¿Cómo descolonizar un museo? Prueba con un hacha

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La obra "The Memorial to the Sadistic Holocaust Destruction of Millions of Our Ancient Arawak-Taino-Latinx Ancestors Begun in 1492 by Columbus and His Mission to, With the Conquistadores, Colonize and Deliver to Spain the Wealth of the New World No Matter the Human Cost to the New World's Less Than Human Aborigine Inhabitants", de Raphael Montañez Ortiz (2019-2020). (Martin Seck/El Museo del Barrio via The New York Times)
La obra "The Memorial to the Sadistic Holocaust Destruction of Millions of Our Ancient Arawak-Taino-Latinx Ancestors Begun in 1492 by Columbus and His Mission to, With the Conquistadores, Colonize and Deliver to Spain the Wealth of the New World No Matter the Human Cost to the New World's Less Than Human Aborigine Inhabitants", de Raphael Montañez Ortiz (2019-2020). (Martin Seck/El Museo del Barrio via The New York Times)

NUEVA YORK — El Museo del Barrio ha tenido sus propias luchas internas, sobre si centrarse en sus raíces nuyorriqueñas, que hacen referencia a los miembros, o a la cultura, de la migración de los puertorriqueños a Nueva York, o representar la diáspora latinoamericana de manera más amplia, pero “Raphael Montañez Ortiz: Una retrospectiva contextual” demuestra que, en su mejor momento, puede hacer ambas cosas. La ambiciosa exposición se centra en el fundador del museo, que sigue realizando una obra radical y cautivante a sus 88 años. Con esta muestra, el legado de Montañez Ortiz debería consolidarse tanto para su arte como para el museo que fundó.

Mientras recorría la exposición, pensaba en las protestas recientes: los ecologistas de Londres adhiriéndose con pegamento a las obras de arte por la continua extracción de combustibles fósiles, o la campaña del año pasado, de 10 semanas de duración, “Strike MoMA”, que pretendía relacionar las actividades de los miembros de la junta directiva del museo neoyorquino con la guerra, el sistema penitenciario, la degradación del medio ambiente y la violencia patriarcal, entre otros.

La exposición de El Museo es, en parte, una respuesta oportuna a este revuelo actual en el mundo de los museos de arte, pero también es un recordatorio de que en realidad todo esto no es nuevo. En la vitrina que tenía delante había una foto tomada por Jan van Raay el 2 de mayo de 1970, que documentaba una protesta ante el Museo de Arte Moderno. Las pancartas que surgían entre la multitud decían: “El arte negro y puertorriqueño deben estar aquí” y “Museo racista”.

En otra, un recorte de prensa del 6 de mayo de 1970 de The New York Post, muestra una foto de una madre alarmada que aleja un moisés de una maraña de estudiantes de la Universidad de Nueva York, algunos de los cuales parecen estar cubiertos de sangre. El titular, “En el campus: Sin tregua”, revela que la escena es una recreación de teatro de guerrilla de la masacre de la Universidad Estatal de Kent, ocurrida días antes, cuando la Guardia Nacional de Ohio les disparó y asesinó a cuatro estudiantes desarmados que protestaban contra la guerra de Vietnam.

Montañez Ortiz instigó esa acción y, junto con Joan MacIntosh y Richard Schechner, del Performance Group (precursor del Wooster Group), reclutó a los estudiantes colaboradores. Junto al recorte de prensa estaban las instrucciones mecanografiadas de Montañez Ortiz de su manifiesto “Survival Manual for Blood and Flesh Guerrilla Theater” (1968), en el que se detalla cómo conseguir sangre animal en las carnicerías.

Como indica el subtítulo de la exposición, se trata de una “Retrospectiva Contextual” que sitúa a Montañez Ortiz, escultor, artista performativo, videasta y cineasta, dentro de la historia, entre sus compañeros (entre ellos nombres menos conocidos y otros más destacados; como Gordon Matta-Clark, Ana Mendieta, Faith Ringgold y Hermann Nitsch) y en su papel de fundador del Museo del Barrio. La exposición del museo sobre este artista poco reconocido, que ha enseñado arte en la Universidad de Rutgers durante más de 50 años, se divide en cuatro secciones: “Destrucción”, “Descolonización y tácticas de guerrilla” (que incluye la foto, el recorte y el manifiesto), “Etnoestética” y “Fisio-Psico-Alquimia”.

El espectáculo de la destrucción domina la primera época del artista nacido en Brooklyn. Para el cortometraje experimental “Golf”, de 1957-58, agujereó una película original sobre el tema del título, corrompiendo el sonido e inundando el encuadre con círculos blancos, como si la película estuviera bajo un ataque de pelotas de golf.

El proceso de desmontaje de Montañez Ortiz con frecuencia hace hincapié en el espectáculo performativo por encima del objeto terminado (o destruido). La mejor documentación sobre un espectáculo performativo en la exposición es una grabación de video de su “Piano Destruction Concert: Humpty Dumpty Had a Great Fall”, grabado en 1996 en directo desde el Whitney Museum of American Art de Nueva York. Lo acompaña su esposa, Monique Ortiz-Arndt, vestida de campesina, cantando operísticamente el papel de Humpty Dumpty encima de una escalera. Montañez Ortiz se encarga del acompañamiento musical principal, ya que utiliza un hacha para golpear un piano, raspando en determinado momento su hoja sobre las cuerdas interiores expuestas y, en el siguiente, trozando rítmicamente la estructura del piano, creando una actuación dramática y sorprendentemente musical. Al diseccionar un piano en el espacio de un museo de arte estadounidense, Montañez Ortiz parece estar cortando los ideales acartonados y codificados de la alta cultura occidental.

La obra más destacada de la muestra, “The Memorial to the Sadistic Holocaust Destruction of Millions of Our Ancient Arawak-Taino-Latinx Ancestors...” (2019-20), también es uno de los más recientes del artista. Como una versión ampliada de una caja de Joseph Cornell, el ensamblaje transmuta de manera grotesca hallazgos de tiendas de segunda mano en una obra de arte seria: recuerda a un retablo cristiano medieval. En la escena central, donde podría encontrarse la figura de Cristo en la cruz, hay en cambio un conjunto de cráneos, manos de esqueleto y espadas salpicadas de sangre. (Una mirada más atenta revela que estos materiales son juguetes o quizás adornos de Halloween). Un guepardo disecado atraviesa la parte superior del marco central, y las alas del retablo a ambos lados llevan reproducciones de antiguos libros impresos que ilustran escenas de españoles torturando a la población nativa que encontraban. (Una edición de finales del siglo XVII de la obra de Bartolomé de Las Casas “Relación de los primeros viajes y descubrimientos hechos por los españoles en América”, fuente de algunas de estas imágenes, se encuentra cerca bajo un cristal).

Hay algunas obras más toscas que desvirtúan el conjunto, sobre todo las impresiones digitales en vinilo de finales de los años 90 y principios de la década de 2000. “Witch Hunt” (2007) parece más un póster estudiantil que informa sobre la historia de los juicios por brujería en los Estados Unidos coloniales que una obra de arte; sin embargo, vale la pena ver las hipnóticas obras de video llenas de imperfecciones de esta última sala.

Al salir del museo, pensé en cómo las protestas recientes y pasadas contra los museos son también proclamas de fe en su poder, en que su rol cultural merece ser impugnado. Es posible que los activistas del MoMA o del Whitney exijan “descolonizar este lugar”, pero Montañez Ortiz, a pesar de su enfoque en la destrucción, ha ayudado a construir durante más de medio siglo un espacio descolonizado. No es perfecto, pero, en su retrospectiva, el Museo del Barrio compite con esos museos con un arte que es formidable y desafiante a la vez que preserva el espacio para la belleza y el asombro.

Raphael Montañez Ortiz: A Contextual Retrospective’Hasta el 11 de septiembre. El Museo del Barrio, 1230 Quinta Avenida, Manhattan. 212-831-7272, elmuseo.org.

© 2022 The New York Times Company

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