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Cómo fue que la guerra destruyó un ‘matrimonio largo y feliz’

Tetiana Shapovalova, quien se volvió refugiada y se separó de su esposo luego de que misiles rusos azotaron Dnipró, Ucrania, afuera de su casa nueva en Vantaa, Finlandia, donde vive con su nueva pareja, el 19 de junio de 2023. (Saara Mansikkamaki/The New York Times).
Tetiana Shapovalova, quien se volvió refugiada y se separó de su esposo luego de que misiles rusos azotaron Dnipró, Ucrania, afuera de su casa nueva en Vantaa, Finlandia, donde vive con su nueva pareja, el 19 de junio de 2023. (Saara Mansikkamaki/The New York Times).

Andrii Shapovalov, de 51 años, y Tetiana Shapovalova, de 50, tuvieron una vida maravillosa juntos. Llevaban casados casi 30 años, criaron a dos hijos y ejercían carreras que eran importantes para ellos: él era un psicoterapeuta que trabajaba con drogadictos y ella una ejecutiva en una empresa grande de helados. Hasta el año pasado, estaban iniciando una nueva etapa de vida juntos con el nido vacío en Dnipró, una ciudad prometedora del centro de Ucrania.

No obstante, cuando el Ejército ruso cruzó la frontera con Ucrania en febrero de 2022, se desencadenó una serie de acontecimientos a los que su matrimonio no sobreviviría.

Ese primer día, mientras los misiles golpeaban Dnipró y sacudían sus ventanas, se separaron. Tetiana emprendió una odisea como refugiada. Andrii vagaba por las habitaciones vacías de su casa.

Como tantos otros ucranianos y ucranianas, iban a vivir la guerra de manera muy distinta. Tetiana se vio inmersa en un mundo completamente nuevo, en el que descubrió un país nuevo, un idioma nuevo y, para sorpresa de Andrii, un novio nuevo. Andrii se quedó en el frente dando terapia a soldados deprimidos y, por primera vez desde que era adolescente, viviendo solo. La ley le impedía visitar a su familia.

Ambos creen que, de no haber sido por la guerra, seguirían juntos y han sido inusualmente abiertos sobre lo que ocurrió con su relación. (Sus entrevistas fueron resumidas y editadas con fines de claridad).

Andrii y Tetiana son solo una de las decenas de miles, quizá incluso cientos de miles, de parejas que se separan a medida que el país experimenta, en palabras de Anna Trofymenko, psicoterapeuta ucraniana de Kremenchuk, una “epidemia de divorcios”. Puede que sea una de las consecuencias sociales de mayor alcance de la guerra, ya que podría influir en los patrones de noviazgo, en la estructura familiar, en la manera en que se criará a toda una generación de niños ucranianos y en la trayectoria de la población del país en los años venideros.

Tetiana Shapovalova, quien se volvió refugiada y se separó de su esposo luego de que misiles rusos azotaron Dnipró, Ucrania, con su nueva pareja en su casa de Vantaa, Finlandia, el 19 de junio de 2023. (Saara Mansikkamaki/The New York Times).
Tetiana Shapovalova, quien se volvió refugiada y se separó de su esposo luego de que misiles rusos azotaron Dnipró, Ucrania, con su nueva pareja en su casa de Vantaa, Finlandia, el 19 de junio de 2023. (Saara Mansikkamaki/The New York Times).

Todos los grandes conflictos provocan la huida de la población, pero el de Ucrania fue diferente. Una de las primeras medidas que tomó el presidente Volodímir Zelenski fue aprobar un decreto que prohibía la salida del país de los hombres de entre 18 y 60 años, con pocas excepciones. La intención era conservar una fuerza de combate dentro del país, pero también creó un éxodo unilateral.

El 90 por ciento de los 8 millones de refugiados ucranianos han sido mujeres y niños, y muchas mujeres, casadas o no, no piensan volver. Siguen adelante y empiezan una vida nueva arraigada. Algunas huyen de relaciones de abuso en Ucrania y la ley que impide que los hombres salgan del país ha creado un espacio seguro para que varias ucranianas, que ahora están en Polonia, Alemania y otros países, pidan el divorcio que habían estado contemplando desde hace tiempo.

No obstante, esa misma ley ha provocado mucho dolor en los hombres con hijos refugiados. Sus esposas o exesposas quizá hayan salido de Ucrania con sus hijos y, hasta el momento, no hay manera de que los hombres puedan viajar para visitarlos.

Tras más de una semana de conducir día y noche a través de diez países, Tetiana y el hijo mayor de la pareja finalmente llegaron a Turku, Finlandia, donde vive su hijo menor, un jugador de hockey semiprofesional. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que no quería regresar a casa.

TETIANA

Estaba tan agotada que pasé los primeros días durmiendo, caminando y pensando. De pronto, como no tenía que ir al trabajo o cuidar a mis padres, tuve tiempo libre. Fue ahí cuando me di cuenta: no extraño mi hogar. No quiero regresar. Es decir, no es que no ame a mis padres ni a mi esposo. No estaba contemplando el divorcio. Solo me di cuenta de que quería estar sola.

ANDRII

Esas primeras semanas fueron muy duras. Después de tantos años, ¿despertar solo, en una cama fría, sin nadie que te espere? El problema no era solo la distancia, sino la falta de fe en el porvenir. No sabía si las tropas rusas nos atacarían o no, no sabía si sobreviviría o no, pero no pasaba una noche sin que soñara con ella.

La cantidad de matrimonios que terminaron en Ucrania el año pasado fue el doble o incluso el triple que antes de la guerra, según los cálculos de profesionales ucranianos de la salud mental, abogados especializados en divorcios, gurús de las citas, asistentes jurídicos y jueces. Los expertos aseguran que lo que está impulsando el índice de divorcios de Ucrania, que siempre ha sido alto en comparación con el de otros países, no es tanto el estrés relacionado con la guerra, aunque sí influye bastante, sino la enorme magnitud de la separación.

Trofymenko afirma que cuando las personas están desconectadas de sus comunidades empiezan a reevaluarlo todo.

“La gente empieza a hacerse preguntas”, señaló. “Por ejemplo: ¿Esta persona con la que he pasado tantos años de mi vida sigue siendo la persona adecuada para mí si ya no me reconozco?”.

Como ella misma admite, Tetiana experimentó algo parecido. Dijo que su matrimonio nunca había ido mal, pero con el paso de los años empezó a sentir “un vacío”. Ella y Andrii intentaron un millón de cosas diferentes para revitalizarlo: arreglar su casa principal, comprar un departamento, tener un perro nuevo, pero nada funcionó, narró, y para ella la relación empezaba a parecerse a “un libro que ya leíste”.

La lealtad la mantuvo en el matrimonio, pero huir a otro país la puso en otro estado de ánimo.

A las pocas semanas de empezar su vida como refugiada, Tetiana conoció a un finlandés. La mujer comentó que fue muy difícil tocar el tema con Andrii. Lo llamó por teléfono y le dijo: “Ya no quiero seguir con nuestra relación. Quiero un lugar nuevo, una relación nueva y todo nuevo. Quiero una vida nueva”.

ANDRII

En ese momento yo iba en el auto. Sentí que me bañaban en agua hirviendo. No podía moverme, ni respirar. Me orillé. Incluso después de colgar, seguía temblando. Pensé que me estaba volviendo loco. Culpé a la guerra, a los rusos, a nuestro gobierno, a todos a mi alrededor.

Me sorprendió, sí, por completo. Me rehusaba a creerlo. Creí que era una especie de coqueteo y que iba a terminar, pero una noche a finales de mayo, la llamé, le envié mensajes de texto todo el día y no me devolvió las llamadas. Estuve despierto toda la noche y luego entendí: Tetiana está con otro hombre.

Por fin le envié un mensaje de texto que decía: “Lo entiendo todo”.

TETIANA

Pasó todo el verano. Andrii dijo que me apoyaba, pero no hizo nada. Tenía la esperanza de que cambiara de opinión. En agosto, le llamé de nuevo y le pedí su ayuda. Accedió a tramitar el divorcio porque él estaba en Ucrania; yo firmé los papeles aquí, en Finlandia, y se los envié en autobús.

Andrii y Tetiana concluyeron el trámite de divorcio en diciembre. No se han visto desde el día en que comenzó la guerra. Tetiana está estudiando finés y se prepara para convertirse en ciudadana finlandesa. Andrii vive solo.

Andrii pasa mucho tiempo trabajando con soldados que batallan con problemas de alcoholismo y drogadicción que, según él, han aumentado desde el inicio de la guerra.

El otro día, llevó a Tori, el perro más reciente de la familia, un shar pei sumamente leal, a un paseo en un parque de Dnipró. Al mirar a Tori, quien lo miraba constantemente, dijo medio en broma: “Esto es lo único que queda de mi familia”.

¿Qué cree esta pareja que habría ocurrido si su país no hubiera sido invadido?

TETIANA

Yo nunca habría hecho esto. Era un caso típico en el que no reconoces el problema hasta que lo ves desde fuera.

ANDRII

Estoy seguro de que seguiríamos casados, pero sigo enojado conmigo mismo por haber dejado que ocurriera, por no haber podido hacer algo para que se quedara conmigo.

Casi todos los días fantaseo con encontrarme con ella. En ocasiones, la culpo a ella y en otras a mí mismo, pero no estoy enojado con ella. La amo muchísimo. Incluso ahora.

c.2023 The New York Times Company

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