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En un pueblo indio, se cultiva el sueño de unas niñas de jugar en grandes ligas

Miembros de un equipo femenil de críquet en una carrera de entrenamiento de tres kilómetros en el pueblo de Dharoki, Punyab, India, el 23 de marzo de 2023. (Atul Loke/The New York Times)
Miembros de un equipo femenil de críquet en una carrera de entrenamiento de tres kilómetros en el pueblo de Dharoki, Punyab, India, el 23 de marzo de 2023. (Atul Loke/The New York Times)

DHAROKI, India — Las niñas llegan al improvisado campo de críquet en sus bicicletas, una estrecha fila de uniformes deportivos blancos que pasan a toda velocidad por un camino de tierra que atraviesa unos exuberantes campos de trigo en la región india de Punyab. Llevan sus nombres y números en el dorso y el pelo recogido en trenzas largas y cuidadas. La más pequeña tiene 9 años, la mayor 14.

Es hora de entrenar: una carrera de 3 kilómetros, un par de horas de ejercicios de batear, bolear y recibir y muchas risas. El encargado de supervisarlo todo es Gulab Singh Shergill, un oficial de la policía durante el día y entrenador, mentor y campeón por la noche. Las chicas, incluida su propia hija, se refieren a él como “veera”, , que significa hermano mayor en punyabí.

Sin embargo, no habría equipo, ni sueño, sin las mujeres. Cuando alguien recibe un golpe con la pelota, que es de corcho duro y cuero, la madre de Shergill, Harjeet Kaur, está allí para ofrecer consuelo hasta que cesan los sollozos y la niña vuelve corriendo al campo. La esposa de Shergill, Kamaldeep Kaur, ayuda a coordinarse con las cerca de 20 familias por medio del grupo de WhatsApp del equipo. Su hermana, Jasvir Kaur, actúa como una especie de fisioterapeuta: masajes en la panza y respiraciones profundas para la niña de 9 años que llegó al entrenamiento después de excederse comiendo en una boda, estiramientos boca abajo para la niña que sufre calambres en las piernas.

Para las niñas, la rutina diaria es un escape del aburrimiento de la vida en el pueblo. Después de cada entrenamiento, se tumban en círculo, con la espalda sobre el césped y la cara hacia la luz desteñida del cielo. Cierran los ojos durante dos minutos de reflexión silenciosa.

Es mucho más que críquet.

“¿Cómo es la vida en el pueblo? Te levantas a las 5 de la mañana, horneas pan y preparas la comida y el té; todas las tareas domésticas les corresponden a las niñas”, les dice Shergill. “Si no se convierten en jugadoras, van a madrugar toda la vida hasta que sean viejas. Se casarán y trabajarán para su marido; luego, para sus hijos”.

Una joven practica su técnica de bateo durante los entrenamientos de un equipo femenil de críquet en el pueblo de Dharoki, Punyab, India, el 24 de marzo de 2023. (Atul Loke/The New York Times)
Una joven practica su técnica de bateo durante los entrenamientos de un equipo femenil de críquet en el pueblo de Dharoki, Punyab, India, el 24 de marzo de 2023. (Atul Loke/The New York Times)

¿Y si llegan a ser jugadoras profesionales?

“Tendrán ayudantes”, dice con una sonrisa. “Tomarán el teléfono, les llamarán y les traerán el té”.

Si alguna vez dio la sensación de que Shergill estaba vendiendo una quimera, ahora parece un poco menos.

Esta primavera ocurrió algo extraordinario: una nueva liga profesional india de críquet femenil celebró su temporada inaugural, una apuesta de más de 500 millones de dólares por el talento femenil en el que es por mucho el deporte más popular del país.

La liga femenil sigue el modelo de la exitosísima liga de críquet profesional varonil de la India, conocida como la Liga Premier india, la cual tiene equipos llenos de jugadores indios en su mayoría, aunque también incluye a otros de los mejores jugadores de todo el mundo. Las dos ligas convierten a la India en el principal escenario mundial del críquet profesional.

En tan solo 15 años, la Liga Premier varonil se ha convertido en una de las organizaciones deportivas más valiosas del planeta. Se calcula que hay equipos que se compraron por 100 millones de dólares y ahora valen 1000 millones de dólares. El dinero que llega a raudales se ha utilizado para mejorar las infraestructuras en los niveles inferiores del deporte y preparar a los jugadores más jóvenes.

Ahora, los grandes inversionistas también ven una oportunidad en la Liga Premier de mujeres y están destinando cientos de millones de dólares. Eso significa oportunidades para las atletas que nunca antes habían tenido.

La apertura de lo que durante mucho tiempo se ha conocido como “el juego de los caballeros” envía un poderoso mensaje psicológico a cientos de millones de mujeres y niñas del que pronto será el país más poblado del mundo. Los roles de género siguen siendo rígidos en la India, donde tan solo alrededor del 20 por ciento de las mujeres están empleadas en la fuerza laboral formal, una de las tasas más bajas del mundo. Si el país quiere desarrollar todo su potencial económico, debe reducir poco a poco esa brecha de género.

Una niña jugando criquet en Indore, India. (Photo by Robert Cianflone/Getty Images)
Una niña jugando criquet en Indore, India. (Photo by Robert Cianflone/Getty Images)

Al menos en el caso del críquet, algunos de los industriales más famosos de la India —los Ambani, los Adani y otros— están empeñados en que las mujeres prosperen. La liga vendió los cinco equipos creados para la temporada inaugural, que tuvo lugar el mes pasado, en 570 millones de dólares en total, un promedio de unos 110 millones de dólares por franquicia. De la noche a la mañana, la liga se convirtió en la segunda asociación deportiva femenina más valiosa del mundo, después de la WNBA.

Una promesa

El equipo femenil de críquet de Dharoki empezó con una promesa que hizo su director, Shergill, en el techo de una casa que desde hace tiempo ha estado al mando de mujeres.

Su madre y sus dos hermanas cultivaban sus tierras y lo criaron después de que su padre murió de un infarto cuando Shergill tenía 6 años. Luego de que terminó sus estudios, ayudó a vender los productos agrícolas de su familia en otros estados mientras probaba suerte en repetidas ocasiones en el examen de ingreso a la policía.

En uno de sus viajes al estado de Gujarat, vio unas instalaciones de entrenamiento de críquet en un pueblo —este deporte en la India se practica sobre todo en espacios improvisados— y pensó: si ellos pueden hacerlo, ¿por qué nosotros no? Prometió que, si obtenía el puesto de policía, invertiría una buena parte de su sueldo en formar un equipo.

Empezó lanzándole pelotas a su hija única, Harsimrat, en el techo de su casa cuando tenía 6 años. Cuando el confinamiento de la COVID-19 cerró las escuelas, aumentó el número de niñas en la azotea. También aumentó la cantidad de pelotas que caían en la casa del vecino.

Al principio, Shergill levantó redes alrededor del techo. Luego encontró un rincón en los campos de trigo de la familia y se dedicó a entrenar el equipo hace tres años.

“No sabemos qué se le metió en la cabeza”, dijo su hermana Jasvir con una sonrisa.

Los gastos del hogar se cubren en gran parte con los ingresos de su esposa, quien es empleada del gobierno, complementados con los ingresos de la granja. Buena parte del salario mensual de Shergill, unos 600 dólares, va a uniformes y equipo, comida y combustible. Le paga a un entrenador de medio tiempo para que se encargue del entrenamiento técnico.

Está consciente del hecho de que sus jugadoras provienen de diversos contextos económicos. Les da los mismos zapatos a todas. Comparten el equipo de bateo. El tiffin de todas tiene la misma comida los días de viaje. Lo último que necesita un niño es una burla: que sus zapatos hayan sido donados mientras que otras vengan con calzado que les compró sus padres.

En septiembre pasado, el equipo viajó a Mohali, a unos 80 kilómetros del pueblo, para ver el partido de la selección varonil india contra Australia. La hermana y la esposa de Shergill hornearon 60 rotis, dos para cada niña y unos pocos para los adultos, y cocinaron algunas verduras, para luego meter toda la comida y el agua en una bolsa. Ellas y su madre acompañaron a las niñas.

El equipo llegó temprano al estadio. “Todo el mundo quiere ver el partido”, dijo Shergill. “Nosotros fuimos a verlos entrenar”.

Después del partido, cuando las personalidades se habían ido a casa, Shergill llevó a las chicas a recorrer su sección de las gradas. Mientras ellas disfrutaban de la comodidad de las sillas marcadas con los nombres de los dignatarios, Shergill les grabó un video.

“Esta niña… ¡está sentada en el asiento del primer ministro de Punyab!”, dice en el video mientras mueve la cámara a lo largo de la línea, con un orgullo y una alegría que se reflejan a todas luces en su voz. “Karandeep Kaur… ¡en el asiento del honorable juez Ravi Shanker Jha! Naina, ¡en el de Harbhajan Singh, miembro del Parlamento!”.

Niña jugando criquet en la mañana en Mumbai 2023. Photo by Punit PARANJPE / AFP) (Photo by PUNIT PARANJPE/AFP via Getty Images)
Niña jugando criquet en la mañana en Mumbai 2023. Photo by Punit PARANJPE / AFP) (Photo by PUNIT PARANJPE/AFP via Getty Images)

Así es cómo se reduce poco a poco la rígida brecha de género en la India. Las niñas caminan y hablan con la confianza y la soltura que brinda la familiaridad con cosas que van más allá de la vida, los viajes y la exposición más inmediatos. Han visto ciudades, han comido en restaurantes, se han sentado en las primeras filas de los estadios con las cámaras apuntando hacia ellas.

Una mañana de finales de marzo, Shergill y su equipo llegaron al campo de críquet de la ciudad de Patiala, donde los reclutadores estaban eligiendo jugadoras para la selección sub-15 del distrito. Para este equipo, la selección es la única manera en que las niñas tendrán una oportunidad significativa de jugar en partidos competitivos y de introducirse en el radar oficial del deporte.

Tres mujeres, todas exjugadoras estatales, vigilaban y tomaban notas. Mientras las niñas hacían sus ejercicios —bateaban por turnos, corrían para demostrar sus habilidades boleando—, Shergill estaba sentado bajo la sombra de un árbol y llenaba sus documentos.

Al final de la sesión, los reclutadores le dijeron a Shergill que lo más probable era que cinco de sus jugadoras entraran en el equipo. (Días después, por teléfono, le dijeron que siete habían sido seleccionadas).

Después de la prueba, el equipo caminó a un restaurante cercano. Sentadas alrededor de una mesa larga, las niñas sacaron sus tiffins y botellas de agua y almorzaron. Entonces llegó un pequeño pastel: era el cumpleaños de Jasmin, de 12 años. Las niñas cantaron juntas y se dieron de comer pastel. Después, con sus uniformes blancos, salieron del restaurante para tomar el autobús de vuelta al pueblo.

c.2023 The New York Times Company

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