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El desafío de la salud mental y la convivencia en una sociedad cambiante

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La salud mental, una dimensión fundamental de nuestra existencia, nos ha llevado a enfrentarnos de manera profunda y reflexiva con la complejidad de nuestra propia psicología. En un mundo donde la imagen de fortaleza y aparente invulnerabilidad sigue erigiéndose como imperativa, muchas veces ha fomentado que las personas estén atemorizadas por mostrar cualquier atisbo de debilidad emocional, especialmente en la construcción social de la masculinidad. Esta injerencia cultural ha dejado una huella duradera en múltiples generaciones, quienes han aprendido a resistirse a admitir sus propias vulnerabilidades. Tristemente, esta resistencia ha forjado un entorno que desestima la importancia del bienestar emocional hasta que este se encuentra en un estado avanzado de deterioro, tiempo perdido con seres queridos o vidas desperdiciadas por mantener estas apariencias.

Es fundamental en este contexto reconocer que la denuncia y señalamiento de la violencia, en todas sus manifestaciones, es el primer paso crucial hacia la reestructuración de la convivencia y construcción de vínculos afectivos de una índole distinta: más amorosa, más cercana, que encuentra valor en ser vulnerable. La conexión entre la salud mental y la calidad de nuestras interacciones sociales es innegable. Al romper con el molde de la insensibilidad y la rigidez emocional, abrimos la puerta a relaciones más auténticas y significativas, donde el apoyo mutuo y la comprensión sincera pueden florecer.

La figura del “bully” en los espacios sociales sigue siendo de gran relevancia para la atención psicológica; esta figura encarna no solo un individuo, sino también la construcción social de patrones de violencia y poder que pueden arraigarse en la sociedad. Es importante comprender que quienes adoptan el rol de “bully” no nacen como tales, sino que son influenciados por una serie de factores culturales y contextuales que pueden fomentar actitudes agresivas. La construcción de una masculinidad tóxica, por ejemplo, puede contribuir a la formación de comportamientos dominantes y violentos como una manera de validar la propia identidad. Además, es esencial destacar que las repercusiones no se limitan solo a las víctimas directas, ya que los propios “bullies” pueden sufrir consecuencias psicológicas a largo plazo al no aprender formas saludables de interactuar y lidiar con sus emociones.

Esta dinámica de violencia en ambos extremos del espectro subraya la necesidad imperante de enfoques de crianza y educación que promuevan el respeto mutuo y la empatía desde temprana edad y, por ende, es nuestro deber en la actualidad proponer y fomentar enfoques de crianza que promuevan la positividad y la convivencia constructiva. Establecer límites claros y fortalecer los lazos emocionales desde temprano constituyen elementos esenciales para iniciar un cambio sostenible en la sociedad. Además, se torna imperativo que, en el proceso de formación de la juventud, se aborden no solo los aspectos académicos, sino también la educación emocional. Al entender y manejar adecuadamente las emociones, las personas estarán mejor equipadas para lidiar con las tensiones y los desafíos que presenta una sociedad en constante cambio.

No obstante, en este camino hacia una convivencia más saludable, es vital discernir entre la legítima preocupación por la justicia social y la sobrepolitización del concepto “woke”. Originalmente concebido para instigar la conciencia social, este término ha sido lamentablemente instrumentalizado para dividir a las personas y generar conflictos ideológicos. La constante confrontación entre la “generación de concreto” y la “generación de cristal” no solo desvía la atención de problemas fundamentales, sino que también limita la posibilidad de un diálogo auténtico y constructivo.

La necesidad de espacios seguros y de límites definidos es innegable en la búsqueda de una convivencia saludable y equitativa. Sin embargo, es crucial encontrar un equilibrio que evite que esta protección excesiva asfixie la comunicación genuina y la expresión del buen humor. Resolver conflictos de manera pacífica y reconfigurar nuestras interacciones desde una óptica positiva y constructiva se erigen como pilares fundamentales para avanzar hacia una sociedad cohesionada.

Finalmente, el cambio que perseguimos debe enarbolar la bandera de la dignidad humana en todo momento. No debe implicar la degradación ni la deshumanización de aquellos que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad. En lugar de ello, debemos encaminarnos hacia una sociedad que optimice la convivencia y priorice la resolución pacífica de los conflictos. Esta visión puede materializarse a través de la empatía como columna vertebral y el bienestar emocional como núcleo de nuestras acciones. Así, estaremos edificando una sociedad donde la salud mental sea una piedra angular, y donde las relaciones entre individuos se sustenten en el sólido cimiento del respeto mutuo y la comprensión profunda.

* Alan Fonseca Perezamador es consultor de ADIL. Médico, sexólogo e investigador. Licenciado en Medicina General por parte de la Universidad La Salle, con estudios de posgrado en Educación Sexual Humana por parte de la Asociación Mexicana para la Salud Sexual. Realizó la Maestría en Psicoterapia y Medicina Sexual en la misma asociación. Investigador clínico en el Instituto Nacional de Cancerología, trabaja con pacientes jóvenes con reciente diagnóstico de cáncer de mama. Con experiencia en investigación sobre pacientes con trastorno depresivo mayor resistente al tratamiento. Coconductor del podcast “Sexcándala”, donde se provee de educación sexual con base en fundamentos científicos a sus podcasters. Conferencista enfocado en despertar la responsabilidad personal en el auto cuidado y auto exploración.