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Taylor Swift, Donald Trump y el problema de anormalidad de la derecha

Hubo un breve periodo en la última parte de la pandemia por el COVID-19, entre cuando Glenn Youngkin arrasó para convertirse en gobernador de Virginia y el retorno político pleno de Donald Trump, en el que estuve seguro de que el liberalismo estadounidense se dirigía a una derrota verdaderamente épica en 2024.

Parecía entonces que —bajo la influencia del radicalismo progresista, el pensamiento gregario institucional y el miedo al coronavirus— el sector liberal se estaba desligando de la normalidad estadounidense hasta un punto políticamente suicida. Las ciudades y regiones demócratas estaban volviendo a poner en marcha aspectos del programa social de la izquierda de los años setenta y generando picos de delincuencia y desorden. El programa económico del Partido Demócrata había generado una inflación similar a la de los años setenta. Joe Biden fue elegido como moderado, pero era demasiado viejo y estaba demasiado mermado para imponer realmente la moderación en su partido. Además, el liberalismo de élite se asociaba cada vez más con una mezcla de exageración por el COVID e histeria ideológica: imagina a un burócrata con doble mascarilla dirigiendo un taller de privilegios blancos, para siempre.

El liberalismo en 2024 sigue teniendo todo tipo de problemas, pero la derrota verdaderamente épica parece menos probable que entonces. En parte, esto se debe a las adaptaciones dentro de la centroizquierda. Las restricciones por el COVID en los estados demócratas se deshicieron un poco más rápido de lo que yo esperaba, en parte debido al peligro político que crearon para los políticos demócratas. Muchos de esos mismos políticos han encontrado formas de distanciarse de los activistas de su partido, especialmente en estados pendulares como Pensilvania. Asimismo, ya pasó el acmé del fervor ideológico de la izquierda, dando lugar a un entorno más disputado dentro de las instituciones de élite y a un modesto repliegue de la izquierda en la cultura en general.

Pero la otra razón por la que el liberalismo sobrevive a su desconexión de lo que queda de normalidad estadounidense es la incapacidad del conservadurismo de él mismo ser normal, aunque sea por un minuto.

El propio Trump es un gran anormalizador. Pero también lo son las diversas fijaciones y locuras que van tomando forma a su paso, como la extraña reacción de la derecha por todo el internet al romance entre Taylor Swift y Travis Kelce, una historia de amor que ha unido a los dos pilares restantes de nuestra cultura compartida: la NFL y, bueno, la propia Swift.

La hostilidad conservadora hacia Swift ha estado en ebullición desde que ella incursionó en la política partidista en 2018 y 2020, aunque cabe destacar que esta antipatía no es universal: una encuesta de Echelon Insights del verano pasado encontró que lo que llamó “republicanos primero Trump” eran más propensos a ser hostiles a Swift, mientras que más “republicanos primero el partido” le dieron a ella las mismas calificaciones tan favorables que el país en su conjunto.

Pero dentro de esa facción hostil, su relación con Kelce ha transformado una impresión meramente desfavorable en una paranoia total, pues varios influentes en línea describen el romance como una especie de propaganda política cuidadosamente elaborada, cuyo verdadero propósito es hacer que un apoyo de Swift o Swift-Kelce a la candidatura de reelección de Biden sea lo más significativo posible tanto para los Swifties como para los aficionados al fútbol americano.

Si quisiéramos imaginar un efecto Swift real en 2024, podríamos decir que el problema claro de Biden respecto a la participación de los jóvenes y la desilusión de la generación Z ha creado una situación excepcional en la que el apoyo de una superestrella podría suponer una diferencia significativa. Pero la idea de que eso importaría lo suficiente como para inspirar y justificar un operativo del régimen mediático para crear influencia, aunada a algunas actuaciones notables por parte de la pareja romántica que finge y algún tipo de chanchullos para amañar el juego por parte de la NFL, es quizá la teoría de la conspiración más tonta.

Sin embargo, la cuestión más espinosa es que, independientemente de la repercusión electoral de un apoyo de Swift, el valor cultural del romance Swift-Kelce no es solo normal, sano y dominante en un sentido en el que el conservadurismo no debería querer definirse en contra. Es normal, sano y convencional de una manera explícitamente conservadora, ya que ofrece el tipo de iconografía romántica que gran parte de la derecha en internet supuestamente quiere fomentar y apoyar.

Normalmente, no se puede navegar más de unos minutos por las redes sociales de la derecha sin encontrar algún tipo de meme que valore las viejas costumbres de deportistas y bellezas, hombres barbudos y las mujeres que los aman, el romance heteronormativo estadounidense en una forma anticuada.

La cruzada por dar sentido al antiswiftismo de la derecha ha alentado intentos débiles de sugerir que el romance Swift-Kelce está subvirtiendo de algún modo estos arquetipos tradicionalistas y modelando una idea más progresista del romance: que como ella es más rica y famosa que él y él respeta su carrera, están básicamente a un paso de una relación polígama del área de la bahía o de un matrimonio abierto de Brooklyn.

Pero, vamos. Una historia en la que la famosa estrella del pop abandona sus raíces country y se la pasa años saliendo sin éxito con un montón de cretinos de Hollywood y músicos angustiados, solo para encontrar el amor verdadero en los brazos de una barbuda estrella del fútbol americano que dirige un pódcast con su igualmente barbudo, felizmente casado y fácilmente ebrio hermano mayor... quiero decir, ¡esto es una película navideña de Hallmark! ¡Es una alegoría del Estados Unidos conservador! ¡Es un meme de la derecha!

Pero los creadores de memes no lo quieren. Están rechazando por razones secundarias y superficiales —la banal política liberal de Swift, los anuncios de servicio público sobre vacunas de Kelce— lo que deberían estar afirmando por razones primarias y fundamentales. Rechazan la historia profunda, los arquetipos primarios, porque las celebridades implicadas no están totalmente de su lado político.

Pero las celebridades no están de su lado precisamente porque la derecha sigue volviéndose tan extraña que incluso las personas conservadoras de temperamento (que tanto Swift como Kelce parecen ser) se encuentran alienadas de sus demandas.

Hay dos razones clave para esta rareza contraproducente, ambas derivadas de la victoria de Trump en 2016. La primera es la realineación de la que ya he hablado en varias ocasiones, en la que los cambios ideológicos de la era Trump hicieron que la derecha fuera más acogedora con todo tipo de narrativas y creencias marginales (incluidas las que antes estaban codificadas a la izquierda, como el escepticismo ante las vacunas), mientras que la izquierda se volvió mucho más servilmente institucionista. Este realineamiento hizo que la derecha fuera más interesante en ciertos aspectos, más inclinada a ver más allá de ciertas narrativas falsas y de las creencias oficiales, pero también más inclinada a querer ver más allá de todo, lo que, como observó C. S. Lewis, es lo mismo que no ver nada en absoluto.

La segunda razón del problema de anormalidad de la derecha es que incluso la gente normal de la coalición republicana aprendió en demasía la lección de la victoria de Trump. Tras haber optado por las opciones seguras y moderadas en 2008 y 2012 y haber visto cómo John McCain y Mitt Romney caían derrotados, los republicanos optaron por una opción que parecía salvaje con Trump y vieron cómo obtenía la más improbable de las victorias. Y hubo una lección política razonable en esa experiencia, y es que a veces una dosis de desestabilización puede abrir un camino a nuevos electorados, nuevos mapas, nuevos senderos hacia la victoria.

Pero la dosis lo es todo e intentar ser anormal para siempre porque te funcionó una vez es sumamente contraproducente. El objetivo de la desestabilización, después de todo, es crear finalmente una nueva estabilidad, en la que tu partido y tu visión y tu coalición sean entendidos por la mayoría de los estadounidenses como un lugar seguro y normal al que pertenecer. Eso es lo que la derecha de la era Trump ha fracasado estrepitosamente en lograr. Y no lo conseguirá mientras vea incluso desarrollos culturales que debería acoger con satisfacción, romances que debería apoyar y sacuda la cabeza y diga: “Seguro es una operación liberal”.

c.2024 The New York Times Company