervalo 2005-2011, en la que hablar de Ochoa era otra cosa.

Sí, siempre ha tenido las deficiencias que lo persiguen hasta el día de hoy: no sabía jugar su área, como no sabe hacerlo en la actualidad, y se caracterizaba por ser un portero de reacciones, de reflejos; espectacular, pero falto de sobriedad. Daba igual. En ese entonces Guillermo Ochoa era el futuro. Pasó malos días con el América, aunque había un matiz que lo protegía: él no tenía la culpa de los goles. Todo lo contrario. Era lo único rescatable de Las Águilas en esa época.

Cada gol tenía una aclaración: Ochoa no tuvo la culpa porque la defensa lo dejó solo; no es Supermán; gracias a él no acabó en goleada. También en esos días Paco Memo llegó a encajar alguna goleada sonrojante, como el 4-0 que el Veracruz, ya descendido, le propinó al América en el Clausura 2008. Pero, en honor a la verdad, aquello era una excepción. Y si cuatro goles eran muchos, nadie podía hablar de seis, siete u ocho, como pasaría años más tarde, ya fuera en el Granada, el Tri o el Salernitana.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero en cada paraje de la carrera de Ochoa ha pasado más o menos lo mismo: siempre es culpa de alguien más. Cada goleada, por abultada que sea, tiene una justificación. Y, de hecho, si uno analiza gol por gol del Atalanta, se le puede encontrar justificación a cada uno de ellos. Hay un par de golazos imparables; en otro, lo dejan solo contra el rematador, hay dos penales, un gol en tiro de esquina —quizá ahí pudo hacer algo más—, un disparo desviado que lo deja descolocado, y un tiro bajo dentro del área que se coló en la red gracias a una defensa totalmente arrodillada.

¿Cómo entenderlo? ¿Tantas goleadas en la vida deportiva de un portero pueden ser casualidad? ¿Ochoa tiene la maldición insalvable de estar escoltado por zagueros incompetentes? Quizá con Guillermo Ochoa valdría la pena acudir al aspecto emocional, que forma parte de los intangibles en el futbol, para entender por qué ha recibido tantas goleadas durante su carrera sin que parezca que, realmente, alguna fue culpa suya.

Hay porteros inspiran miedo y otros, no tanto. La paradoja con Ochoa no podría ser más ambivalente: si le tiras, sabes que alguna te va a atajar, pero también, que alguna va a entrar. Y en días como el de ayer, entran ocho. Esto es así siempre que se trata de Ochoa, que un día le puede atajar un penal en una Copa del Mundo a un matón como Robert Lewandowski, y al otro, ser protagonista de una goleada escandalosa. Es normal, a eso nos ha acostumbrado, y aunque el Salernitana no es un equipo taaaan malo, cualquiera podía predecir, cuando se anunció su regreso a Europa, que Ochoa iba a tener noches como la de ayer.

Esa inconsistencia ha sido la etiqueta distintiva de su carrera. Por ese motivo también es capaz de despertar admiración y burlas a partes iguales, porque su propia carrera es una oda a la incomprensión: un portero que brilla con luz propia en tres Copas del Mundo no debería haber descendido en Francia y España, y recibir ocho goles en un partido de Serie A. Pero el portero más goleado en una misma temporada del futbol español, que se ha tenido noches de espanto que ya no se cuentan con los dedos de dos manos, tampoco debería ser un histórico de México en los Mundiales. Y lo es. Ochoa es las dos cosas. Los dos Memos, el bueno y el malo.

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