Estados Unidos es el único país que idolatra las armas | Opinión

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Los estudios sociológicos indican que la capacidad de atención de la mayoría del público tras una tragedia es de solo cuatro días. Escalofriante. La gente olvida y los culpables triunfan. En el país de la desmemoria esta intenta ser una columna contra el olvido.

La violencia de las armas en Estados Unidos tiene causas muy obvias y soluciones muy claras. Solo es necesario destapar la verdad esa gran víctima—, enterrada desde hace décadas por el lobby de las armas bajo una montaña de falsedades, intimidaciones, compra de voluntades políticas, etc.

Si todos esos debates estériles en la televisión dejaran de enfocarse obsesivamente en un aspecto (con frecuencia nimio) y en cambio analizaran en profundidad la verdadera raíz de esta tragedia, el país empezaría a salir de la hipnosis y la impotencia. La sociedad se armaría de valor, en vez de pistolas.

Y no solamente la televisión y otros medios de comunicación deben cambiar de paradigma, se requiere un esfuerzo conjunto de la sociedad, que salgamos del individualismo y apuntemos (nunca mejor dicho) al bien común. Ya sé que suena a Pollyanna, pero los grandes cambios en la humanidad casi siempre han partido del optimismo.

E incluso cuando flaquea el optimismo hay que perseguir la victoria, porque “a veces hay que saber luchar no solo sin miedo sino también sin esperanza”, como dijo sabiamente en su día el expresidente de Italia, Sandro Pertini.

El peor de los dramas es dejar de luchar por estar viviendo “con” miedo y “sin” esperanza. Ese es el perverso éxito que ha conseguido la propaganda armamentística.

La hipnosis ha ido tomando dos formas con el tiempo. En un sector de la sociedad, el más sensibilizado y consciente sobre la locura de las armas, se ha instalado la resignación, como si los tiroteos fueran parte ineludible de la vida. Y otro sector venera las armas hasta tal punto de convertirlo en una idolatría, y llegar a confundir la libertad con el absolutismo.

Nadie mejor que el entristecido abuelo de uno de los niños asesinados en la matanza de Uvalde, Texas, ha expresado el daño que inflige la idolatría a Estados Unidos: “Ya no es ‘In God we Trust’ ahora es ‘In Guns we Trust’, qué desgracia para este país”.

El saldo de las “sacrosantas” armas asciende ya este año a 247 tiroteos masivos (la cifra no es un error, 247, en menos de seis meses). Y las muertes totales —incluidos homicidios, suicidios, etc.— suman 18,719 durante el mismo periodo, según el Gun Violence Archive, que contabiliza diariamente los casos y las víctimas.

Todos sabemos quién maneja los hilos de este teatro del horror: el lobby encabezado por la Asociación Nacional del Rifle (NRA), que mueve billones (con b) de dólares y millones de mentes. Mentes cautivas de sus atemorizadores mensajes sobre unos fantasmas que nunca acaban de llegar (“el gobierno te va a quitar las armas”, “defiéndete porque ni ellos ni nadie te van a defender”)… Y así, con la eterna espera de los fantasmas, perpetúan el ciclo.

Siglo y medio (desde su fundación en 1871) lleva el NRA lavando cerebros para vender armas y municiones. Actualmente hay en manos de civiles 400 millones de pistolas, rifles, metralletas, fusiles automáticos y de asalto; incluidas 20 millones de armas de guerra como los AR-15, favoritos de los perpetradores de masacres. Una maquinaria bien engrasada de dolares ensangrentados.

“Las teorías conspirativas venden muchas armas” afirma Ryan Busse, ex alto ejecutivo de la industria de las armas durante 25 años, de la que se salió porque le pesaba la conciencia, y luego confesó las siniestras tácticas urdidas por la industria en su libro: Gunfight: My Battle Against the Industry that Radicalized America (Lucha armada: mi batalla contra la industria que ha radicalizado América).

El lucrativo negocio se nutre ante todo de la radicalización, y esta a su vez alimenta la política de la división, creando un intricado círculo: mentes radicalizadas que votan a políticos afines —sumisos o sometidos— que son quienes se encargan de garantizar el boicot a cualquier reforma sensata.

(Las minúsculas medidas que se discuten en el Senado tras la matanza de Uvalde son puro maquillaje, se centran en la salud mental, excusa favorita del NRA y sus cómplices. ¿O acaso no hay enfermos mentales en el resto del mundo? La diferencia es que no tienen acceso a armas.

Impensable es en EEUU regular las armas como se regulan todas las demás industrias, hasta el extremo de que es la única blindada contra demandas. Y ni hablar de derogar —o si quiera enmendar— la Segunda Enmienda, como propuso el juez de la Corte Suprema John Paul Stevens. La interpretación distorsionada de esa enmienda, a manos del lobby armamentístico, llevó incluso al ultraconservador juez Antolin Scalia a dictaminar que el “derecho a las armas NO es ilimitado”.

Todos han resultado intentos vanos. El NRA, que se identifica al cien por cien con el Partido Republicano, ha logrado con su apoyo en el Congreso boicotear durante décadas medidas para detener la carnicería que ha hecho de Estados Unidos el único país del mundo donde ocurren masacres, y donde diariamente mueren a balazos un promedio de 110 personas.

La idolatría de las armas en Estados Unidos es excepcional, en el peor sentido de la palabra. Somos la excepción. Somos memoria sitiada por el olvido, nunca lo olviden.

Rosa Townsend es periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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