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La desconcertante rebeldía del presidente sumiso

Alberto Fernández y Cristina Kirchner, en el último acto público que compartieron: hace 8 meses
Alberto Fernández y Cristina Kirchner, en el último acto público que compartieron: hace 8 meses - Créditos: @Rodrigo Nespolo

Alberto Fernández descubrió la forma definitiva de desequilibrar a Cristina Kirchner, su jefa política y también su principal contendiente interna: hacerle caso compulsivamente.

A medida que los traspiés de la gestión cotidiana lo alejaban de ella, el Presidente halló en la sumisión al kirchnerismo un refugio seguro. Intentó anticiparse a lo que su valedora querría. No temió sobreactuar cuando la fundadora del Frente de Todos empezó a privarlo del alivio de gritarle órdenes claritas y a tiempo. Tomó las decisiones impopulares con las que sus aliados no querían mancharse las manos. Soportó en silencio la humillación de que sus subordinados le reprocharan en público la falta de carácter y de acción (aquello de “usá la lapicera”). Se negó a romper la relación incluso cuando la soledad lo abrumó, en esos días en que su gobierno parecía destinado a derrumbarse.

Y así, como disimulando, gestó algo que se parece a una rebelión. Cristina y sus soldados de La Cámpora se encuentran con la ingrata sorpresa de que el títere cortó los hilitos y no responde a la presión que vienen ejerciendo desde hace meses para que renuncie a la carrera de la reelección.

Con Kicillof como anfitrión, el peronismo exhibió "unidad", pero dejó afuera a los delegados de Alberto Fernández
Con Kicillof como anfitrión, el peronismo exhibió "unidad", pero dejó afuera a los delegados de Alberto Fernández

Fernández se niega a convertirse en el presidente adorno en que lo quieren convertir. Pero enfrenta a sus rivales con la estrategia del camaleón. Nunca fue más kirchnerista que ahora. Se cargó al hombro el juicio político a la Corte Suprema, embanderado en la denuncia del lawfare. Se pavonea como un líder de la izquierda regional, dispuesto hasta a repartir elogios a Nicolás Maduro o a la revolución cubana que ni Cristina se anima ya a verbalizar. Teoriza que la inflación es una “construcción psicológica” con un desparpajo digno de Guillermo Moreno o del Axel Kicillof que no medía la pobreza para no estigmatizar a nadie.

Se aferra a las primarias obligatorias como un método “democrático” para elegir candidatos con el argumento –¿cómo oponerse?– de que fueron una iluminación de Néstor y Cristina. Defiende “la unidad del campo popular contra la derecha”, como pregona en público todo kirchnerista de bien.

Cristina ve la trampa y no le encuentra salida. Su criatura fallida, ese presidente con el que no se saca una foto desde hace ocho meses, quiere quedarse con los votantes a los que ella dejó a la deriva cuando anunció, después de ser condenada por corrupción, que no sería candidata a nada.

La tozudez de Fernández expone los dobleces del kirchnerismo. Cristina se rasga las vestiduras por la “participación democrática”, pero quiere digitar sin obstáculos una lista única en función de los intereses de su sector político.

Ella y sus guardianes reniegan de enfrentarse al Presidente en unas elecciones internas porque –alegan, con absoluta lógica– los obligará a hacer campaña contra el gobierno que ellos mismos integran en lugar de apuntar a la oposición macrista. Es una operación compleja que los sumerge a menudo en contradicciones flagrantes. Máximo Kirchner es capaz de hacer largas peroratas sobre los efectos dañinos del acuerdo con el FMI mientras ejerce de garante político de la gestión de Sergio Massa, basada en la administración obediente de la hoja de ruta firmada con los burócratas de Washington.

Enfrentarse a Alberto es asumir en público un error. A él lo eligió Cristina y solo Cristina, como ella misma se encargó de dejar claro cuando lo anunció al mundo con un tuit mañanero hace casi cuatro años. El kirchnerismo necesita que el Presidente se sumerja silbando bajito en los placeres del protocolo durante los 10 meses que le quedan a su gobierno.

Los ataques de La Cámpora

Mayra Mendoza y "Wado" De Pedro, figuras de La Cámpora
Mayra Mendoza y "Wado" De Pedro, figuras de La Cámpora

No pueden pedírselo de viva voz. Entonces recrudecen los conflictos y las declaraciones altisonantes. El ministro del Interior, Eduardo de Pedro, lo acusó de “faltar a los códigos” por no invitarlo a una reunión con Lula y organismos de derechos humanos (atento a los “códigos”, lo hizo off the record). Alberto lo dejó correr: es tan kirchnerista que jamás echaría del Gabinete a alguien tan puramente kirchnerista como Wado. Andrés Larroque, camporista y ministro de Kicillof, levantó el tono. Lo trató de “ingrato” e “irresponsable”, a tal punto que le reprochó falta de empatía con Cristina por el atentado que sufrió. El presidente sumiso tampoco reaccionó. Ni se le cruzó por la cabeza, por supuesto, afectar las transferencias discrecionales a la provincia de Buenos Aires que cimentan el proyecto político del gobernador favorito de la vicepresidenta.

Máximo Kirchner, Kicillof y buena parte del peronismo bonaerense –con Massa incluido– organizaron el martes un asado para diseñar la estrategia del Frente de Todos sin invitar al Presidente ni a sus íntimos. La foto del encuentro era otro mensaje directo para exigirle que creara “una mesa de discusión nacional” de las candidaturas del oficialismo, el eufemismo elegido para pedirle que se baje y deje a “la Jefa” diseñar a gusto la estrategia electoral. Alberto acató, siempre en modo rebelde: convocará la mesa, pero sin que eso implique abandonar su proyecto reeleccionista.

“¿Qué quiere Alberto, de verdad cree que puede ganar?”, despotrica uno de los comensales que estuvo cerca de Máximo y de Kicillof en aquella cena a pura rosca peronista en Merlo.

La respuesta no es sencilla, incluso para los habitantes de la Casa Rosada. Cerca del Presidente insisten en que él siente que puede ser el candidato más valorado del oficialismo. Y que decidirá en el momento indicado, con los números en la mano. “Muéstrenme alguien que mida mejor”, suele desafiar a sus interlocutores. Las encuestas no son de momento una brújula clara, sobre todo si se excluye a Cristina de la cuenta, tal como ella pidió bajo con la excusa de la condena judicial que presenta a sus seguidores como una “proscripción”. Intuye que su oposición a la estrategia que traza Cristina le puede acercar esos apoyos que nunca terminó de trabajar entre dirigentes peronistas que ansían una nueva etapa política con menor influencia de la actual vicepresidenta y de La Cámpora.

Otros dirigentes que lo conocen bien disienten. Acotan que solo busca alargar todo lo posible la expectativa de continuidad en el poder para no desinflarse definitivamente como referente político. Y sostienen que su obsesión es moldear su legado, acaso con la certeza de que el título más seguro que le espera a partir de diciembre es el de expresidente.

Lo concreto es que hasta ahora su relato es el de un superviviente. Esta semana dijo en el Chaco que su gobierno se dividió en dos etapas: “dos años de pandemia y dos años de guerra”. Expresó así la perfecta síntesis exculpatoria de una gestión carente de aspectos memorables en términos de progreso y transformación.

Si quiere realmente llegar a competir por la reelección le resta una vuelta de tuerca más. Necesita la épica del renacido, algo que solo podría ofrecérselo el milagro económico que no se vislumbra en el horizonte.

Sergio Massa
Sergio Massa - Créditos: @Captura de video

Y ahí es cuando el dilema del Frente de Todos termina de exhibirse en toda su magnitud. Lo mismo que impulsaría a Alberto es lo que persigue Massa para dar rienda suelta a su vocación presidencial. Y el kirchnerismo, que detesta a Fernández y desconfía de su circunstancial aliado Massa, sabe que su fortaleza de poder corre peligro si la inflación no baja, el dólar se sale de control y se frena la actividad.

Están atados a un mismo destino y no pueden permitirse la fractura del frente peronista creado en 2019. Pero un éxito colectivo podría traer la derrota traumática de alguno de los sectores internos. Cristina rifó la carta de una hipotética candidatura, que le daba una supremacía a la hora de fijar el rumbo de la coalición y alinearlo a sus intereses. ¿Estará arrepentida? Acaso por eso se deja presionar por tantos fieles que amontonan declaraciones públicas y organizan marchas con el ruego de que reconsidere su decisión.

La rebelión del albertismo -ese movimiento de un solo integrante- la obliga al menos a contemplarlo. Sería el desolador síntoma de un ocaso que todos sus planes queden condicionados a la voluntad de un dirigente político que ni siquiera se tomó el trabajo de construir un proyecto para destronarla.