La guerra de Rusia podría ayudar al mundo de la India

Un trabajador transporta un contenedor de gasolina, en la ciudad vieja de Nueva Delhi, el 12 de diciembre de 2022. (Mauricio Lima/The New York Times).
Un trabajador transporta un contenedor de gasolina, en la ciudad vieja de Nueva Delhi, el 12 de diciembre de 2022. (Mauricio Lima/The New York Times).

NUEVA DELHI — Sentado en el abovedado edificio gubernamental de arenisca roja inaugurado por el Raj británico menos de dos décadas antes de que la India se deshiciera del gobierno imperial, el ministro de Relaciones Exteriores indio, Subrahmanyam Jaishankar, no necesita nada que le recuerde cómo las mareas de la historia arrasan con sistemas anticuados para dar paso a los nuevos.

El ministro cree que el momento de transformación actual es una de ellas. Un “orden mundial que sigue siendo tremendamente occidental”, como dijo en una entrevista, está desapareciendo con precipitación por el impacto de la guerra en Ucrania para ser remplazado por un mundo de “alineación múltiple” donde los países deciden sus “propias políticas, preferencias e intereses”.

Sin duda, eso es lo que ha hecho la India desde que comenzó la guerra en Ucrania el 24 de febrero. Ha resistido las presiones que han ejercido Europa y Estados Unidos en Naciones Unidas para que repudie la invasión rusa, ha convertido a Moscú en su principal proveedor de petróleo y ha ignorado la aparente hipocresía de Occidente. Lejos de ser pesaroso, su tono ha sido desenfadado y sus intereses muy manifiestos.

La India, que con sus casi 1400 millones de habitantes pronto superará a China como el país más poblado de la Tierra, necesita el petróleo ruso barato para mantener su crecimiento anual del siete por ciento y sacar de la pobreza a millones de personas. Esa necesidad no es negociable; la India consume todo el petróleo ruso que requiere y hasta algo más para exportar.

Entonces llega el primer ministro de la India, Narendra Modi, en búsqueda de sus propios intereses con un nuevo vigor, sin ningún complejo de inferioridad y sin alinearse por completo con Occidente. Pero ¿qué India recorrerá el escenario mundial del siglo XXI y cómo dejará sentir su influencia?

El país está en una encrucijada entre la dinámica pluralidad de su democracia desde su independencia en 1947 y un giro hacia el antiliberalismo del mandato de Modi. Su “renacimiento hindú” ha amenazado a algunos de los pilares fundamentales de la democracia india: el trato igualitario a todos sus ciudadanos, el derecho a disentir y la independencia de los tribunales y los medios.

La democracia y el debate siguen siendo intensos —este mes, el Partido Popular Indio, que es nacionalista e hindú, de Modi perdió unas elecciones municipales en Delhi— y el primer ministro y su popularidad siguen siendo sólidos. Para muchas personas, la India es demasiado extensa y diversa para llegar a sucumbir ante alguna imposición nacionalista unitaria.

Trabajadores esperan para recibir comida en un bazar cerca de una mezquita, en la ciudad vieja de Nueva Delhi, el 12 de diciembre de 2022. (Mauricio Lima/The New York Times).
Trabajadores esperan para recibir comida en un bazar cerca de una mezquita, en la ciudad vieja de Nueva Delhi, el 12 de diciembre de 2022. (Mauricio Lima/The New York Times).

El orden de la posguerra no le asignó ningún lugar a la India en la mesa principal, pero ahora, en un momento en que las agresiones militares rusas del presidente Vladimir Putin son un claro ejemplo de cómo luciría un mundo de autócratas y rivalidades imperiales, es posible que la India tenga el poder para inclinar la balanza hacia un orden dominado por el pluralismo democrático o por líderes represivos.

Todavía hay que ver hacia dónde se inclinará la forma de nacionalismo de Modi, la cual les ha brindado a muchos indios un nuevo orgullo y ha apuntalado el prestigio del país, a pesar de haber debilitado el modelo pluralista y laicista del país.

En el gabinete de Modi no hay musulmanes y el primer ministro no ha dicho nada sobre la violencia colectiva hindú contra los musulmanes.

“El odio ha penetrado en la sociedad a un nivel que es totalmente aterrador”, señaló la aclamada novelista india Arundhati Roy.

Tal vez así sea, pero por el momento, la India de Modi parece rebosar de confianza.

La guerra de Ucrania, misma que ha agravado los efectos de la pandemia de COVID-19, ha impulsado el ascenso del país. En conjunto, han inducido a las empresas a hacer que las cadenas de suministro globales sean menos riesgosas al diversificarse hacia una India abierta y alejarse del estado de vigilancia de China. Han intensificado la turbulencia económica mundial de la cual la India está relativamente aislada por su enorme mercado interno.

Esos factores han contribuido a que existan proyecciones optimistas de que la India, ahora en quinto lugar, será la tercera economía más grande del mundo para 2030, solo detrás de Estados Unidos y China.

Comunión y división

Modi, de 72 años, adoptó Benarés, la ciudad más sagrada del hinduismo, como su base política en 2014 cuando lanzó su campaña para gobernar la India, dijo que había sido “llamado por el Ganges” (el río de la vida), y la atravesó con un corte de arenisca rosada.

Conocido como “el corredor” e inaugurado hace un año, este proyecto conecta el templo de Kashi Vishwanath, dedicado al dios hindú Shiva, con la orilla del río a medio kilómetro de distancia.

La amplia superficie peatonal, impecable a un grado casi estremecedor, con su museo y otras instalaciones turísticas, conecta el templo más venerado de la ciudad con el río donde los hindúes lavan sus pecados. Es lo típico de Modi.

Este pasaje, que pasa por un laberinto de más de 300 casas que fueron destruidas para darle espacio, entrelaza la vida política del primer ministro con la más profunda de las tradiciones hindúes. Al mismo tiempo, revela su disposición de hacer que la India transite con rapidez por iniciativas audaces que rompan con el caos y el deterioro. Modi, un nacionalista hindú y amante de la tecnología, es disruptivo.

Modi, un hombre de origen humilde, artífice de su propio éxito y procedente del estado occidental de Guyarat (y de un nivel bajo en el sistema de castas o jerarquía social de la India), ha llegado a representar a una India ambiciosa.

Vishwambhar Nath Mishra, un líder religioso hindú de Benarés y profesor de Ingeniería, comentó que el corredor había sido un “error garrafal” que había destruido 142 lugares sagrados y es un ejemplo del estilo demoledor de Modi.

“En Benarés, los musulmanes, los cristianos y los hindúes siempre hemos sido una familia singular que se sienta a resolver los problemas, pero Modi quiere generar tensiones para ganar votos”, comentó Mishra. “Si lo que está tratando de hacer es establecer una nación hindú, eso es muy peligroso”.

No es fácil entrar al complejo, en la parte superior del nuevo corredor de Modi, donde la mezquita de cúpula blanca Gyanvapi del siglo XVII colinda con el templo de Kashi Vishwanath. Es muy tardado pasar por los estrictos controles de seguridad ya que este es un epicentro de la enardecida tensión entre los hindúes y los musulmanes de la India.

Por todas partes hay guardias armados. Están junto a la mezquita, la cual está cercada detrás de una valla de metal de seis metros de altura rematada con espirales de alambre de púas.

Ahora, una serie de casos judiciales se enfocan en la mezquita. Este año, una investigación judicial afirmó haber descubierto un antiguo Shiva linga en el edificio de la mezquita, lo que establece, al menos para los hindúes extremistas, que se les debería permitir rezar ahí. Los encuentros multitudinarios de oración musulmanes han sido prohibidos.

En el discurso hinduista en auge que Modi no ha hecho nada para frenar, la India pertenece en primer lugar a su mayoría hindú. Los musulmanes intrusos del Imperio mogol y otros periodos de conquista están en segundo lugar. La mezquita debe pasar a formar parte del templo si se logra demostrar que el templo fue anterior.

Si Putin ha decidido presentar a Ucrania como el lugar de nacimiento del mundo ruso, por tanto inseparable de la madre patria, y adoptar a la Iglesia ortodoxa como un baluarte de su poder, Modi ha elegido a Benarés como un vehículo primordial de su reivindicación de la India como un país esencialmente hindú. Desde luego, el dirigente indio lo hizo para consolidar su poder, no como una reconquista.

Hace tres décadas, la destrucción por parte de una turba hindú de una mezquita del siglo XVI en Ayodhya, una ciudad del norte de la India, la cual según los hindúes es el lugar de nacimiento del dios Ram, provocó la muerte de 2000 personas e impulsó el ascenso del partido de Modi.

Ahora se está construyendo un templo en ese lugar. Modi, quien presidió el inicio de la construcción en 2020, lo ha denominado “el símbolo moderno de nuestras tradiciones”.

Frente a esas acciones, Roy, la novelista, expresó una inquietud compartida. “El sari de Benarés que usan las hindúes, tejido por musulmanes, era un símbolo de todo lo que estaba entrelazado y ahora está siendo desgarrado”, comentó. “Una amenaza de violencia se cierne sobre la ciudad”.

Un delicado equilibrio

La India cree que la interconexión del mundo actual supera el impulso de fragmentación y hace que sea absurdo hablar de una guerra fría renovada. Si parece inevitable un periodo de desorden a medida que disminuye el poder de Occidente, lo más probable es que sea atenuado por la interdependencia económica, según el argumento indio.

Con la desigualdad, la inseguridad alimentaria y de energía crecientes, además de la aceleración del cambio climático, cada vez más países están preguntando qué respuestas puede ofrecer el orden dominado por Occidente posterior a 1945. Parece que la India cree que puede actuar como intermediario y reducir las divisiones en este-oeste y norte-sur.

“Yo alegaría que, por lo general, en la historia de la India, este país ha tenido una relación mucho más pacífica y productiva con el mundo de la que ha tenido Europa, por ejemplo”, señaló Jaishankar. “Europa ha sido expansionista, por lo cual hemos tenido el periodo de imperialismo y colonialismo, pero en la India, pese a haber estado sujeta al colonialismo durante dos siglos, no hay ni animadversión ni enojo contra el mundo. Es una sociedad muy abierta”.

También está ubicada entre dos potencias hostiles: Pakistán y China.

En diciembre, hubo otro enfrentamiento en la disputada frontera de 3380 kilómetros con China. A diferencia de 2020, cuando al menos cuatro soldados chinos y veinte indios murieron, esta vez nadie resultó muerto. Pero las tensiones siguen siendo elevadas. “La relación es muy tensa”, comentó Jaishankar.

Es posible que en cualquier momento haya una escalada en la frontera, pero parece poco probable que la India pueda contar con Rusia, debido a la creciente dependencia económica y militar que tiene Moscú de China. Eso hace que sea crucial la relación estratégica de la India con Occidente.

No obstante, a la luz de la guerra en Ucrania, cada partido se está adaptando al hecho de que el otro escoja y decida cuáles son sus principios.

La India está en una posición difícil. A pesar de la crítica de Estados Unidos, este año el país decidió participar en los ejercicios militares rusos, que incluyeron unidades de China. Al mismo tiempo, la India forma parte de una coalición de cuatro países conocida como Quad (Diálogo de Seguridad Cuadrilateral) en la que participan Estados Unidos, Japón y Australia, y trabaja por un “Indo-Pacífico libre y abierto”.

Esta es la alineación múltiple india en acción. La guerra de Ucrania solo ha fortalecido el compromiso que tiene Nueva Delhi con esta ruta. Washington ha trabajado mucho durante varios años para que la India sea el contrapeso democrático asiático de la China autoritaria del presidente Xi Jinping. Pero el mundo, como lo ve la India, es demasiado complejo para esas opciones binarias.

Aunque el gobierno de Joe Biden no haya estado conforme con el enfoque desentendido de la India con Putin desde que Rusia invadió Ucrania, sí lo ha aceptado; a medida que China crece, el pragmatismo estadounidense requiere que Modi no se quede marginado.

© 2022 The New York Times Company