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Opinión: Cómo los multimillonarios estridentes convierten su riqueza en poder

ESTO ES LO QUE NOS DICE EL ASCENSO DE BILL ACKMAN, OTRO MULTIMILLONARIO PENDENCIERO, SOBRE EL PODER DE LAS REDES SOCIALES PARA CONVERTIR LA RIQUEZA EN PODER.

Bill Ackman, el multimillonario gestor de fondos de cobertura, es un contradictor fastidioso y persistente. No contento solo con ayudar en la destitución de la presidenta de la Universidad de Harvard, Claudine Gay, acusada de plagio y de hacer declaraciones públicas que él desaprobaba, Ackman ha estado utilizando su presencia en las redes sociales (que incluye a sus 1,2 millones de seguidores en X) para hacer campaña a favor de la destitución de Sally Kornbluth como presidenta del Instituto Tecnológico de Massachusetts.

No importa si crees que es un fanfarrón multimillonario o un valiente iconoclasta, Ackman forma parte de un cambio de paradigma en las redes sociales, donde los ricos son cada vez más capaces de convertir el capital financiero en capital social. No es en absoluto ni el primero ni el más escandaloso beneficiario de esta desafortunada realidad: esa distinción probablemente pertenece a sus colegas multimillonarios Donald Trump y Elon Musk, quienes, como Ackman, también descubrieron que las plataformas de redes sociales, ilimitadas y sin filtros, son el paraíso para aquellos con opiniones poco convencionales y complejos de Dios.

Pero ¿por qué la gente rica como Ackman hace tanto escándalo en X, publicando una larga diatriba tras otra? Su pasión por la plataforma, especialmente desde que Musk la compró, sugiere que quiere alistar para sus batallas a alguien más que otros donantes adinerados de Harvard y del MIT. Quiere llegar al público, un público que no goza de las mismas libertades que él en las redes sociales.

Pierre Bourdieu, el gran académico francés de gran distinción social, postuló que los individuos podían convertir el dinero en diversos tipos de posición social y viceversa, pero que la conversión no sería perfecta. Si se piensa en esta conversión como un tipo de tasa de cambio, lo que está sucediendo hoy es que los ricos están aprovechando una de las oportunidades más favorables jamás ofrecidas para convertir su riqueza en revuelo y estatus en las redes sociales y luego en un enorme poder e influencia social.

Creo que esto sucede por dos razones: primero, cada vez acepto más una teoría del mundo de las redes sociales conocida como “apego preferencial”: la tendencia de los ricos a hacerse más ricos no solo se aplica al dinero, sino también a la capacidad de los que están bien conectados para atraer más atención. En segundo lugar, creo que la enorme riqueza aísla de manera única a los ricos de las consecuencias de sus discursos. Pura aceleración, nada de frenos.

La decisión de la Corte Suprema sobre el caso Ciudadanos Unidos de 2010, —la cual declaró que el gasto político es una clase protegida de libertad de expresión— comenzó como una sentencia legal, pero poco a poco se ha ido convirtiendo también en una norma cultural, a medida que un número cada vez mayor de medios de comunicación, entre ellos X y The Sinclair Broadcast Group, tienen propietarios millonarios, algunos de los cuales se deleitan en adoptar un criterio claramente personal para hacer que su propia política sea la de las plataformas que poseen.

Además, los ricos también están más aislados de las consecuencias de sus discursos. Los multimillonarios autónomos como Ackman, Musk y Trump pueden decir lo que quieran en las redes sociales sin temor a repercusiones económicas o políticas, porque su riqueza extrema los protege. No pueden ser despedidos, e incluso si se pudiera, eso no impactaría ni un ápice en sus estilos de vida.

Este es un privilegio que solo disfrutan unos pocos estadounidenses, a pesar de la alta frecuencia con la que a nuestra sociedad le gusta argumentar que todos tenemos la misma “libertad de expresión”. Eso simplemente ya no es cierto, si es que alguna vez lo fue. Unas pocas palabras equivocadas, enunciadas en público, pueden provocar que te despidan de tu trabajo, sin tener muchos recursos para evitarlo, o que te “cancelen”, o ambas cosas, o algo peor. Estos fueron los casos de Gay de Harvard; o de Elizabeth Magill de la Universidad de Pensilvania, quien también renunció hace poco a su cargo de presidenta después de ser criticada por sus comentarios ante el Congreso sobre el antisemitismo en el campus (como también lo fueron Gay y Kornbluth) y por otros supuestos pasos en falso; o Yao Yue, la empleada de Twitter a quien Musk despidió por criticar públicamente su orden de “regreso a la oficina”.

Ackman, un inversionista activista conocido en Wall Street por crear agitación de manera incesante y pública para obtener los resultados que desea, reconoce la posición única en la que se encuentra. En una entrevista del 12 de enero con CNBC, Ackman admitió: “Si dices algo que ofende a alguien, puedes perder tu trabajo. Puedes ser excluido. Te pueden cancelar”. Luego agregó: “No tengo miedo. No tengo miedo de que me cancelen, no tengo miedo de perder mi trabajo, y la independencia financiera me da los recursos para hablar”. Se considera un “reparador” y no ve diferencia entre sus campañas activistas para “reparar” a una empresa y una campaña activista para “reparar” a una universidad. “Es todo lo mismo”, dijo. No ve ninguna ironía en el hecho de que Gay, Magill y Kornbluth no tengan un privilegio similar. Ackman ha suscitado otra gran controversia en X al defender a su esposa, exprofesora del MIT, contra las acusaciones de plagio expuestas en una serie de artículos de Business Insider.

Cuando solo los multimillonarios, en la práctica, pueden permitirse el lujo de hablar libremente sin consecuencias, ¿qué significa en realidad la libertad de expresión? Hay una moda entre los superricos como Ackman, Musk y Trump de malinterpretar la Primera Enmienda como un permiso para apoyar su visión particular de cómo debería funcionar el discurso público. Aunque la enmienda es una libertad negativa —las personas y las empresas pueden limitar la expresión de la manera que quieran, pero el gobierno tiene en gran medida prohibido restringirla para ellas—, a los ricos les gusta presentar la Primera Enmienda como una recomendación de que no haya restricciones para las personas que quieran expresarse, sin que importe el contenido de ese discurso. Dado que hay cada vez menos barreras de seguridad sobre lo que se puede compartir en estas plataformas de redes sociales, no sorprende que los ricos se estén beneficiando de manera desproporcionada.

Esta es una estrategia diseñada para convertir al poder, y no al acceso, en el principal determinante de quién puede participar en la libertad de expresión. En plataformas como X, donde prevalece en gran medida una definición desquiciada de libertad de expresión, se piensa que las personas que son hostigadas para dejar de expresarse no son una pérdida para el discurso público, sino más bien unos acosadores debidamente restringidos. Este razonamiento es inaceptable.

Ackman confunde su área de competencia —la inversión activista— con sus opiniones privadas, como quiénes deberían ser los presidentes de Harvard y el MIT y si su esposa es un blanco legítimo de acusaciones de plagio. El clima actual le proporciona tanto los medios financieros como la libertad de cualquier consecuencia para inyectar sus opiniones privadas en la esfera pública. En cierto nivel, así es como debería ser.

Pero cuando las personas que no tenemos ni el megáfono ni la riqueza de Ackman no podemos atrevernos a responderle —o a los de su especie— sin temor a enfrentar represalias significativas, corremos el riesgo de entrar en un mundo donde la libertad de expresión es otro lujo más que solo los ricos pueden permitirse.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

c.2024 The New York Times Company