Anuncios

Opinión: Es la Pascua de 2050 y así es la religión estadounidense

Está claro que el antiguo orden de denominaciones protestantes, es decir, metodistas, presbiterianos y episcopales agrupados en torno al centro de las ciudades, ya no define nuestra vida religiosa. Ross Douthat pregunta qué alineaciones están tomando forma en su lugar. (Cara Howe/The New York Times)
Está claro que el antiguo orden de denominaciones protestantes, es decir, metodistas, presbiterianos y episcopales agrupados en torno al centro de las ciudades, ya no define nuestra vida religiosa. Ross Douthat pregunta qué alineaciones están tomando forma en su lugar. (Cara Howe/The New York Times)

Otra Semana Santa y otra encuesta que muestra el reciente declive de la religión: esta es de Gallup, y confirma una intensificación de la baja en la asistencia a la iglesia durante el siglo XXI.

Pero la disminución coexiste con la transformación. La práctica cristiana que probablemente perdure y prospere a medida que los miembros menos asiduos de las iglesias se vayan alejando no es la que asociamos con la marea del cristianismo estadounidense de hace 60 años. Mientras tanto, la principal alternativa a la religión tradicional, la fe en el progreso secular, ha entrado en su propia crisis de compromiso y creencia, y el misticismo vuelve a colarse por los márgenes del secularismo.

Intentemos imaginar cómo estas tendencias podrían moldear la religión estadounidense dentro de una generación. Está claro que el antiguo orden de denominaciones protestantes, es decir, metodistas, presbiterianos y episcopales agrupados en torno al centro de las ciudades, ya no define nuestra vida religiosa. En su lugar, ¿qué alineaciones están tomando forma? ¿Cómo describirá un estadounidense de 2050 los principales grupos religiosos del país?

Imaginemos esa descripción. Empecemos con un grupo que llamaremos los neotradicionalistas. Serán cristianos conservadores desde el punto de vista litúrgico y doctrinal, con un núcleo católico orbitado por algunas facciones de la Reforma, especialmente calvinistas, así como algunas Iglesias ortodoxas orientales, pequeñas pero repletas de conversos.

Importa tanto el “neo” como el “tradicionalista”. Estos creyentes han creado, más que heredado, su cultura conservadora. Por lo general, tienen un alto nivel educativo y una movilidad ascendente, aunque su tendencia a tener familias numerosas limita esa movilidad. El estereotipo del neotradicionalista vive en una ciudad común o en una ciudad universitaria de un estado conservador y envía a sus hijos a una de las redes de preparatorias clásicas cada vez más numerosas. Pero hay importantes subculturas neotradicionalistas en las grandes ciudades liberales que proporcionan el liderazgo entre bastidores —jueces, administradores, expertos— para el tipo de conservadurismo político que aún pueda existir en 2050.

A continuación, tenemos un grupo más amplio, los meros cristianos. Serán estadounidenses que hoy llamaríamos exevangélicos o protestantes aconfesionales, pero términos como “denominación” y “protestante” parecen pintorescos en nuestro 2050 imaginario, e incluso “evangélico” está cayendo en desuso. En lugar de esto, la mayoría de las personas de esta categoría simplemente se identifican como cristianas y asisten a iglesias con nombres como Elevación, Levantamiento y Resurrección, instituciones teológicamente conservadoras pero nada litúrgicas y sin intensidad doctrinal.

Los cristianos a secas son de clase media y viven en los suburbios, tienen menos títulos universitarios y menos hijos que los neotradicionalistas, y sus congregaciones son más multirraciales. En un extremo, su categoría se confunde con el pentecostalismo; en el otro, con iglesias que técnicamente siguen formando parte de una estructura confesional, pero que no se anuncian como tales: “La Iniciativa Galilea” en letras grandes, “una comunidad bautista del sur” en letras pequeñísimas.

Luego, los cristianos liberales. Durante generaciones, las denominaciones protestantes de tendencia más liberal han ido en declive. Pero el cristianismo liberal es un recurso renovable, mientras haya cristianismos conservadores que inspiren rebelión y desilusión.

La cuestión es cómo será la forma institucional de la fe liberal en 2050. Tal vez un catolicismo liberal con pocos sacerdotes pero que perdure bajo un liderazgo lego. Quizás una forma liberal de cristianismo no confesional construido por los herederos de los exevangélicos desilusionados de hoy. Tal vez un protestantismo básico que haya sobrevivido gracias a la consolidación, con antiguos episcopales, metodistas y congregacionalistas agrupados en una Iglesia Progresista Unida.

Después, los paganos típicos de Estados Unidos. Será un cajón de sastre para todas las formas emergentes de fe religiosa poscristiana: la espiritualidad de la nueva era, la astrología, la fascinación por los ovnis, la meditación y las drogas que alteran la mente, la magia y la brujería, el panteísmo intelectual y el politeísmo de la vieja escuela, e incluso el satanismo.

Estos experimentos no tendrán una expresión institucional particular en 2050, pero en conjunto parecerán una religión estadounidense importante, no solo una tendencia o impulso menor, fuerte en las regiones más seculares de la actualidad (el noroeste del Pacífico, Nueva Inglaterra), que proporcionará guiones espirituales para muchos progresistas políticos e infundirá una metafísica extraña en la inteligencia artificial de Silicon Valley y las visiones tecnofuturistas.

También estarán los marginados de rápido crecimiento. Estos son grupos más pequeños que, debido a su concentración geográfica y a su alta fertilidad, parecen cada vez más importantes. Los mormones serían el ejemplo obvio, aunque su ventaja en fertilidad ha disminuido un poco. Los amish son otro: en la década de 2050 su población podría superar el millón de habitantes. Los judíos ortodoxos probablemente superarán en número a sus hermanos reformistas y conservadores. Y cualquiera que sea la forma del islam que logre superar la dura prueba de la asimilación en Estados Unidos podría tener una trayectoria similar.

Por último, un comodín: la comunidad intelectual. Durante un siglo o más, las clases intelectuales estadounidenses han sido mucho menos creyentes que el país en su conjunto. ¿Sobrevivirá esa postura preestablecida a otra generación de cambios? ¿Se unirán los intelectuales progresistas a una mezcla de paganismo y transhumanismo? ¿Los humanistas harán causa común con los cristianos liberales o incluso con los neotradicionalistas contra un amenazador futuro tecnológico? ¿Puede un ateísmo árido e inverosímil realmente perdurar en un futuro estadounidense mucho más extraño?

Ya veremos. Felices Pascuas.

c.2024 The New York Times Company