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¿Usted sabía que se jugaba ahora la Copa Davis? El resto del mundo, tampoco

MALAGA, SPAIN - NOVEMBER 23: Pablo Carreno of Spain looks on during the Davis Cup by Rakuten Finals 2022 quarter-finals match between Croatia and Spain at Palacio de los Deportes Jose Maria Martin Carpena on November 23, 2022 in Malaga, Spain. (Photo by Fran Santiago/Getty Images)
Pablo Carreño-Busta, durante su partido de cuartos de final contra el croata Marin Cilic (Photo by Fran Santiago/Getty Images)

La España tenística ha conseguido este año algo que no se veía desde 1996: colocar a dos jugadores del mismo país como los dos primeros del ranking ATP. En otro momento, más allá del disfrute puntual de los torneos ganados, todos estaríamos pensando en el equipazo que nos está quedando para la Copa Davis. Porque, en otro momento, la Copa Davis era una cuestión laborosa, de todo un año, que requería una concentración y una atención tremendas.

Tanto, que la ITF decidió vendérsela a Gerard Piqué y Gerard Piqué decidió convertirla en una especie de ATP 250 con mejores jugadores (a veces). La Copa Davis actual no tiene la mística de antaño, de esos fines de semana eternos en los que dos países se enfrentaban a cara de perro ante un público partisano, con independencia de si había bajas o no. El propio formato invitaba a la épica, al sacrificio, a volcarse en el apoyo a los tuyos durante esos tres días que te necesitaban.

Como Piqué está convencido de que el futuro pasa por no prestar atención a nada, convirtió este modelo -se decía que poco rentable y puede que fuera verdad- en un pasatiempo de una semana en una sola sede. La primera edición fue tal desastre, con partidos acabados a altas horas de la madrugada por querer abarcar tantísimo, que desde entonces se ha ido modificando con algunas rondas previas, pero con un elemento común: las rondas finales siempre se juegan en España y cada eliminatoria dura un día, no más, rápido y a otra cosa.

Eso es un desastre, porque la Copa Davis es otra cosa. La Copa Davis, por minoritaria que ya fuera en 2019, movilizaba precisamente por sus partidos de cinco sets y sus cuatro horas sobre tierra batida defendiendo un punto de la eliminatoria. Los viajes a Azerbaiyán a jugar en un pabellón congelado ante jugadores a los que le iba la vida y frente a una afición que compensaba con su calor todo el frío meteorológico.

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Sin embargo, el objetivo ahora es centralizar recursos, jugadores y aficionados en una sola sede. Y eso, claro, tiene sus riesgos. Puede ser más económico, no lo niego, y si da la casualidad que el equipo local llega lejos con sus mejores jugadores -y España tiene materia de sobra para hacerlo- igual los balances cuadran. Ahora bien, mediáticamente es una ruina. Más si resulta que Alcaraz y Nadal están lesionados y ni siquiera pueden jugar, dejando a su país eliminado a primeras de cambio frente a Croacia.

Por supuesto, a nadie se le escapa que la Davis tiene que competir este año con un Mundial de fútbol. Y que eso, obviamente, es imposible. Pero cabe pensar si no tendría más opciones de resistir si en vez de poner a ocho países jugando a todo gas para acabar lo más rápido posible e ir a por la siguiente eliminatoria, todo se centrara, como siempre, en dos países, dos aficiones, un fin de semana entero, partidos de cinco sets que se alarguen lo suficiente como para ir siguiéndolos entre partido y partido de fútbol, etcétera.

Estoy convencido de que si la final de la antigua Copa Davis se jugara este fin de semana, los aficionados se habrían enterado. Por lo menos, los del país en el que se jugara dicha final. Y sería un evento mediático, claro que sí, con sus portadas y sus previas, etc. Sin embargo, más allá de la ciudad de Málaga y de los muchísimos invitados VIP, la edición de este año ha pasado completamente desapercibida no ya en Brasil, sino en España. ¿Sabía usted que ayer jugaba España una eliminatoria de la fase final de la Davis? Si no lo sabía, no se sienta mal, no lo sabía nadie.

La Copa Davis se nos muere poco a poco y a nadie parece importarle, precisamente porque su dueño es un tipo con la atención dispersa. Es decir, lo mismo se ilusiona muchísimo con esto tres años que luego decide que a otra cosa. Gerard Piqué y la constancia se llevan regular. Quedan ahora cuatro días de competición sin España de por medio y no sabemos muy bien qué va a pasar en el Martín Carpena. Supongo que muchas invitaciones. Al fin y al cabo, la selección no vuelve a jugar hasta el mismo domingo, así que, a buen precio, puede causar una cierta expectación local. En los periódicos, el trato seguirá siendo absolutamente marginal. Como un ATP500 en Astaná o algo así.

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