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La impactante propaganda nazi que llevó a Hitler al poder y muestra lo poco que hemos aprendido

La historia de cómo Adolf Hitler ascendió al poder y catapultó la Segunda Guerra Mundial no puede ser entendida sin la complejísima maquinaria de propaganda que puso en marcha durante las elecciones federales y presidenciales alemanas que antecedieron a su nombramiento, en enero de 1933, como canciller imperial de la entonces República de Weimar. Una estrategia bien urdida que permitió que la ideología nazi del genocida se expandiera más allá de los sectores extremistas de la población y obtuviera un apoyo masivo en las urnas.

“La propaganda es un arma verdaderamente terrible en manos de un experto”, vaticinó el dictador en su libro Mein Kampf (1924). Una frase premonitoria de lo que sería su estrategia de manipulación y uso a conveniencia de la información más adultera para convencer de la necesidad de un "cambio" político a una sociedad desecha por las duras condiciones de reparación que impusieron los vencedores tras la Primera Guerra Mundial.

Hitler hizo del cartelismo su principal instrumento propagandístico a partir de las elecciones legislativas de 1928 (una vez en el poder, se valdría del cine). Así fraguó la identidad visual del partido nazi, de ideología nacionalsocialista, en torno a la milenaria esvástica de origen indio que pasó a ser un símbolo inequívoco de su movimiento. También se sirvió de los carteles para apuntalar su propia imagen de salvador mesiánico y único capaz de sacar adelante al país de la situación de crisis económica en la que estaba instalado.

El Museo Memorial de Caen, en la región francesa de Normandía, reúne una impactante selección de estos documentos gráficos que apelan al visitante a grabarse a fuego la célebre frase del poeta y filósofo español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana: “el hombre que no conoce su historia está condenado a repetirla”. En ellos es fácil identificar las diferentes técnicas discursivas que utilizaron los nazis para persuadir al electorado de votar por la candidatura de Hitler, como la de apelar al miedo colectivo más visceral (el comunismo aparece caracterizado como una bestia indescifrable y el nazismo como la solución para erradicarlo), a la emocionalidad y al drama humano (“¡Pan, primero! Luego reparación. Eso es lo que cada nacionalsocialista está exigiendo. Movimiento de Hitler”) o el uso del recurso de delimitar un bueno y un malo como fórmula para apuntalar los valores absolutos que proponían (“Solo un hombre nos salvará del bolchevismo: Adolf Hitler”).

Salvando las distancias, asusta la vigencia que trasladan estos carteles si nos remitimos a las actuales estrategias de propaganda y fake news que ponen en marcha ciertos sectores políticos para promover sus causas. Otros protagonistas, sí, otro contexto histórico, también, otra caracterización de los “enemigos del Estado”, por supuesto, pero el populismo, el odio y la manipulación se mantienen como un vector clave para la colonización de la opinión publica y del voto. Y, si no, que se lo digan a Europa, que vive uno de los mayores auges de partidos de extrema derecha que se recuerdan desde la Segunda Guerra Mundial: ya gobiernan en un tercio de sus países y la tendencia no parece que vaya a revertir próximamente.

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