Descifrando la resistencia de la primera esposa de Enrique VIII

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Braganza descifró un colgante cifrado de Hans Holbein que entrelazaba los nombres de Enrique VIII y su primera esposa, Catalina de Aragón. (Tom Jamieson/The New York Times)
Braganza descifró un colgante cifrado de Hans Holbein que entrelazaba los nombres de Enrique VIII y su primera esposa, Catalina de Aragón. (Tom Jamieson/The New York Times)

Una académica afirma haber descubierto un mensaje oculto de Catalina de Aragón en un libro de diseño de joyas. Para hacerlo, dice, empleó una técnica que llama “Wordle moderno temprano”.

Ha sido un tesoro seductor y misterioso del Museo Británico durante mucho tiempo: una colección de bocetos para joyas y otros ornamentos lujosos, encargados en el reinado de Enrique VIII al artista Hans Holbein, quien fue pintor de la corte durante un tiempo.

Algunos de los diseños son códigos, o símbolos cifrados, que enredan las iniciales de Enrique y de sus numerosas amantes. Algunos de los más elaborados nunca han sido descifrados.

Esta primavera, mientras terminaba un capítulo de su tesis, Vanessa Braganza, candidata a doctorado en lengua inglesa en Harvard y una autodenominada “detective de libros”, quedó fascinada por una maraña de letras especialmente densa.

Al final de la tarde, Braganza pensó que lo había descifrado en su cuaderno, a través de un proceso de ensayo y error que dijo era una suerte de “Wordle moderno temprano”. Llegó a la conclusión de que el código deletreaba HENRICVS REX (Enrique el Rey) y KATHERINE (su primera esposa, Catalina de Aragón).

Quizá no sea nada destacable. Pero Braganza sostiene que el colgante no fue encargado por Enrique, sino por Catalina durante el período en que él intentaba divorciarse de ella y casarse con Ana Bolena, como una audaz afirmación de su pretensión de ser su única y verdadera esposa y reina de por vida.

“Es una puerta de entrada a su pensamiento”, dijo Braganza sobre el colgante. “Está ahí, desafiando a que lo veas”.

Vanessa Braganza, estudiante de doctorado en lengua inglesa, en la capilla del King's College de Cambridge, Inglaterra. Muchas partes de la capilla están adornadas con cifrados o símbolos codificados. (Tom Jamieson/The New York Times)
Vanessa Braganza, estudiante de doctorado en lengua inglesa, en la capilla del King's College de Cambridge, Inglaterra. Muchas partes de la capilla están adornadas con cifrados o símbolos codificados. (Tom Jamieson/The New York Times)

La corte de los Tudor y sus despiadadas intrigas han sido una fuente de fascinación para el público mucho antes de la exitosa trilogía de Hilary Mantel sobre Thomas Cromwel o del musical pop-feminista de Broadway Six, que imagina a las desventuradas esposas de Enrique como un escuadrón al estilo de las Spice Girls que se readueña de su relato.

Incluso fuera de las páginas de El Código Da Vinci, generaciones de académicos han estudiado el modo en que los códigos y las claves dieron forma a casi todos los aspectos de la cultura del Renacimiento (tal y como se presentó en una exposición de 2014 en la Biblioteca Folger Shakespeare de Washington), desde la diplomacia y la guerra hasta el surgimiento de los sistemas postales y el propio arte de la interpretación literaria.

Y el tema no es solamente académico. En nuestra época, la erudición renacentista ayudó a inspirar el desciframiento de códigos en la Segunda Guerra Mundial, mientras que las técnicas de criptología militar se adaptaron a su vez como herramientas de análisis literario.

El trabajo de Braganza forma parte de lo que puede considerarse un giro más feminista, ya que los estudiosos han considerado cada vez más cómo los códigos y otras formas de comunicación oculta preservan las voces perdidas de las mujeres.

“Lo que resulta especialmente convincente, y a menudo conmovedor, es el hecho de que Vanessa se centre en voces que, de otro modo, habrían sido silenciadas o caricaturizadas”, dijo James Simpson, académico de literatura de Harvard y uno de los asesores de la tesis de Braganza.

Hay algunos códigos de mujeres que son bien conocidos. Elizabeth and Mary: Royal Cousins, Rival Queens, una exposición reciente en la Biblioteca Británica, incluye un examen de las cartas cifradas escritas por María, reina de Escocia, así como los mensajes codificados que se usaron para atraparla en un complot para asesinar a Isabel I, lo que condujo a su decapitación.

Pero también ha habido nuevos descubrimientos. El año pasado, un investigador del castillo de Hever, Inglaterra, utilizó imágenes de rayos X para descubrir inscripciones borradas en un libro de oraciones que había pertenecido a Ana Bolena, lo que reveló una red de propiedad femenina secreta a lo largo de generaciones, un desafío a los esfuerzos de Enrique por destruir todo lo relacionado con ella.

Los estudiosos también han examinado los mensajes codificados en las labores de punto de las mujeres, en las miniaturas, en el diseño de interiores, incluso en el color del hilo de seda utilizado para “cerrar” las cartas y protegerlas de las miradas indiscretas.

“No es de extrañar que las mujeres ejercieran su albedrío de forma inusual y creativa en este periodo”, afirma Heather Wolfe, bibliotecaria asociada y curadora de manuscritos de la Biblioteca Folger Shakespeare. “Tenían que trabajar fuera de los canales normales para hacer llegar sus mensajes”.

El mundo académico en general aún no ha evaluado las afirmaciones de Braganza sobre el colgante ni ha sopesado su importancia. Pero el académico de Harvard Stephen Greenblatt, otro asesor, calificó su investigación de “fascinante”.

Dijo que había visto elaborados diseños decorativos en relieve en libros antiguos “muchas muchas veces”, pero que nunca se había preguntado qué significaban, si es que significaban algo.

“Vanessa es extremadamente ingeniosa y astuta”, dijo. “Este trabajo requiere una cantidad demencial de paciencia, y un verdadero ojo para los detalles”.

Desenredar un intrincado monograma del siglo XVI no es como descifrar el código Enigma. Braganza lo describe como una cuestión de percibir “lo que se esconde a simple vista”.

Para la licenciatura, Braganza escribió su tesis sobre la palabra cipher, código, en las obras de Shakespeare. Como estudiante de posgrado, se interesó por los códigos en sí.

Su primer descubrimiento relacionado con el cifrado se produjo en 2019, en una feria de libros antiguos en Londres. Dijo que estaba caminando por los pasillos sintiéndose hangry —esa palabra que en inglés representa una mezcla de hambre e irritación—, cuando vio una intrincada decoración estampada en la portada de un viejo volumen.

Inmediatamente, reconoció que se trataba del monograma de Mary Wroth, contemporánea de Shakespeare y considerada la primera mujer escritora de ficción de Inglaterra. Wroth también había sido partícipe de un escandaloso romance con su primo, el tercer conde de Pembroke, que llevó a la ficción en su novela de dos volúmenes, Urania.

Cinco años antes, Braganza había visto una fotografía del cifrado —que entrelaza las iniciales de los nombres ficticios que Wroth se dio a sí misma y al conde— en la portada de un manuscrito encuadernado de una de las obras de Wroth, que ella había regalado a su amante.

La biblioteca personal de Wroth había sido destruida en un incendio, y no se sabe si sobrevivió ningún volumen. Pero aquí, sin que el vendedor lo supiera, parecía haber un sobreviviente, que llevaba el mismo símbolo codificado de su amor por el hombre que había muerto sin reconocer a los hijos de ambos.

“Este era un libro que no debía existir”, dijo Braganza. (El volumen, una biografía de Ciro el Grande de Persia, es ahora propiedad de la Biblioteca Houghton de Harvard).

El cifrado de Catalina/Enrique llegó a sus manos esta primavera, en un momento similar de serendipia. Al completar un capítulo sobre la proliferación de cifrados en la corte de Enrique, buscó las imágenes digitalizadas del
Jewellery Book
, como se conoce a la colección de dibujos de joyería de Holbein en el Museo Británico.

Mientras las recorría ociosamente, una maraña de forma ovalada la atrajo. Empezó por las letras que tenían que estar ahí, basándose en los trazos de la pluma, y luego estudió otras posibilidades. Después de una tarde, lo consiguió: HENRICVS REX y KATHERINE.

Enrique tuvo tres esposas llamadas Catalina, pero solo Catalina de Aragón coincidió con Holbein en la corte. En cuanto a la ortografía, si bien el nombre de Catalina se escribía de varias maneras durante la época, Braganza dice que los manuscritos firmados por Catalina muestran que ella lo escribía con K. Además, señala, un retrato de la joven Catalina la muestra llevando una gargantilla con la letra “K” incrustada en la cadena.

Tras reunir un expediente de pruebas, se lo mostró a Simpson, quien dijo que lo encontraba “totalmente persuasivo”.

Entonces, ¿por qué cree Braganza que fue Catalina, y no Enrique, quien encargó el colgante?

Basándose en las fechas de la presencia de Holbein en la corte, Braganza data el boceto en torno a 1532, cuando la prolongada presión de Enrique para poner fin a su matrimonio con Catalina, que no había conseguido darle un heredero varón, estaba a punto de concluir. Se casó en secreto con Ana en enero de 1533, y el arzobispo de Canterbury anuló su matrimonio con Catalina cinco meses después.

Enrique, según Braganza, “no tendría ningún incentivo” para encargar la joya. Pero Catalina, que murió de causas naturales en 1536, nunca dejó de insistir en que era la única esposa y reina de Enrique. (Como canta su personaje inspirado en Beyoncé en Six sobre la presión de él para la anulación: “De ninguna ninguna ninguna ninguna ninguna ninguna ninguna manera”).

Braganza ve el colgante —que según ella, a juzgar por un lacito en la parte superior, era para usarse en público— como un acto de “discreción que coquetea con la revelación”.

“Nos ayuda a entender a Catalina como una figura realmente desafiante”, añadió.

No está claro si el colgante (u otros más sencillos esbozados por Holbein uniendo las iniciales de Enrique con las de otras esposas) sobrevive, o si se llegó a fabricar. Muchas de las joyas de la época se fundieron y el metal y las gemas se reutilizaron.

Pero Enrique es conocido por haber intentado borrar todo rastro de sus exesposas. Después de que Ana fuera condenada por traición y decapitada en 1536, Enrique destruyó las actas del juicio, sus cartas y la mayoría de los retratos. También se propuso borrar de los edificios públicos los numerosos símbolos relacionados con ella, algó que no concretó del todo.

En la capilla del King’s College, en Cambridge, sus iniciales unidas son visibles en la elaborada pantalla del coro. Pero en Hampton Court, en Londres, los visitantes pueden ver los espacios vacíos donde fueron cinceladas, junto con algunos ejemplos que fueron pasados por alto, todavía conectados con un lazo de amor.

Aunque el colgante del Jewellery Book no cambie radicalmente la historia, dijo Braganza, sí siguiere cuánto más de las voces silenciadas de las esposas de Enrique —y de otras mujeres de la época— queda por encontrar.

“Eso es lo que pasa con los cifrados: los liberas y luego no puedes desaparecerlos todos”, dijo. “Esperan a ser descubiertos, siglos después”.

Jennifer Schuessler es una periodista cultural que cubre la vida intelectual y el mundo de las ideas. Vive en Nueva York. @jennyschuessler

© 2022 The New York Times Company

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