Anuncios

Doscientos años de Barbieri, mucho más que el compositor de 'El barberillo de Lavapiés'

Fotografía del montaje del Teatro de la Zarzuela de 'El barberillo de Lavapiés' a cargo de Alfredo Sanzol. <a href="https://teatrodelazarzuela.mcu.es/es/temporada-2018-2019/lirica-2018-2019/el-barberillo-de-lavapies-2018-2019" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Javier del Real/Teatro de la Zarzuela;elm:context_link;itc:0" class="link ">Javier del Real/Teatro de la Zarzuela</a>

La figura de Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894) parece estar reducida hoy a la de un compositor de algunas zarzuelas de éxito. Sin embargo, merecería un mayor reconocimiento, pues es uno de los más grandes músicos del teatro musical del siglo XIX y de la historia de la música española.

Retrato de Francisco Asenjo Barbieri anterior a 1894. <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Francisco_Asenjo_Barbieri_(1823%E2%80%931894).jpg" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Wikimedia Commons;elm:context_link;itc:0" class="link ">Wikimedia Commons</a>
Retrato de Francisco Asenjo Barbieri anterior a 1894. Wikimedia Commons

Las investigaciones de la musicología universitaria española han logrado reconstruir en detalle su biografía y publicar algunos de sus escritos más relevantes. Entre estos se incluyen parte de sus más de 4 000 cartas, sus memorias sobre la historia de la zarzuela en el siglo XIX y algunos de los miles de documentos que reunió a lo largo de su vida y conforman el “legado Barbieri”.

Este legado es una fuente fundamental para el estudio de la historia musical española y está custodiado en la Biblioteca Nacional.

Esencial para la música

Como artista de profunda curiosidad, Barbieri desplegó una extraordinaria actividad como músico, escritor, gestor, musicólogo o bibliófilo. En un breve poema satírico que escribió en septiembre de 1875, “Corolario”, decía:

“Si hay alguien que con descoco

quiera darme un varapalo

por mi trabajo de loco,

podrá decir que fue malo,

mas no dirá que fue poco”.

Su denodado compromiso en favor de la música hispana le llevó, entre otras múltiples iniciativas, a crear y dirigir la primera orquesta sinfónica estable de nuestro país. Así, en 1866 nació la Sociedad de Conciertos de Madrid, que introduce y promueve la producción sinfónica.

También formó parte fundamental del grupo de compositores que reavivaron de nuevo la zarzuela a mediados del siglo XIX. Esto le llevó a construir con sus propias ganancias un teatro para explotar sus obras, el actual Teatro de la Zarzuela de Madrid, inaugurado en 1856.

Su catálogo musical está constituido por más de ciento treinta obras, de las cuales setenta y seis son partituras de música teatral. Más del 70 % de las mismas alcanzó el éxito, con títulos como Gloria y peluca, Jugar con fuego, Galanteos en Venecia, Los diamantes de la corona, Mis dos mujeres, El diablo en el poder, Robinson, El robo de las sabinas, Entre mi mujer y el negro, o dos iconos de la zarzuela española como Pan y toros y El barberillo de Lavapiés.

Su boyante situación económica desde el estreno en 1851 de Jugar con fuego le proporcionó una envidiable estabilidad económica que le permitió viajar por Europa y cultivar la bibliofilia. Además, le convirtió en un hombre desprendido que colaboraba con causas diversas en favor de la música española y ayudaba a colegas en situaciones económicas comprometidas.

Infatigable viajero, desde los años cincuenta recorrió toda España y visitaba asiduamente Viena, Lisboa, Londres y, sobre todo, París. Conoció así la más palpitante actualidad estética y musicológica, y la obra y pensamiento de algunas de las más relevantes figuras musicales del siglo XIX, desde el italiano Gioachino Rossini –amigo personal suyo–, a otros compositores como Richard Wagner, Franz Listz o Eduard Hanslick.

Hombre de mil talentos

En Barbieri, como en otros compositores de la Generación Romántica, se disipan las fronteras entre las respectivas artes, especialmente música y literatura. Nos encontramos así con una mente que se expresa de mil maneras, no sólo como músico. Fue, al igual que Schumann o Berlioz, un agudo crítico musical. De manera similar a Wagner, se reveló como hábil periodista y magnífico polemista, pero también como un gran investigador de la historia de la música y del teatro. Y semejante a Liszt, fue un erudito ensayista.

Además de su extenso epistolario, dejó escritos varios libretos y cerca de cien poesías, entre ellas, una curiosa colección de poemas eróticos que Emilio Casares, el mayor experto en Barbieri en España, publicó en 1994, tras localizarlas en el Legado del musicólogo Adolfo Salazar.

Voraz lector y escritor de raza, Barbieri fue también respetado por sus aportaciones a la historia literaria en torno a Lope de Vega o Juan de la Encina. Fue por ello elegido para formar parte de la Real Academia Española –un caso único en un músico español–, donde ingresó en 1892 con la lectura del discurso “La música en lengua castellana”.

Portada del <em>Cancionero musical de los siglos XV y XVI</em> anotado por Barbieri. <a href="http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000010741&page=1" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:BNE;elm:context_link;itc:0" class="link ">BNE</a>, <a href="http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:CC BY;elm:context_link;itc:0" class="link ">CC BY</a>

Su labor como musicólogo también fue amplia. Gracias a ella, entre otros muchos logros, localizó en la Real Biblioteca el Cancionero de Palacio –conocido popularmente como Cancionero Barbieri–. Tras veinte años de estudio y transcripción, lo publicó en 1890 bajo el título de Cancionero musical de los siglos XV y XVI.

Ideas políticas

Como hombre público que era, en su círculo de amistades se encontraban personajes no sólo del ámbito musical, sino también del mundo literario, religioso o político. Su ideología, según afirma Casares, no es fácil de precisar. Se podría definir como un patriota liberal progresista, con respeto por el orden público. La “corte de los milagros” de Isabel II, según sus palabras un “almacén de vagos intrigantes y de malversadores del tesoro real”, le había llevado a convertirse en ferviente republicano.

Pero, tras la convulsa experiencia del Sexenio revolucionario (1868-74), desalentado, confesaba:

“Esto y más nos tenemos merecido, por haber hecho la [Revolución] Gloriosa y por haberla dejado explotar luego por una horda de pillos hambrientos y de falsos patriotas”.

Al final de su vida, en 1894, se reveló como un hombre descreído y desencantado –“me da vergüenza de ser español”, escribió– y reconocía que la política española “es un mal incurable como la tisis, y ya no hay más patriotismo que el hambre del turrón ni más entusiasmo que por campear o robar, ya sea con nombre de cantonales o de carlistas”.