El desconocido país que podría enfrentar a Rusia con Occidente

Boris Leonardo Caro

Lejos de las tierras del extinto imperio, la memoria de la Unión Soviética parece disiparse salvo en la nostalgia de algunos militantes encanecidos. Pero en sus antiguos dominios el derrumbe del mastodonte comunista dejó un reguero de conflictos territoriales que aún perdura. Uno de ellos gravita entre la curiosidad turística y la posibilidad de transformarse en el centro de una futura guerra entre Moscú y Occidente.

La estatua de Lenin frente al Soviet Supremo de Transnistria, como si nada hubiese ocurrido (Stefan Krasowski – Flickr CC)

Transnistria, un país cuyo nombre recuerda alguna novela de fantasía heroica, se extiende entre la margen oriental del río Dniéster, su frontera natural con Moldavia, y Ucrania al este. Más de medio millón de personas habitan en esa franja de tierra que hace apenas 25 años vivió una corta guerra por su independencia. Y hasta hoy existe como un estado soberano, aunque casi ningún gobierno u organización internacional lo reconozca.

Monumento a las tropas soviéticas que derrotaron a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, en Tiraspol (Stefan Wisselink – Flickr)

Una reliquia soviética

Los visitantes que llegan a Tiraspol, la capital de Transnistria, pueden hacerse una idea bastante cercana de cómo lucía el universo soviético pocos años antes de su colapso.

La bandera exhibe sin rubor la hoz y el martillo, símbolo de la alianza entre la clase obrera y los campesinos, mientras la estrella roja representa al partido comunista, que debía erigirse en vanguardia dirigente de la dictadura del proletariado. El escudo añade un mazo de productos agrícolas, ejemplo de la riqueza generada bajo ese sistema. La historia demostró que los trabajadores estaban unidos, cierto, mas en la sumisión a regímenes autoritarios manejados por la elite comunista. El paraíso socialista solo se realizó para estos últimos en detrimento de los primeros.

Transnistria ha conservado también las estatuas de Lenin, que en las demás ex repúblicas soviéticas fueron derribadas o relocalizadas en sitios menos prominentes. En la vecina Ucrania, por ejemplo, se estima que a inicios de la década de 1990 había 5.500 esculturas del fundador de la URSS. Y quizás tanta ira contra el líder de los soviets sea exagerada, si lo comparamos con Iósif Stalin, artífice de la muerte de decenas de millones de personas.

Los símbolos soviéticos sobrevivieron al fin de la era comunista en Tiraspol (Maxence – Flickr CC)

Una de las estatuas de Lenin se yergue frente al edificio del parlamento en Tiraspol. Como si el tiempo no hubiese pasado, los políticos locales mantienen el nombre de la era rusa: Soviet Supremo. Sin embargo, las costumbres políticas han cambiado notablemente porque el país celebra elecciones más o menos democráticas cada cinco años. Igor Smirnov, el primer presidente del país tras la insurrección en 1992, gobernó hasta el año pasado.

Los retratos de Putin abundan en la capital de Transnistria (Buen Viajero – Flickr CC)

En lugar de retratos de los líderes del Partido Comunista de la URSS, en Transnistria abundan las fotografías de Vladimir Putin. El mandatario es visto como un salvador por la mayoría rusoparlante, que se siente amenazada por la cercanía de Moldavia a Rumanía y en general a una Europa hostil al principal inquilino del Kremlin.

Si no fuese por el fervor hacia Putin y el deseo, expresado en las urnas, de integrarse a Rusia, Transnistria se esfumaría en la marea política como un conflicto menor. Sin embargo, ese pedazo de tierra tiene un peso no deleznable en la balanza de la diplomacia en la región.

Transnistria cuenta con un pequeño ejército apoyado por las tropas rusas (Adevarul.Ro)

Un país en el vórtice

Cierto, los asuntos de Transnistria poco afectan, al menos directamente, el curso de la vida de este lado del Atlántico. Los centroamericanos y las maras, los venezolanos y la represión, los brasileños y la corrupción, los mexicanos y la violencia… ¿qué importa lo que suceda en ese confín?

Tiraspol ha conservado los monumentos que ensalzaban el poder militar de la URSS (mobiledisco – Flickr CC)

Sin perdernos en los entresijos diplomáticos del conflicto que implica también a Moldavia, Rusia, Ucrania, la Unión Europea y Estados Unidos –asistentes a una mesa de negociaciones incapaz de zanjar el diferendo—los acontecimientos en años recientes en esa zona han revivido las tensiones de la Guerra Fría. Recordemos la ocupación de Crimea por el ejército ruso y la guerra civil en la cuenca del Donéts, en Ucrania.

Más de 1.000 militares rusos permanecen acantonados en Transnistria desde 1992, con el objetivo declarado de mantener la paz. Esta fuerza es considerada con desconfianza por ucranianos y moldavos. Moscú ha sostenido este contingente como un puesto avanzado ante el avance de la OTAN hacia las fronteras de la antigua URSS.

A inicios de este mes el Soviet Supremo de Transnistria solicitó a Rusia el reconocimiento de la documentación emitida por el gobierno de Tiraspol (pasaportes y otros), en un intento de contrarrestar amenazas de Kiev y Chisinau (capital de Moldavia). El Kremlin ha respondido con cautela, porque prefiere utilizar a sus pequeños aliados como advertencia para sus enemigos europeos.

Más allá de los vestigios de la era soviética, el conflicto de Transnistria perpetúa una Guerra Fría cuyas repercusiones se sienten en el resto del planeta. Esa tensión enconada entre Moscú, Washington, Europa y de manera creciente Pekín, nos condena a todos a seguir viviendo en el pasado.