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Opinión: Lo que hagamos con la Luna la transformará para siempre

Lo que hagamos con la Luna la transformará para siempre (Javier Jaén/The New York Times)
Lo que hagamos con la Luna la transformará para siempre (Javier Jaén/The New York Times)

La Luna está sola. Es única en el cosmos conocido: una roca solitaria cuya anchura es la cuarta parte de la de su planeta anfitrión, el único lugar donde se ha encontrado vida. Y la Luna está sola: es un páramo desolado, quemado por el sol y lleno de cráteres que alberga poco excepto lo que nosotros llevamos, ya sea con nuestras mentes o con nuestras naves espaciales. Sin embargo, eso está a punto de cambiar.

En las próximas semanas, se espera que un cohete salga de la atmósfera terrestre y envíe una nave espacial llamada Nova-C a toda velocidad hacia el polo sur de la Luna. Si todo sale según lo planeado, la Nova-C, una creación de la empresa privada Intuitive Machines conforme el programa de Servicios Comerciales de Carga Lunar de la NASA, alunizará unos siete días más tarde y llevará consigo un conjunto de instrumentos científicos. También transportará una colección de narraciones almacenadas en discos de microfichas, varias cámaras y una serie de pequeñas esculturas del artista Jeff Koons que estarán encerradas en un cubo y permanecerán en la Luna para siempre.

El lanzamiento previsto para febrero ocurrirá poco tiempo después del intento fallido de alunizaje de otra empresa. El Peregrine, hecho por Astrobotic Technology conforme otro contrato de los Servicios Comerciales de Carga Lunar, voló con éxito al espacio el 8 de enero, pero tuvo que interrumpir su misión debido a una fuga de combustible. No logró ser la primera misión privada en alunizar, pero Nova-C podría serlo, así como también la siguiente y muchas más. Aunque este pronóstico parezca un paso obligatorio para las ambiciones cósmicas de la humanidad, también augura un futuro desalentador en el que la Luna se convertirá en un caldo de cultivo de empresas humanas no reguladas que la transformarán de forma irreversible.

Los humanos no han tocado la Luna desde el final del programa Apolo en 1972 y los robots tan solo lo hacen de vez en cuando gracias a costosas iniciativas con financiamiento del gobierno que a menudo fracasan. Sin embargo, lo que es probable que ocurra en febrero es nuevo. Por primera vez, el capital privado ocupará la Luna, incluidas pequeñas empresas emergentes cuyos objetivos trascienden la ciencia y la exploración, con el lanzamiento de aterrizadores y cápsulas. Estas misiones siguen teniendo un fuerte subsidio de la NASA y otras agencias espaciales que buscan el regreso definitivo a la Luna, la mayor parte mediante el programa Artemis de la NASA, el cual ahora tiene como meta alunizar a la primera mujer astronauta en 2026. El programa de Servicios Comerciales de Carga Lunar, como parte de Artemis, alienta a las empresas privadas a construir aterrizadores e incluso vehículos de exploración que la NASA puede pagar por utilizar, en contraste con el enfoque tradicional de equipamiento hecho en la NASA. Eso significa que, aunque transporten experimentos científicos hechos con patrocinio del gobierno, los nuevos aterrizadores serán creaciones privadas con financiamiento comercial que pueden optar por agregar otras cargas no científicas que hayan comprado otros clientes.

La libertad de elegir cualquier carga podría generar controversias. La Nova-C utilizará revestimientos termorreflectantes a partir de diseños de la marca de ropa deportiva Columbia; un sitio web de la empresa muestra un concepto artístico del logotipo de Columbia en un lugar destacado de la nave espacial mientras se coloca sobre la superficie lunar. El fallido aterrizador Peregrine transportaba pequeñas cantidades de restos humanos incinerados. En 2019, un aterrizador israelí transportó unos cuantos miles de tardígrados deshidratados, criaturas microscópicas que pueden sobrevivir en el vacío del espacio. No está claro qué les sucedió cuando se estrelló el aterrizador, pero el intento generó nuevas preocupaciones sobre el traslado de materiales biológicos a la Luna. En lanzamientos futuros se intentará enviar más restos humanos incinerados a la Luna, así como cápsulas del tiempo, mensajes y otros materiales que seguramente provocarán objeciones diversas.

Es probable que esta nueva era de misiones lunares cambie la relación de la humanidad con la Luna. Antes de que esto ocurra, nos debemos a nosotros mismos —y a la Luna misma— una consideración mejor analizada de lo que representa el único satélite natural de nuestro planeta. Todo lo que hagamos con ella durará para siempre. Tenemos una enorme responsabilidad con el futuro de la Luna y el de todos los que viven a su lado.

El mundo compañero inerte y espectral de la Tierra guía nuestra existencia. Protege nuestro planeta del caos climático moderando el eje terrestre. Fomentó la evolución de la vida compleja. Gracias a su marea, la Luna puso en tierra a los animales vertebrados. Los primeros humanos la utilizaron para marcar el tiempo, crear calendarios y forjar las primeras civilizaciones; después, la usamos para consolidar el poder, desarrollar la religión e inventar la filosofía y la ciencia. En conclusión, ha desempeñado un papel fundamental en nuestra evolución biológica y cultural y es un elemento primordial en todo, desde las trincheras de la guerra hasta nuestros sueños más idealistas.

Antes de que acabe esta década, si tienes un telescopio con la potencia suficiente, es posible que veas evidencias de construcción humana o incluso de habitación en la Luna. En mayo de 2023, la empresa de contabilidad PwC estimó que la industria espacial mundial tenía un valor de 469.000 millones de dólares y que superaría el billón en 2030, pues los países y las empresas cada vez utilizan más los satélites para la fabricación, la generación de energía y los datos. Los propios estimados de la NASA muestran que el gasto en programas de exploración lunar fue la base de más de 20.000 millones de dólares en producción económica en todo Estados Unidos en 2022. La agencia ya les ha otorgado miles de millones de dólares en contratos a empresas privadas, incluidos gigantes consolidados como Lockheed Martin, nuevos actores con respaldos multimillonarios como SpaceX y Blue Origin, empresas emergentes combativas, como los fabricantes de aterrizadores Astrobotic e Intuitive Machines, y la empresa de investigación de energía nuclear Zeno Power. “Estamos en un punto de inflexión en el que las ideas que antes estaban confinadas a las páginas de la ciencia ficción representan oportunidades de inversión atractivas”, menciona el informe de PwC.

Algunas de estas empresas prestarán servicios de aterrizaje a agencias espaciales, universidades o empresas privadas de investigación; otras ayudarán a proveerles energía, orientación o servicios de planificación de misiones a otros viajes lunares, con el objetivo de crear una economía lunar autosuficiente. Después de enterarse de los planes del servicio de cremación Celestis Memorial Spaceflight de enviar cenizas humanas a la Luna a bordo del Peregrine, el 21 de diciembre, el presidente de la nación navajo, Buu Nygren, le escribió al administrador de la NASA, Bill Nelson, y a otros funcionarios para pedirles que se retrasara el lanzamiento. El pueblo navajo venera la Luna como un objeto de importancia espiritual.

“El acto de depositar en la Luna restos humanos y otros materiales, que podrían percibirse como desechos en cualquier otro lugar, equivale a profanar este espacio sagrado”, escribió Nygren.

La protesta del presidente navajo ofrece un ejemplo de cómo el uso de la Luna, incluso para los fines mejor intencionados, requiere un enfoque colaborativo y deliberado. La Luna es de todos, es decir que no es de nadie; el uso que cualquiera le dé a la Luna exige la consideración de todos. Los alunizajes programados para 2024 y 2025 conforme el programa de Servicios Comerciales de Carga Lunar incluyen un robot que busca agua, un sistema de navegación que funciona como un dispositivo GPS, instrumentos para sondear el interior de la Luna y contenedores de muestras que recolectarán el suelo lunar. Estos aterrizadores privados se unirán a una flotilla de vehículos exploradores, aterrizadores e instrumentos científicos gubernamentales que lanzaron Estados Unidos, China, Rusia y la India. En agosto, la agencia espacial india alunizó con éxito un nuevo vehículo explorador, para convertirse así en el cuarto país que lo logra. El viernes, tras repetidos intentos fallidos, Japón se convirtió en el quinto país del mundo en alunizar con éxito una nave espacial.

Sin embargo, el espacio sigue siendo difícil, como lo demostraron los fracasos recientes de alunizaje de Rusia y de la empresa israelí SpaceIL, la cual transportaba los tardígrados en 2019. Aunque la Luna se erige imponente en nuestro cielo la mayoría de las noches y los días, está a unos 400.000 kilómetros de distancia. Una cosa es lanzar cohetes desde la Tierra y otra es llegar a la Luna.

Desde 2020, representantes de la NASA han intentado forjar un camino más cooperativo hacia la Luna por medio de los Acuerdos Artemis de la agencia, un marco no vinculante que confirma el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967 y les pide a los firmantes que mejoren la colaboración entre las naciones acordando normas internacionales para los equipos, ayudándose entre sí en caso de emergencia, compartiendo datos científicos y protegiendo los lugares de alunizaje del Apolo. No obstante, los acuerdos también dejan mucho margen para la extracción y el uso de “recursos” minados, los cuales podrían incluir el polvo lunar, el agua, elementos de tierras raras u otros materiales.

Tiene su valor ser exploradores, científicos en la Luna, tal vez incluso buscadores de oro que quieren ayudar a gente en la Tierra. Sin embargo, los humanos tendemos a transmutar la exploración en extracción y nuestras intenciones en la Luna parecen ir por el mismo camino. La Luna no estará sola mucho tiempo. No obstante, es y será siempre silenciosa. No es la anfitriona de tormentas estruendosas, olas que rompen, cantos de aves ni himnos. Debemos ser su voz. Pronto cambiaremos su superficie y nuestra relación con ella, para siempre. Como mínimo, le debemos a la Luna un debate meditado en torno a por qué y cómo lo haremos.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

c.2024 The New York Times Company