Estados Unidos está tomando un curso intensivo de incertidumbre científica

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Cathy Baum, a la derecha, y su marido, Mark, visitan a su madre, Paulette Becker, en Tall Oaks Assisted Living en Reston, Virginia, el 11 de agosto de 2020. (Alyssa Schukar/The New York Times)
Cathy Baum, a la derecha, y su marido, Mark, visitan a su madre, Paulette Becker, en Tall Oaks Assisted Living en Reston, Virginia, el 11 de agosto de 2020. (Alyssa Schukar/The New York Times)

Cuando el coronavirus surgió el año pasado, nadie estaba preparado para que invadiera cada aspecto de nuestra vida diaria durante tanto tiempo y de una manera tan insidiosa. La pandemia ha forzado a los estadounidenses a tomar decisiones de vida y muerte todos los días durante los últimos 18 meses y no se vislumbra un final en el horizonte.

Al parecer, el conocimiento científico del virus cambia cada hora. El virus se transmite solamente por contacto cercano o mediante superficies contaminadas, pero luego resulta que se propaga por vía aérea. El virus muta lentamente, pero luego emergió en una serie de formas nuevas y peligrosas. Los estadounidenses no necesitan usar cubrebocas. No, esperen, mejor sí.

En ningún punto de esta saga el suelo que pisamos se ha sentido tan inseguro como ahora. Apenas la semana pasada, las autoridades federales de salud dijeron que, en los próximos meses, comenzarían a ofrecer inyecciones de refuerzo a todos los estadounidenses. Unos días antes, esas mismas autoridades le habían asegurado al público que las vacunas estaban resistiendo bien en contra de la variante delta del virus y que los refuerzos no serían necesarios.

Se espera que el lunes la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos apruebe de modo oficial la vacuna de Pfizer-BioNTech, la cual ya se ha administrado a decenas de millones de estadounidenses. A algunos opositores les parece sospechoso que la vacuna no haya sido aprobada de manera formal y que, sin embargo, se distribuya a gran escala. Al parecer, para ellos, la “autorización de emergencia” nunca ha sido suficiente.

Los estadounidenses están viviendo la ciencia en carne propia conforme esta se desarrolla en tiempo real. El proceso siempre ha sido fluido, impredecible. Pero rara vez se ha movido a esta velocidad, en la que los ciudadanos tienen que enfrentarse a los hallazgos de las investigaciones tan pronto estos son entregados, un flujo de entregas a domicilio que nadie pidió y nadie quiere.

¿Es demasiado peligroso visitar a mi padre enfermo? ¿Acaso los beneficios de la educación presencial prevalecen sobre la posibilidad de que mi hijo se enferme? ¿Mi reunión familiar se convertirá en un evento superpropagador?

Vivir con un enemigo caprichoso ha sido inquietante incluso para los investigadores, funcionarios de salud pública y periodistas que están acostumbrados a la naturaleza mutable de la ciencia. También ellos han agonizado mucho sobre la mejor manera de mantenerse seguros ellos mismos y a sus seres queridos.

La gente protesta contra las órdenes de vacunación obligatoria del personal en el Hospital Duke en Durham, Carolina del Norte, el 30 de julio de 2021. (Cornell Watson/The New York Times)
La gente protesta contra las órdenes de vacunación obligatoria del personal en el Hospital Duke en Durham, Carolina del Norte, el 30 de julio de 2021. (Cornell Watson/The New York Times)

Pero a los estadounidenses frustrados, los cuales no están familiarizados con el camino sinuoso y a menudo contencioso que lleva al descubrimiento científico, a veces les ha parecido que las autoridades de salud pública están moviendo de lugar la portería, dan marcha atrás, engañan o incluso le mienten al país.

En general, los científicos “avanzan de manera muy gradual”, afirma Richard Sever, director adjunto de Cold Spring Harbor Laboratory Press y fundador de dos sitios web populares, bioRxiv y medRxiv, donde los científicos publican nuevas investigaciones.

“La gente se está metiendo en callejones sin salida y, muchas veces, como que no sabes qué es lo que no sabes”.

La biología y la medicina son campos particularmente demandantes. Las ideas se evalúan durante años, a veces décadas, antes de que sean aceptadas.

Los investigadores primero formulan la hipótesis y luego diseñan experimentos para ponerla a prueba. Los datos de cientos de estudios, en ocasiones de equipos rivales, son analizados antes de que la comunidad de expertos llegue a una conclusión.

En el entretiempo, los científicos presentan los hallazgos a sus colegas, a menudo en conferencias especializadas en las que no pueden participar ni los periodistas ni el público en general y pulen sus ideas en función de los comentarios que reciben. No es raro ver que los asistentes a estas reuniones señalen —a veces con dureza— todos los defectos de los métodos o las conclusiones de un estudio, por lo que el autor tiene que regresar al laboratorio para realizar más experimentos.

Pasaron 15 años entre la descripción de los primeros casos de VIH a la identificación de dos proteínas que el virus necesita para infectar las células, un hallazgo crucial para investigar una cura. Incluso después de que un estudio ha alcanzado una conclusión satisfactoria, este debe someterse a un examen riguroso en una revista científica arbitrada, lo cual podría añadir un año o más antes de que los resultados se hagan públicos.

Medido en esa escala, los científicos se han familiarizado con el coronavirus a una velocidad espectacular, en parte debido a que se han acelerado los cambios al proceso anteriormente descrito, los cuales ya se habían iniciado.

Los resultados de tratamientos, los modelos epidemiológicos, los descubrimientos virológicos, es decir las investigaciones sobre todos los aspectos de la pandemia están disponibles en línea casi tan rápido como los autores terminan sus manuscritos. Los estudios “preimpresos” se diseccionan en internet, sobre todo en Twitter, o en correos electrónicos entre expertos.

Lo que no han hecho los investigadores es explicar, de modo que el ciudadano promedio pueda entender, que así es como ha funcionado siempre la ciencia.

Los desacuerdos y debates que se están desarrollando en público, en lugar de en conferencias cerradas, dan la falsa impresión de que la ciencia es arbitraria o que los científicos se inventan las cosas sobre la marcha.

“De lo que un no científico o el ciudadano común no se da cuenta es de que hay una masa enorme de información y consenso en el que las dos personas que están discutiendo sí estarán de acuerdo”, afirmó Sever.

Considerando todo lo anterior, ¿de verdad es muy sorprendente que los estadounidenses se sientan desconcertados y engañados, incluso enfurecidos, por las reglas inconstantes que tienen implicaciones profundas en su vida?

Las agencias federales tienen una tarea poco envidiable: crear lineamientos que se necesitan para vivir con un virus desconocido que se propaga con facilidad. Pero las autoridades sanitarias no han reconocido con suficiente claridad o frecuencia que sus recomendaciones podrían cambiar —y muy probablemente en efecto así sucederá— a medida que el virus, y su conocimiento de este, evolucionen.

“Desde el inicio de esta pandemia, han hecho un trabajo de quinta, por decirlo de la mejor manera posible”, sostuvo Syra Madad, epidemióloga de enfermedades infecciosas del Centro Belfer de Ciencia y Asuntos Internacionales de la Universidad de Harvard.

Los líderes de Estados Unidos y el Reino Unido han prometido demasiado y demasiado pronto, y han tenido que dar marcha atrás. Los funcionarios de salud no han logrado justificar que los consejos cambian conforme los científicos aprenden más sobre el virus.

Y las autoridades no han definido en realidad el final de la pandemia: por ejemplo, que el virus finalmente cederá su tiranía una vez que las infecciones caigan por debajo de una determinada marca.

Sin un objetivo claramente delineado, da la impresión que los funcionarios están pidiendo a la gente que renuncie a sus libertades de manera indefinida.

Un retroceso sorprendente fue la directiva de uso de cubrebocas que emitieron los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés). La agencia dijo en mayo que las personas vacunadas podían dejar de usar las mascarillas, consejo que ayudó a preparar el terreno para la reapertura nacional. Los funcionarios no hicieron hincapié, o al menos no lo suficiente, en que las mascarillas podrían volver a ser necesarias. Ahora, con un nuevo aumento de las infecciones, lo han vuelto a ser.

“Puede ser muy difícil para la percepción y comprensión del público cuando estas organizaciones grandes parecen revertir el camino de una manera que no es realmente clara”, comentó Ellie Murray, comunicadora científica y experta en salud pública en la Universidad de Boston.

Tanto la información como la desinformación sobre el COVID-19 circulan por internet, en especial en las redes sociales, mucho más ahora que en las crisis de salud pública anteriores. Esto representa una gran oportunidad para llenar las lagunas de conocimiento de muchos estadounidenses.

Sin embargo, las autoridades sanitarias no han aprovechado al máximo esta oportunidad. Las noticias de los CDC en Twitter son un flujo robótico de comunicados. Los expertos de la agencia no solo tienen que transmitir mensajes, sino también responder a preguntas sobre cómo los datos que van surgiendo se aplican a la vida de los estadounidenses.

Asimismo, las autoridades sanitarias deben ser más ágiles, para que los malos actores no dominen el discurso mientras el asesoramiento real se retrasa por una burocracia que tiene una tradición de ser engorrosa.

“No se están moviendo a la velocidad que se está moviendo esta pandemia”, afirmó Murray. “Obviamente, esto crea una percepción en el público de que no se puede tan solo confiar en las fuentes de noticias más oficiales”.

El camino que queda por delante será difícil. El virus depara más sorpresas y los mitos que ya se han arraigado serán difíciles de borrar. Pero no es demasiado desear que las lecciones aprendidas en esta pandemia ayuden a los expertos a explicar futuros brotes de enfermedades, así como otros problemas apremiantes, como el cambio climático, en los que las acciones individuales contribuyen al conjunto.

El primer paso para educar al público y ganarse su confianza es hacer planes, y luego comunicarlos con honestidad, con todo y sus fallas e incertidumbre.

© 2021 The New York Times Company

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