Médicos dicen que cantidad de pruebas del coronavirus siguen siendo un desastre en EEUU

Donald G. McNeil Jr.
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Un gimnasio techado en Miami, el 13 de julio de 2020. (Scott McIntyre/The New York Times)
Un gimnasio techado en Miami, el 13 de julio de 2020. (Scott McIntyre/The New York Times)

Una vez más, el coronavirus va en ascenso. A medida que los contagios aumentan, los estadounidenses se están dando cuenta de que ahora la epidemia es imparable y ningún rincón del país quedará ileso.

Hasta el sábado, el patógeno había infectado a unos 4,6 millones de estadounidenses y causado el fallecimiento de más de 153,000. Muchos expertos temen que el virus pueda matar a 200.000 o tal vez a 300.000 personas para finales de año. Incluso el presidente Donald Trump, después de rehusarse a usarlo durante meses, se ha puesto el cubrebocas.

Cada uno de los estados y de las ciudades tienen sus propias crisis provocadas por sus propios factores de riesgo: multitudes de vacacionistas en uno, reaperturas de bares demasiado prematuras en otro, una rebelión contra los cubrebocas en un tercero.

“Estamos en una situación peor de la que teníamos en marzo” cuando el virus pasó por Nueva York, afirmó Leana Wen, ex comisionada de salud de Baltimore. “En ese entonces había un epicentro. Ahora tenemos muchos”.

Con el fin de evaluar hacia dónde se dirige el país, The New York Times entrevistó a 20 expertos en salud pública, no solo médicos clínicos y epidemiólogos, sino también historiadores y sociólogos debido a que la propagación del virus es resultado tanto del comportamiento de las personas como del virus mismo.

No solo las ciudades del sur y del oeste de Estados Unidos están enfrentando brotes letales, sino que también las zonas rurales están resultando afectadas. Los expertos afirmaron que, en todas las regiones, la gente de color seguirá sufriendo de una manera desproporcionada.

Los investigadores advierten que, aunque tal vez nadie quiera que haya una suspensión de actividades a nivel nacional, se deben extremar las restricciones locales cada vez que sea necesario. La realización de pruebas debe volverse más focalizada.

En la mayoría de los estados el rastreo de contactos es irrelevante; sencillamente hay demasiados casos como para hacer un seguimiento. Y, aunque se ha avanzado con las vacunas, no se espera que pueda fabricarse alguna para este invierno y así evitar lo que muchos temen que se convierta en una nueva oleada de fallecimientos.

Con tantos recursos y tantos conocimientos médicos, ¿cómo pudimos haber actuado tan mal?

“La creencia en un excepcionalismo estadounidense y la arrogancia nacional no nos han ayudado en nada”, señaló Martha Lincoln, antropóloga médica e historiadora en la Universidad Estatal de San Francisco. “No estábamos preparados para ver el riesgo del fracaso”.

Lo que hemos aprendido del COVID-19

Desde que se descubrió que el coronavirus era la causa de las neumonías letales en Wuhan, China, a fines de 2019, los científicos han logrado tener más conocimientos sobre ese enemigo.

Es extremadamente contagioso, no solo a través de las gotículas que las personas esparcen cuando tosen, sino mediante el rocío que expelen cuando hablan a un volumen alto, se ríen o cantan y que puede permanecer en los entornos cerrados. Como resultado, los cubrebocas son mucho más eficaces de lo que creían los científicos.

El virus que portan las personas asintomáticas o con síntomas leves puede ser contagioso.

Cubrebocas caseros a la venta en Dinuba, California, el 5 de julio de 2020. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)
Cubrebocas caseros a la venta en Dinuba, California, el 5 de julio de 2020. (Ryan Christopher Jones/The New York Times)

La infección puede comenzar en los pulmones, pero es muy diferente al virus de la influenza, un virus del sistema respiratorio. En pacientes muy graves, es posible que se adhiera a receptores ubicados dentro de las venas y las arterias, y que de ahí llegue a los riñones, al corazón, al intestino e incluso al cerebro y asfixie estos órganos con cientos de coágulos sanguíneos diminutos.

La mayoría de las víctimas del virus son personas mayores, pero los adultos jóvenes no se han librado, sobre todo aquellos que padecen obesidad, hipertensión o diabetes.

Hasta la fecha, ninguno de los medicamentos en los que se tenían muchas esperanzas ha brindado una cura rápida. Se ha demostrado que con un antiviral, el remdesivir, se ha logrado reducir el tiempo de estancia en el hospital de los pacientes, mientras que un esteroide común y corriente, la dexametasona, ha ayudado a salvar a algunas personas que estaban muy graves.

Es posible que, para fines del año, haya a la disposición una o varias vacunas, lo cual sería un logro espectacular. Pero, para ese entonces, tal vez el virus ya haya llegado a prácticamente todos los pueblos y ciudades del mundo.

Se deben focalizar las soluciones

Algunos expertos, como Michael Osterholm, director del Centro de Investigación y Política de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Minnesota, sostiene que solo una suspensión de actividades en todo el país puede contener completamente el virus. Otros investigadores creen que es políticamente imposible, pero subrayan que las localidades deben contar con la libertad de actuar rápido y aplicar medidas estrictas.

Según los expertos, se debe dar énfasis a las pruebas, no solo brindarlas en los estacionamientos de las tiendas, y deben ser más generalizadas en instituciones como asilos de ancianos, prisiones, fábricas u otros lugares donde exista el riesgo de una superpropagación. Las pruebas deben ser gratuitas en aquellos lugares donde la gente es pobre o no cuenta con seguro.

Nada de esto será posible a menos que la capacidad del país para realizar pruebas, que es un desastre permanente, se amplíe significativamente. Por el momento, Estados Unidos realiza pruebas a aproximadamente 800.000 personas al día, cerca del 38 por ciento de lo que algunos expertos consideran necesario.

Según los investigadores, es primordial que el uso del cubrebocas sea universal en interiores y exteriores en todos los lugares donde la gente se reúna a menos de dos metros de distancia.

Los argumentos en torno a que las mascarillas vulneran los derechos individuales se deben combatir por medio de ordenamientos normativos y con métodos persuasivos. “Necesitamos que haya más emisarios con credibilidad que promocionen los cubrebocas”, señaló Wen, justo antes de que el presidente mismo se convirtiera en uno de ellos. “Estos podrían ser directores generales de empresas, celebridades o líderes religiosos. Poblaciones diversas se ven influidas por diferentes tipos de personas”.

Las imágenes que muestran a estadounidenses que no respetan el distanciamiento social se han convertido en una constante en los noticiarios. Pero las fotografías son engañosas: los estadounidenses aceptan más el distanciamiento social de lo que en ocasiones reflejan los medios, señaló Beth Redbird, socióloga de la Universidad del Noroeste que desde marzo ha realizado encuestas periódicas a 8000 adultos sobre el impacto del virus.

“Aproximadamente el 70 por ciento de los estadounidenses afirman que usan cubrebocas de todo tipo”, mencionó.

Redbird mencionó que el indicador clave a principios de julio fue si el encuestado confiaba o no en Trump. Era menos probable que quienes confiaban en él mantuvieran el distanciamiento social.

El hecho de que la gente apoyara o no algunas medidas coercitivas como la orden de permanecer en casa o el cierre de los bares dependía de cuánto temor tenía el encuestado.

“Cuando el aumento de los casos hace que la gente tenga más miedo, respalda más las medidas que restringen la libertad”, señaló Redbird. Y añadió que no habrá recuperación económica “hasta que las personas dejen de tener miedo. Si están temerosas, no saldrán ni gastarán dinero, incluso si están autorizadas para hacerlo”.

El peligro de los espacios cerrados

Según la información de una base de datos que alimenta el Times, hasta el miércoles, estaban aumentando los nuevos contagios en 33 estados, en Puerto Rico y en el distrito de Columbia.

Hace algunas semanas, expertos como Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, estaban recomendando que en los estados donde estaba aumentando la propagación del virus se suspendiera la reapertura y cerraran los bares, además de prohibir las grandes concentraciones de personas y exigir el uso de cubrebocas.

Muchos de esos estados finalmente están siguiendo esa recomendación, pero todavía no se sabe si este cambio a nivel nacional ha sucedido a tiempo para evitar que la ola más reciente de decesos supere el pico de 2750 diarios acaecidos en abril. Ahora, el promedio de muertes diarias por el virus es de 1106 en todo el país.

Los expertos señalaron que los fallecimientos pueden aumentar incluso más cuando las temperaturas frías, la lluvia y la nieve obliguen a los estadounidenses a reunirse en espacios interiores, comer bajo techo y apiñarse dentro del transporte público.

Según un estudio dirigido por Rochelle Walensky, jefa de enfermedades infecciosas en el Hospital General de Massachusetts en Boston, las zonas rurales enfrentan otro riesgo. Casi el 80 por ciento de los condados del país ni siquiera tiene un especialista en enfermedades infecciosas.

Los expertos tienen opiniones encontradas sobre la participación que tendrá la influenza en el otoño. Una temporada de gripes fuertes podría desbordar los hospitales con pacientes con neumonía que necesiten respiradores. Pero algunos dijeron que la temporada de influenza podría ser leve o casi inexistente este año.

Por lo general, el virus de la influenza migra del hemisferio norte al hemisferio sur en la primavera —supuestamente con las personas que se trasladan vía aérea— y luego regresa en el otoño, con nuevas mutaciones que quizás no sean compatibles con la vacuna anual.

Pero este año, según los reportes de FlueView de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés), la suspensión de actividades a nivel nacional terminó con el contagio de influenza a finales de abril. Los vuelos internacionales se han restringido de manera drástica, y este año ha habido poca influenza en todo el hemisferio sur.

Soluciones parcialmente eficaces al coronavirus

Los expertos que están familiarizados con la fabricación de vacunas y medicamentos estaban decepcionados de que, hasta ahora, solo la dexametasona y el remdesivir hayan resultado ser tratamientos eficaces, y solo de manera parcial.

La mayoría creía que los anticuerpos monoclonales —las proteínas humanas clonadas que pueden crecer en un cultivo celular— representaban la mejor esperanza hasta que llegaran las vacunas. Regeneron, Eli Lilly y otras farmacéuticas están trabajando en otros candidatos.

Según la información de una base de datos recopilada por el Times, los investigadores de todo el mundo están desarrollando más de 165 proyectos de vacunas y 27 de estos se encuentran en la fase de ensayo en humanos.

La Administración de Medicamentos y Alimentos ha dicho que una vacuna podrá ser aprobada aunque solo tenga una eficacia del 50 por ciento. Los expertos afirmaron que podrían aceptarla, al menos de manera inicial, porque la primera vacuna aprobada puede salvar vidas mientras continúan las pruebas para tener mejores alternativas.

“Una vacuna no tiene que funcionar a la perfección para que sea útil”, afirmó Walensky. “Hasta con la vacuna para el sarampión, en ocasiones la gente puede contraer la enfermedad, pero de manera leve y sin representar riesgo de contagio. No sabemos si una vacuna funcionará en la gente mayor. Pero cualquier vacuna segura y medianamente eficaz ayudaría”.

Sin embargo, los expertos alertaron que la prisa tiene riesgos, sobre todo cuando los opositores a las vacunas difunden el miedo. Si se lanza una vacuna de manera apresurada al mercado sin que se hayan realizado pruebas exhaustivas y los destinatarios resultan perjudicados con ella, podría haber un retraso en todos los programas de vacunación durante años.

Acerca de las minorías

Sin importar la dimensión que alcance el virus, existe un riesgo que sigue siendo constante. Incluso en los estados donde hay pocos residentes negros y latinos, por lo general son los que resultan más afectados, señalaron los expertos.

Es más probable que la gente de color tenga empleos que requieren su presencia física y algunas veces un contacto cercano. Hay más probabilidades de que dependan del transporte público y de que vivan en vecindarios donde no haya muchas tiendas de comestibles y, las pocas que hay, se encuentren abarrotadas.

Es más probable que residan en viviendas hacinadas y en casas donde habiten varias generaciones, lo cual imposibilita el aislamiento cuando se presenta la enfermedad. Tienen una proporción más alta de obesidad, hipertensión, diabetes y asma.

Los datos recabados a nivel federal hasta el 28 de mayo demuestran que los estadounidenses negros y latinos tenían tres veces más probabilidades de contagiarse que sus vecinos blancos, y dos veces más probabilidades de morir, incluso cuando viven en condados rurales remotos que tienen pocos residentes negros o latinos.

Las diferencias persisten a pesar de que los adultos negros y latinos modificaron de manera drástica su comportamiento. En un estudio, se descubrió que, a inicios de mayo, los estadounidenses negros promedio mantenían más distanciamiento social que los estadounidenses blancos promedio.

El factor principal que hace que la gente adopte una conducta de autoprotección es que conozcan personalmente a alguien que se haya enfermado, comentó Redbird. En sus encuestas descubrieron que, para fines de la primavera, los estadounidenses negros y latinos tenían un 50 por ciento más de probabilidades que los estadounidenses blancos de conocer a alguien que se hubiera enfermado por el virus.

Una lección que con seguridad vamos a aprender es que el país tiene que estar mejor preparado para los ataques de microbios, señaló Julie Gerberding, exdirectora de los CDC. “Este no es un suceso que se presente una sola vez a lo largo del siglo. Es un presagio de otras cosas por venir”.

This article originally appeared in The New York Times.

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