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Tomás Boy, 'El Jefe' del fútbol mexicano que acabó con el mito de los ratones verdes

Tomás Boy durante un partido de Liga MX con Chivas. (Photo by Cesar Gomez/Jam Media/Getty Images
Tomás Boy durante un partido de Liga MX con Chivas. (Photo by Cesar Gomez/Jam Media/Getty Images)

Tomás Boy no respondía al arquetipo del futbolista mexicano. Se podía ver desde el espacio. Derrochaba autoridad en todas las facetas de su vida. Por algo le decían El Jefe, un apodo que casó perfecto con la personalidad imponente que siempre supo aprovechar. Su exquisita técnica y la mentalidad ganadora que alumbró sus pasos le han merecido la etiqueta de leyenda.

Lastrado por los fracasos sonoros en cualquier época, el futbol mexicano siempre ha convivido con los clichés deshonrosos: el ya mérito, jugamos como nunca y perdimos como siempre. Derrotismo puro y duro donde los haya. El mito de los ratones verdes, esos jugadores que se hacían pequeños en los grandes escenarios, parecía ser el relato tragicómico perfecto para definir la identidad futbolística de México.

Pero hubo un tipo con el coraje suficiente para poner un alto a las ideas pusilánimes. Tomás Boy entendía que la categoría se tiene que presumir: no existe peor pecado que ocultar las virtudes propias. El Jefe validaba su ego en el campo. Sus piernas correspondían con precisión a la autoestima que su mente sentía. Todo en perfecto equilibrio.

“Mi estilo era como el de Zidane, pero yo era más rápido”, se vanaglorió algún día en entrevista para FutbolSapiens. ¿Alguien podría decirse sorprendido? Boy podía bajar el balón con delicadeza para luego enviar trazos largos haciendo gala de su potente pierna derecha. Lo mismo bajaba un balón de pecho que filtraba un pase milimétrico. El futbol mexicano no estaba acostumbrado a jugadores como él. Su carácter no tenía nada que ver con ratones verdes ni con ya méritos.

Deslumbró en Atlético Español y Atlético Potosino, dos equipos sin el poderío que un crack necesita para estampar su nombre en primeras planas. No importaba. Él arrastraba a sus compañeros y los hacía jugar a su ritmo. Los líderes, los de verdad, no ponen condiciones ni excusas. Por eso cuando llegó a Tigres, en 1975, la ecuación fue perfecta: el crack ávido de gloria y el equipo sediento de ídolos.

La Anguila, como le apodó Ángel Fernández en sus primeros años de jugador, no escatimaba en lujos. No era un delantero ni un enganche clásico. Partía adelante del mediocampo y desde ahí tomaba el control del equipo. Su calidad lo hacía aparecer en el área como rematador o desenfundar la escopeta que tenía en su botín para rubricar goles de colección. Fue la figura indiscutida del primer título de liga en la historia de Tigres, en la temporada 1977-1978.

Antes de los millones de dólares, antes de los lujos y la opulencia, existió un Tomás Boy en la historia de Tigres. Su melena cuidada y su porte firme, amén de un carisma natural, le otorgaron la estampa de ídolo absoluto. 104 goles lo convirtieron en el máximo goleador en la historia de la Autónoma de Nuevo León. Solamente André-Pierre Gignac pudo romper ese récord en 2019.

La historia, por alguna razón, no suele hacerle justicia a los virtuosos. Tomás Boy no asistió al Mundial de 1978. José Antonio Roca, entrenador tricolor, consideró que los servicios del jugador más elegante del futbol mexicano no eran necesarios. México firmó en Argentina 78 su peor participación en la historia de las Copas del Mundo. Los ratones verdes en todo su esplendor. Había que acabar con ese funesto mito.

Pero para hacerlo, Boy tuvo que esperar hasta México 86, su primer Mundial. Tenía 34 años a sus espaldas. El entrenador del Tri decidió darle la batuta del equipo por encima de Hugo Sánchez. Tomás portó el gafete de capitán durante la justa por consenso general. Los goles de Hugo en Madrid no bastaron para opacar el liderazgo natural del 10. La Selección Mexicana hizo historia: por primera vez accedió a un quinto partido de Copa del Mundo.

Tomás Boy junto a Pablo Larios tras el partido contra Alemania de Cuartos de Final en México 1986. (Photo by S&G/PA Images via Getty Images)
Tomás Boy junto a Pablo Larios tras el partido contra Alemania de Cuartos de Final en México 1986. (Photo by S&G/PA Images via Getty Images)

Boy, sin embargo, padeció los azares de la historia otra vez, pues salió lesionado del partido contra Alemania de Cuartos de Final. En el campo del Estadio Universitario de Nuevo León, el templo que El Jefe construyó, México quedó eliminado en una melancólica tanda de penales. El dolor no entendía de jerarquías, pero a esas alturas la posteridad era meta cumplida: México nunca ha vuelto a estar entre los ocho mejores del Mundial.

No murió un hombre normal. Murió un tipo que llevabas en sus venas la dosis perfecta de soberbia y narcisismo que se necesita para triunfar. Tomás Boy utilizó su talento y vanidad para el más bondadoso de los fines: enterrar para siempre el cuento de los ratones verdes.

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