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Rafael Puente, el DT que era Guardiola en la televisión y no puede demostrarlo en la vida real

Rafael Puente en el partido que Pumas jugó contra Santos en Liga MX. (Jos Alvarez/Jam Media/Getty Images)
Rafael Puente en el partido que Pumas jugó contra Santos en Liga MX. (Jos Alvarez/Jam Media/Getty Images)

Escuchar a Rafael Puente en la televisión era didáctico y, en ocasiones, un deleite. Nadie podía dudarlo: sabía de futbol. Porque una cosa es hablar de los márgenes del futbol, de todo lo que le rodea como fenómeno, y otra, saber de futbol puro: de táctica, de lo que pasa dentro del campo y del por qué pasan las cosas. Que si un entrenador retrasó sus líneas para obligar al rival a jugar adelantado y dejar espacios atrás. En fin, lo que se puede escuchar de alguien que ve el juego más allá del resultado y de los detalles pintorescos.

Además, Puente tenía (tiene) una claridad conceptual que muchos envidiarían: lo explicaba todo con las palabras justas. Algunos, por aquella tendencia al verbo, decían que vendía mucho humo y que le gustaba la lírica y nada más. Ciertamente, exageraba en ocasiones y pecaba de dueño de la verdad, pero ¿qué integrante de una mesa deportiva de análisis no posee ese defecto? Siempre fue transparente con sus intenciones: aspiraba a ser entrenador. En alguna oportunidad, Hugo Sánchez, quién si no, lo humilló en un programa al decirle que hablaba con mucha soberbia para nunca haber sido entrenador de ningún equipo. Él dijo, a modo de respuesta y promesa, que algún día lo sería.

Eso fue en 2015. Dos años después lo cumplió. Llegó al Lobos BUAP, un equipo desamparado de la Liga de Ascenso de México. En su primer partido perdió 5-1 contra Dorados, club al que dirigía José Luis Sánchez Solá, otro entrenador que ha mezclado la vida en el banquillo con la vida enfrente del micrófono. La ironía quedó patentada: un entrenador que batallaba enormidades para expresarse en televisión, como Sánchez Solá, había arrollado a uno que hablaba como si fuera la versión mexicana de Guardiola.

Pero Puente Junior, hijo de Rafa Puente Suárez, se levantó de aquello. En su primer temporada logró un hito que nadie habría imaginado: ascender a Primera División. Hasta ahí la lógica se estaba cumpliendo: un tipo que se había preparado para ese momento, que no hizo gala de nepotismo y se ganó las cosas por sí mismo, estaba en el máximo circuito del futbol mexicano. Fue despedido, pero era normal. Nadie lo había hecho mucho mejor que él en un equipo tan limitado como Lobos, que descendió en su primer año ya sin Puente como entrenador.

Le llegó una oportunidad en un equipo más estable, como lo es Querétaro. En su primer torneo calificó a la Liguilla, luego cayó en una espiral de derrotas que lo alejó del cargo. Y algo se rompió para siempre. Desde entonces, Puente del Río vive en abismo eterno. Le pasó en el Atlas, donde fue despedido sin dejar nada para el recuerdo. Nadie entendió muy bien por qué, pero llegó a la dirección técnica de Pumas. Su mérito fue entregar un proyecto y pedir trabajo, como años atrás lo había hecho en el América, cuando se sentó frente a Emilio Azcárraga y, con nombres y apellidos, le presentó un plan maestro para sacar del hoyo a Las Águilas. De nuevo: el tipo sabe de futbol.

Pero en sus últimos 18 partidos sólo ha sacado dos victorias. Y no ha estado en equipos precisamente malos. ¿Pasará Puente del Río a engrosar el listado de entrenadores que son muy buenos en la teoría pero decaen cuando tienen que poner en práctica sus conocimientos? Pumas ganó su primer partido y perdió el segundo, 3-0, ante Santos. ¿Cuál es la verdadera cara de los felinos y de su entrenador?

Rafael Puente del Río, contrario a las tendencias destructivas de otros técnicos, ha hecho todo lo que tiene que hacer para que las cosas le salgan bien; sí, bien; no mal. Preparación, método, esfuerzo, estudio. Lo tiene todo. Y no le salen las cosas, por ahora, hasta ahora. ¿Por cuánto tiempo más? La paciencia del futbol mexicano lo determinará. A Puente se le hace tarde. Ya no es el joven brillante que tenía todo por delante. Está en el punto del no retorno, de hacer verdadera carrera en el banquillo o volver a televisión y ser Guardiola.

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