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Opinión: Una ventana de esperanza en esta reciente crisis de Haití

En Puerto Príncipe, la capital de Haití, los cadáveres se pudren en las calles. Hay gran escasez de agua potable y amenazas de un brote de cólera. El hambre acecha y las fuerzas policiales desarmadas prácticamente desaparecieron.

Unos grupos armados tomaron el control de los puertos y las avenidas principales de la capital y sacaron de las cárceles a los presos. También cerraron el aeropuerto para impedir que Ariel Henry, el impopular primer ministro, regresara de un viaje al extranjero y amenazaron con tomar el palacio presidencial. Debido a la fuerte presión de Estados Unidos y de otras potencias de la región para acelerar la transición hacia un nuevo gobierno, Henry aceptó renunciar el lunes.

Y ahora viene lo más difícil: decidir quién gobernará Haití. ¿Podrá un gobierno de transición traer de nuevo la estabilidad y la democracia a ese frágil país? ¿O acaso los hombres armados que deambulan por las calles y asesinan, secuestran y violan impunemente, junto con los líderes políticos y empresariales alineados con ellos, tomarán el control y desatarán un nuevo ciclo de violencia y delincuencia?

Quiero tener esperanzas y verlo como un momento de oportunidad excepcional para la autodeterminación del pueblo haitiano, cuyo país ha sido durante mucho tiempo un juguete de las potencias extranjeras y de las codiciosas élites locales. Gran parte de mis esperanzas proviene de haber seguido con atención el trabajo de una serie de grupos políticos, cívicos, empresariales y religiosos que durante los dos últimos años han tratado desesperadamente de forjar un camino para que Haití salga de este desastre, exigiendo que Henry renuncie y transfiera el poder a un gobierno de transición que pueda, con la ayuda del extranjero, darle estabilidad al país y conducirlo de nuevo hacia la democracia mediante nuevas elecciones.

“Esta crisis ofrece muchas ventajas como para desperdiciarla”, comentó Fritz Alphonse Jean, un exdirector del banco central que tuvo una participación fundamental en esa iniciativa y sería parte del gobierno de transición propuesto.

Pero también me da miedo, después de ver que grupos armados, algunos alineados con intermediarios del poder político y empresarial de Haití, cobraron fuerza mientras Henry se aferraba al poder con el respaldo tácito de Estados Unidos y de otras potencias de la región. Estas despiadadas pandillas lograron lo que los civiles no pudieron: obligar a Henry a renunciar después de impedir por medios físicos su retorno. Ahora amenazan con aprovechar el ímpetu de los líderes que buscan la restauración de la democracia en Haití.

La última vez que viajé a Haití, a fines de 2022, Jimmy Cherizier, el nefasto líder de una pandilla, era un hombre perseguido y no podía reunirse con los periodistas visitantes porque la policía había prometido atraparlo, vivo o muerto. En estos días, de manera descarada organiza conferencias de prensa y promete sumergir al país en una guerra civil o incluso el genocidio si el gobierno no se aparta. Los posibles líderes políticos, como Jean y muchos otros con los que he hablado en los últimos días, difícilmente pueden salir de su casa debido a la violencia en las calles.

Al mal augurio se suma el resurgimiento de una figura especialmente sórdida del pasado de Haití, un expolicía convertido en golpista llamado Guy Philippe, el cual representa una clara herencia de la Guerra Fría en la región de América, un oficial de seguridad que trabaja con un gobierno de derecha alineado con Estados Unidos (y en el caso de Philippe, según Human Rights Watch, entrenado de hecho por el Ejército estadounidense). Al igual que muchos personajes de ese estilo, se convirtió en una especie de emprendedor político y se concibió a sí mismo como un Che Guevara de nuestros días, pese a su ideología anterior. La última vez que hablé con Philippe fue en 2004. Estaba marchando para derrocar al presidente de Haití electo democráticamente, el exsacerdote de izquierda Jean-Bertrand Aristide.

“Yo no soy ambicioso”, señaló Philippe en una entrevista de entonces, mientras bebía cerveza y sus hombres holgazaneaban con sus rifles de asalto junto a la piscina de un hotel. “Lo que quiero es una vida mejor para el pueblo de Haití. Lo que quiero es que haya democracia”.

Philippe y sus hombres lograron sacar a Aristide del poder. Contendió por la presidencia, pero perdió. Desde hace mucho se le ha acusado de tener lazos con el narcotráfico y al final pasó algún tiempo en la cárcel por el grave delito de lavado de dinero en Estados Unidos. A fines del año pasado, fue deportado a Haití y de inmediato se reinsertó en la turbulenta escena política de ese país. Por concebirse como antiimperialista y cuasi de izquierda, fue acogido por algunos líderes pandilleros y, una vez más, asegura que habla por las masas.

Cuando tratamos de entender alguna crisis en Haití, siempre es tentador remontarse hasta el principio, cuando una banda de negros se sublevó contra los colonizadores franceses que los esclavizaron y creó la primera república negra y un modelo de libertad para las poblaciones esclavizadas y colonizadas de todo el mundo. Este modelo, una refutación inaceptable del régimen colonial, fue eludido y manipulado por todos los países poderosos del mundo, lo que estableció un patrón que ha continuado hasta el día de hoy. Y esta es la historia que hombres como Philippe y Cherizier intentan evocar mientras se presentan como revolucionarios y hombres del pueblo.

Pero la causa inmediata de la crisis actual fue el asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, en julio de 2021 por un grupo de soldados colombianos contratados por una empresa de seguridad de Florida. El móvil y las causas del asesinato aún se desconocen y el caso, que está siendo procesado tanto en Estados Unidos como en Haití, ha estado inmerso en un miasma de rumores y especulaciones que involucran a muchos actores importantes de la política y el medio empresarial de Haití.

Moïse y Henry son tan solo dos ejemplos de una larga fila de líderes claramente de centroderecha y pro Estados Unidos que, con pocas excepciones, durante décadas han gobernado Haití con el respaldo de Washington pese a las pruebas de corrupción y tendencias autocráticas. Henry, quien había sido asignado al cargo y nunca fue electo como dirigente nacional, se comprometió a organizar elecciones con rapidez para que Haití regresara a la democracia. Pero esas elecciones nunca ocurrieron y Estados Unidos siguió apoyando a Henry como el último vínculo a un gobierno electo en Haití, pese a que ni siquiera había sido electo. Los grupos políticos que buscan la transición prometida acusaron a Estados Unidos de apoyar a Henry a pesar del descontento cada vez mayor y de un aumento importante del pandillerismo.

Actualmente se están llevando a cabo conversaciones en Jamaica para resolver la crisis, a las cuales asisten líderes de diversas facciones políticas de Haití que plantean propuestas divergentes. El martes en la tarde, un alto funcionario del Departamento de Estado señaló que se había llegado a un acuerdo para crear un consejo de transición de siete integrantes que represente a los principales grupos políticos y cívicos que dirigirán Haití hasta que pueda haber elecciones, pero las personas que participan en las conversaciones comentaron que todavía estaban en marcha algunas negociaciones delicadas. El lunes, el secretario de Estado, Antony Blinken, fue a Jamaica para reunirse con los dirigentes de la región y se comprometió a dar 100 millones de dólares más para respaldar una fuerza de seguridad internacional en Haití, formada en su mayoría por oficiales de policía kenianos. El destino de esa fuerza sigue siendo incierto; el martes, los oficiales kenianos dijeron que esta no puede desplegarse a menos de que haya un gobierno en Haití.

Los líderes políticos haitianos tienden a culpar a los extranjeros de sus numerosos problemas y con justa razón. A lo largo de la historia, las potencias extranjeras, sobre todo Estados Unidos, han interferido en los asuntos de Haití, debilitado a sus dirigentes y hecho fracasar su democracia. Pero las élites políticas y económicas de Haití también le han fallado al pueblo de manera sistemática. Y en cierto punto, la creencia de que las potencias extranjeras están manipulando tu país se convierte en una profecía autocumplida, y siembra paranoia y suspicacia justamente en el momento en que más se necesita la confianza y la solidaridad.

Imaginar un nuevo futuro para Haití es tarea de los haitianos, pero se requerirá un voto de confianza y mucha ayuda, económica y de otro tipo. Estados Unidos y sus aliados de la región deben abandonar sus juegos paternalistas en Haití. Pero pueden y deben contribuir para la construcción de un nuevo Haití convocando, apoyando e impulsando a los líderes haitianos a trabajar juntos para forjar un nuevo futuro. Este momento, por difícil que sea, ofrece una oportunidad para que Haití tenga la esperanza de vencer el miedo. No podemos dejarlo pasar.

c.2024 The New York Times Company