La genialidad de Charo

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La música Charo en su casa de Beverly Hills, California, el 23 de febrero de 2022. (Rosie Marks/The New York Times)
La música Charo en su casa de Beverly Hills, California, el 23 de febrero de 2022. (Rosie Marks/The New York Times)

BEVERLY HILLS, California — La energía de Charo estaba a tope. En cuanto se abrió la puerta de su residencia de estilo colonial español, fue de un lugar a otro de la propiedad mientras algunos empleados la seguían un poco impotentes mientras pronunciaba un monólogo continuo salpicado de bromas autocríticas.

“Este es mi atuendo más conservador”, comentó, señalando su suéter rojo escotado y su falda roja diminuta, su cabello rubio recogido en una cola de caballo al estilo de Pebbles Picapiedra mientras sumergía un recogedor de hojas en la piscina de su patio trasero. A continuación, estaba en una cueva española reconstruida, mostrando un escritorio que, según dijo, le hicieron creer que pertenecía a Miguel de Cervantes; luego estaba en su estudio, haciendo un saludo hacia una bandera estadounidense y cantando “José, ¿can you see?”; luego estaba en la cocina, balanceando una canasta de verduras en una rodilla mientras grababa un video improvisado para sus fanáticos de Instagram.

“Hola, amigos”, dijo, que es como comienza cada uno de sus mensajes. “Este es el secreto de la vida: pepinos, pimientos rojos, pimientos verdes. Aquí hay muchas vitaminas. Y es muy muy sexy”.

Charo comenzó en Estados Unidos en el mundo de los casinos y, más de 50 años después, todavía irradia un brillo de luz neón. Sigue teniendo un horario de club: la mayoría de las noches toca la guitarra hasta las 2 o 3 de la mañana, practicando para su próximo concierto en vivo. En el transcurso de esta tarde de febrero, tuvo tres cambios de vestuario, incluyendo su atuendo más serio, un esmoquin brillante creado por su hermana y diseñadora de vestuario, Carmen Lesher. La comedia de Charo es muy colorada y muchos de sus chistes solo se pueden publicar cuando las malas palabras se confunden con uno de sus gazapos efervescentes, como “Todo se va a ir a la miércoles”.

A decir verdad, está cansada de todo lo relacionado con el “cuchi-cuchi”, el eslogan que, junto con un vigoroso contoneo abdominal, la hizo famosa en la década de 1960, pero también dio paso a una persistente subestimación pública de sus talentos.

Sin embargo, el verdadero remate de la carrera de Charo es que, por mucho que la gente trate de catalogarla como “una estúpida cuchi-cuchi”, como ella dice, es una virtuosa guitarrista flamenca y clásica con un talento singular. En sus espectáculos, después de cantar y girar al ritmo de una serie de canciones disco, desaparece detrás del escenario, reaparece con el esmoquin, toma la guitarra y sorprende a todos. Durante años, Charo practicaba de manera disciplinada su guitarra todas las noches, aunque casi no tenía la oportunidad de tocar.

“Sabía que llegaría el día. Yo sería quien reiría al último”, aseguró. “Le dije a Carmen: ’Empieza a preparar los esmóquines’”.

La música Charo en su casa de Beverly Hills, California, el 23 de febrero de 2022. (Rosie Marks/The New York Times)
La música Charo en su casa de Beverly Hills, California, el 23 de febrero de 2022. (Rosie Marks/The New York Times)

CHARO NACIÓ... Esperen un momento. ¿Cuándo nació Charo? La edad de Charo es objeto de intensas especulaciones; su página de Wikipedia tiene una sección dedicada a una “controversia respecto del año de su nacimiento”.

Charo dice que nació en 1951 y que hace poco cumplió 71 años. Pero cuando apareció por primera vez en Estados Unidos en la década de 1960, del brazo del director de orquesta cubano Xavier Cugat, la prensa informó una fecha de nacimiento que databa de 1941. Durante años, eso convirtió a Charo en el blanco de una broma continua, donde ella era interpretada como una celebridad vanidosa desesperada por engañar al público haciéndoles creer que era más joven. Charo sabe que algunas personas no le creen (todavía recibe regalos en varios cumpleaños falsos), por lo que ha incluido todo en su actuación. “Sé lo que están pensando: ¡Vi a Charo hace 257 años!”, bromea en el escenario. “Mi secreto es que vine a Estados Unidos cuando mi cuchi-cuchi era solo un kichi-kichi.

Si se aceptara (como lo hago yo) que Charo tiene 71 años, y no 81 (como algunos insisten que debe tener), se correría el riesgo de cambiar la apreciación fácil y risueña de su legado. Se replantea todo el contexto de su carrera. Así: Charo nació en la España franquista, en un pueblo llamado Murcia, como María Rosario Pilar Martínez Molina Baeza, aunque su abuela la apodó de inmediato “Charo”, hipocorístico de Rosario. Charo y Carmen compartían un dormitorio que “parecía un establo”, decía. Allí jugaban a un juego: colocar un orinal peligrosamente entre sus camas, simulando que era el océano Atlántico, y saltar de cama en cama como si escaparan de España a Estados Unidos. Pasaban veranos en la granja de sus abuelos, donde las familias romaníes se instalaban e invitaban a las niñas a bailar flamenco y a tomar una guitarra y tocarla toda la madrugada.

Cuando Charo tenía 7 años, la dictadura franquista aterrorizó a su familia incautando sus bienes; su padre, abogado y profesor de negocios, fue expulsado del país y ella no lo vio durante diez años. “Es un trauma que nunca se olvida”, afirmó. “Nunca sabes cuándo te va a tocar”. Charo encontró refugio psicológico y, a veces, literal en la música, y a los 9 años, su familia reunió los fondos para comprar un boleto de un tren nocturno a Madrid, donde hizo una audición para estudiar en una escuela supervisada por la leyenda de la guitarra Andrés Segovia.
Charo fue la única chica que aceptaron en su clase, y “tan engreída” que le presumía a Segovia su talento cuando estaba en la ciudad; él le regaló la guitarra Manuel Ramírez que toca hasta el día de hoy. “Me enseñó a sostener la guitarra como si fuera un niño sobre tu corazón y también a tocar lo que tu corazón te dicta”, dijo.

De adolescente, Charo llegó a un programa de televisión infantil, una especie de “Plaza Sésamo” español, donde interpretaba a un diablito con coletas. Tenía 15 años cuando llamó la atención de Cugat, de 65 años, quien acababa de divorciarse por cuarta vez y estaba en busca de una nueva musa; quedó impresionado por la chica que cantaba “La bamba”. Cuando la localizó, la madre de Charo estaba furiosa; Charo forró su sostén con servilletas y le dijo que tenía 25 años. “Oye, esto era Estados Unidos”, comentó. Ella y su hermana “estaban saltando y cayendo en un orinal porque teníamos muchas ganas de ir a Estados Unidos”.

“Cugat”, como lo llamaba Charo, rápidamente se dio cuenta de que era una adolescente. Pero de todos modos la trajo a ella y a Carmen a Nueva York, las instaló en un departamento de Manhattan con una acompañante cubana llamada María y llevó a Charo a su espectáculo y la hizo su pareja, una decisión que generó el espectáculo mediático deseado. Charo dice que aumentó su edad en sus documentos de naturalización y su licencia de matrimonio (ella y Cugat se casaron en el Caesar's Palace en 1966) para vivir en Estados Unidos y hacerse pasar por adulta en los casinos. Desde entonces, ha descrito su matrimonio como un acuerdo comercial, pero fue un negocio que enriqueció principalmente a Cugat: Charo se sentía demasiado endeudada con él como para pedirle dinero.
Charo casi no hablaba inglés cuando vino a Estados Unidos. Encontró un instructor de inglés en el comediante Buddy Hackett y una asesora publicitaria en María, quien le aconsejó halagar los egos masculinos, especialmente el de Johnny Carson. “Siempre digo que era muy egoísta”, dijo Charo. Entonces, cuando aterrizó en “The Tonight Show” y solo pudo adivinar la insinuación sexual en las preguntas de Carson, se puso de pie y lo afirmó con un rotundo “¡Cuchi, cuchi, cuchi!”.

“No entendí lo que me estaba preguntando”, relató Charo. Pero a partir de ese día, “no hubo más Charo. La gente empezó a llamarme ‘la Niña Cuchi-Cuchi’”.
Charo aprendió rápido. Cuchi-cuchi funcionó, así que lo repitió hasta que se convirtió en un mantra que definía una personalidad que no podía ser ignorada. Incluso cuando “cuchi-cuchi” la redujo a un eslogan, amplió sus posibilidades de una carrera de entretenimiento independiente. Se convirtió en una figura fija del casino, una cantante pop y una figura habitual de la televisión, apareciendo en series como “Chico and the Man” y “El crucero del amor”, y fue una invitada tan frecuente en los programas de entrevistas durante la década de 1980 que un crítico sugirió ese género televisivo era una artimaña para mantener a “Charo empleada”.

Y, sin embargo, siempre había algo furtivo en las actuaciones de Charo, incluso cuando la cultura se esforzaba por encajonarla. Sus supuestos errores lingüísticos que en realidad eran albures —“No me malinteraprietes”— sugerían un dominio sofisticado del idioma y, mientras trabajaba para construir su propia carrera, se resistió a asimilarse a las expectativas estadounidenses. Cuando lanzó “Cuchi-Cuchi”, un álbum de 1977 de canciones dance y pop que grabó con la Orquesta Salsoul, luchó con el productor para integrar letras en español en todo el disco, a pesar de que le dijeron que alejaría a las audiencias pop estadounidenses. Ganó y “ese fue el comienzo del spanglish”, dijo Charo. “Yo fui una pionera”. Ese mismo año, se divorció de Cugat y solicitó a un juez que reconociera oficialmente su cumpleaños legal como el 15 de enero de 1951. También ganó esa batalla.

CUANDO CHARO CUENTA la historia de su carrera, parece una broma. Narra los detalles incómodos sobre el trauma, el desplazamiento, el desequilibrio de poder en su matrimonio, que se celebra como un espectáculo —y el hecho de que durante años su extraordinario y precioso talento se subestimaría de manera persistente para favorecer su imagen—, como si fueran una anécdota ligera e indulgente. Charo nunca ha permitido que nada de eso la agobie.

“Es fácil subestimar a Charo. Ella hace que sea fácil. Así lo permite. Eso es algo que tenemos en común”, opinó Paul Reubens, quien se hizo amigo de ella después de que interpretó “Feliz Navidad” en su especial navideño “Pee-wee’s Playhouse” en 1988. “Pero ella es una gran sorpresa. Si solo ves su brillo, aprecias solo una fracción de su esencia”.

En 1978, Charo se casó con el amor de su vida, el productor musical sueco Kjell Rasten, y en 1981 tuvieron un hijo, Shel. (Rasten se suicidó en 2019, después de sufrir la rara enfermedad de la piel penfigoide ampolloso). La experiencia la transformó, como si tener un hijo reavivara su sueño de la infancia. Se miró a sí misma y dijo: “¿Qué estás haciendo? Te vendiste”.

Empezó a reservar conciertos bajo sus propios términos: “Le dije a todo el mundo: ‘No más cuchi-cuchi. Si me invitan, tocaré mi guitarra’”. Lanzó su primer álbum de guitarra, “Guitar Passion”, en 1994, y desde entonces ha sido votada dos veces como la mejor guitarrista flamenca por los lectores de la revista Guitar Player. La canción de 1999 de Magnetic Fields “Acoustic Guitar” rinde homenaje a su poder: “Guitarra acústica, si crees que toco muy fuerte / Bueno, podrías haber pertenecido a Steve Earle o Charo, o GWAR”.

UNA NOCHE EN marzo, Charo subió al escenario por primera vez en dos años, en el centro del casino Mohegan Sun en Connecticut. El telón de fondo se diseñó como una pared de roca escarpada y una audiencia poco animada de apostadores fue de las máquinas tragamonedas a los asientos del Wolf Den, un lugar rodeado por imponentes postes de madera coronados con esculturas de lobos en pose de aullar. En el momento en que Charo salió al escenario con un minivestido color oro rosa con lentejuelas y guantes sin dedos hasta el codo a juego gritando: “¡Viva España!”, ese espacio artificial ligeramente deprimente se sintió vivo de repente.

Charo presentó al director musical Patrick Karst y a otros tres miembros de la banda vestidos de esmoquin con nombres que ella modificó descaradamente (Patricio, Paco, Mateo, Pablo) y ejecutó una rutina infundida de música disco, cantando “Hot, Hot, Hot”, “Chiquitita” y “Fernando”, girando sus brazos como una muñeca Barbie articulada y ofreciendo consejos de ejercicios entre sentadillas intensas. Después de un par de números, fue hasta donde se encontraba la audiencia, tomó la cabeza de un hombre y la puso contra su pecho, trató de sentarse en el regazo de otro y luego saludó a otro despojándolo de su “hoodie” marca Champion. “¡Son hermosos!”, les dijo cuando volvió al escenario. “¿Dónde está el hombre al que desnudé? ¡Eres muy sexy!”.

“Ahora que me conocen muy bien, me voy a sentar a tocar mi guitarra”, anunció Charo. Se puso una falda blanca y dorada hasta el suelo, diseñada por Carmen, y se sentó en un taburete. Comenzó con “Caliente”, un tema de “Guitar Passion”, y luego pasó a “Recuerdos de la Alhambra”, una pieza de guitarra clásica muy difícil que crea el sonido ilusorio del agua que cae. Era una canción intensamente personal que, según me dijo más tarde, “nadie con cerebro tocaría en un local de apuestas”, pero que ella, tras décadas de práctica, estaba por fin preparada para interpretar en vivo, sin ningún acompañamiento. Mientras la tocaba, también estaba interpretando la historia de su carrera, desde el llamativo ajetreo hasta la sublime recompensa.

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