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Opinión: Me equivoqué cuando dije que la era de las hambrunas podía estar llegando a su fin

(Vartika Sharma/The New York Times)
(Vartika Sharma/The New York Times)

Hace casi ocho años, escribí un ensayo para la sección de Opinión de The New York Times en el que preguntaba si el mundo por fin había superado el peligro de las hambrunas a gran escala. Respondí que era muy posible que sí.

Me equivoqué. Las hambrunas están de regreso.

Subestimé la cruel determinación de algunos líderes bélicos de utilizar el hambre como arma. Y sobrestimé la importancia que le daban los principales donadores humanitarios del mundo a la alimentación de la gente con hambre en las zonas de conflicto y a darle la ayuda necesaria para superar la devastación cuando por fin termine el combate.

Desde 2016, el año en que adopté esa visión optimista, se han estancado décadas de mejora en la nutrición mundial. Ese año, Naciones Unidas calculó que 130 millones de personas necesitaban ayuda de emergencia. A finales del año pasado, esa cifra había aumentado a 363 millones, un incremento del 180 por ciento. Y, en la actualidad, la hambruna —la cual casi había desaparecido a nivel mundial— ha vuelto a amenazar a una docena de países y territorios.

La lista de países en riesgo de hambruna ahora incluye a Afganistán, Siria y Malí. A los observadores humanitarios también les preocupa que Corea del Norte pueda estar a punto de padecer hambruna. Y, por supuesto, Gaza pasó a la cabeza de los lugares que están en riesgo después de un impactante salto, según ha advertido el Comité de Revisión de Hambruna, el grupo independiente de expertos al que convocan las agencias humanitarias para evaluar la gravedad de las peores crisis alimentarias.

A pesar de la situación crítica en Gaza, el actual epicentro mundial de la crisis alimentaria se encuentra a 1600 kilómetros al sur, en un grupo de países cercanos al mar Rojo. Más o menos 90 millones de personas enfrentan una hambruna grave en Etiopía, Somalia, Sudán del Sur, Sudán y Yemen. Por desgracia, estos países tienen sus propias historias de grave escasez de alimentos, pero el mundo nunca había sido testigo de que todos estos países descendieran al hambre masiva al mismo tiempo.

Las principales agencias de ayuda utilizan una escala normalizada de cinco puntos y mapas codificados por colores para medir la privación de alimentos. Las zonas de color verde son casi normales. Las amarillas están “estresadas”, una advertencia para prestar atención. Las zonas que ya se consideran en crisis son de color café: cuando las iniciativas de ayuda humanitaria deben entrar en acción. En los lugares de color rojo están sufriendo una emergencia alimentaria y las personas han empezado a abandonar sus hogares y vender sus últimas posesiones para comprar alimentos, y los niños ya están muriendo de hambre, enfermedades y exposición al clima. El rojo oscuro o morado marca la fase final y catastrófica de una crisis alimentaria: la hambruna.

En la actualidad, hay países enteros en la región que están coloreados de café y las manchas rojas se están expandiendo. Trabajadores humanitarios con experiencia en el campo advierten en privado y de manera oficial que varias regiones de Etiopía y Sudán pronto caerán en una hambruna total a menos que se brinde ayuda urgente.

Hay muchos factores que contribuyen a la creación de una crisis alimentaria: fallas en las cosechas, precios elevados de los alimentos, desempleo. Sin embargo, la guerra ha creado las hambrunas que están tomando forma en la actualidad. En todo el mundo, cerca de dos terceras partes de las personas que padecen hambre viven en zonas de guerra o violencia, como Sudán y Gaza, o intentan huir de ellas.

Al mismo tiempo, aunque aumentan las necesidades de emergencia, los presupuestos de ayuda no les siguen el paso. Hasta hace cinco años, las convocatorias anuales de las Naciones Unidas para ayuda de emergencia se financiaban al ritmo de un 60 por ciento. En 2023, esa cifra se redujo al 35 por ciento. Este año, el gasto para ayuda podría ser incluso menor.

El mundo no está respondiendo a la escala necesaria por razones complejas. En primer lugar, para los países donadores simplemente es más caro enviar ayuda alimentaria ahora que hace unos años. Los precios de los alimentos han subido y los costos de envío se han disparado todavía más. Por ejemplo, un cargamento de trigo ucraniano con destino a Etiopía primero debe sortear el bloqueo ruso del mar Negro y luego, en el mar Rojo, la lluvia de misiles que dispara Ansarolá de Yemen, conocidos como los hutíes, o hacer un viaje que dure más semanas y cueste mucho más dinero alrededor de Sudáfrica. Según las agencias de ayuda, los costos de transporte han aumentado entre un 15 y un 100 por ciento, según la ruta.

No obstante, hay otro problema que enfrenta la ayuda alimentaria en la actualidad, uno que se podría considerar más complicado: la corrupción. El año pasado, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por su sigla en inglés) descubrió en Etiopía una estratagema que las autoridades estadounidenses presuntamente han calificado como el programa de robo de ayuda más grande del mundo. La escala de las pérdidas no se conoce en su totalidad. Sin embargo, provocó que la agencia estadounidense suspendiera la ayuda alimentaria a Etiopía durante cinco meses mientras Naciones Unidas ponía en marcha un sistema riguroso para llegar a la gente necesitada y monitorear la distribución.

Este tipo de escándalos ofrecen el pretexto perfecto para que los legisladores que no están a favor de dar ayuda al exterior insistan en recortes presupuestarios y garantías blindadas de que no se desvíe ninguna ayuda. Los proveedores de ayuda humanitaria son sumamente sensibles frente a esta situación y sus sistemas se han vuelto cada vez más estrictos. No obstante, la dura realidad de la ayuda en una zona de guerra es que ningún mecanismo reducirá los robos a cero. Y la amarga experiencia nos dice que mientras más se retrase la ayuda y más desesperada esté la gente, mayor será el reto de establecer una distribución de la ayuda bien gestionada y contabilizada por completo. No podemos dejar que lo perfecto sea enemigo de lo bueno.

El Programa Mundial de Alimentos y otras agencias de ayuda ya están planeando recortes en todo el mundo. Planean darles un giro a sus programas para centrarse en los más necesitados y dejar afuera a quienes simplemente pasan hambre. Eso significará limitar las distribuciones a las familias a las que es más fácil llegar —por ejemplo, las personas que viven en campos de refugiados— y descuidar al gran número de personas que viven en las aldeas más remotas.

Estados Unidos sigue siendo por mucho el principal donador de ayuda alimentaria del mundo, pero su presupuesto de ayuda alimentaria no satisface las demandas. En 2022, con fondos suplementarios que se desbloquearon después de la invasión rusa a Ucrania, la cual también disparó el precio de los alimentos, Estados Unidos casi duplicó su gasto en el Programa Mundial de Alimentos, a 7240 millones de dólares (ese año, la agencia recibió la cifra récord de 14.100 millones de dólares de sus donadores). El año pasado, debido al bloqueo del Congreso por el presupuesto suplementario de seguridad nacional, el gasto estadounidense volvió a 3052 millones de dólares. A menos que se apruebe pronto el presupuesto suplementario, parece que será incluso menor este año.

El proyecto de ley presentado ante la Cámara de Representantes incluye 10.000 millones de dólares en ayuda humanitaria para civiles en zonas de conflicto, la cual se utilizará para todos los propósitos, no solo alimentos, y todas las agencias, no solo al Programa Mundial de Alimentos. Es una ayuda destinada a Ucrania, Gaza y el resto del mundo. Sin embargo, junto a los desacuerdos respecto a la frontera y la ayuda a Ucrania, algunos legisladores se han opuesto a brindar ayuda a Gaza y Cisjordania que sería gestionada por la Autoridad Palestina, bajo el argumento de que podría ser mal manejada, o el Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Medio Oriente, después de que Israel acusó a algunos miembros de su personal de estar implicados en los atentados del 7 de octubre. Los líderes estadounidenses no deberían discutir para encontrar la manera de detener la hambruna. Deberían liderar el mundo en el suministro de ayuda.

Sin ayuda inmediata, es casi seguro que las crisis alimentarias que están ocurriendo al mismo tiempo se agraven con el pasar de los meses. Los primeros en morir de hambre serán los niños pequeños y los ancianos. Luego las mujeres ahorrarán los últimos restos de comida para intentar mantener a sus hijos con vida más tiempo. Las enfermedades como el cólera arrasarán los campamentos superpoblados. Las familias que hoy tan solo tienen hambre, pero no mueren de ella, dejarán sus casas, abandonarán granjas y venderán sus últimas posesiones para comer.

La hambruna masiva no es solo una mancha en nuestra conciencia. Puede ser una amenaza para la seguridad mundial. Las hambrunas pueden provocar un colapso social. Pueden orillar a la migración de millones de personas. El hambre alimenta el rencor, la desesperanza y la protesta. Las crisis alimentarias pueden derribar gobiernos.

Cuando el hambre se combina con la guerra, ese vórtice de inestabilidad gira más rápido. Alrededor del sur del mar Rojo, los países vecinos no pueden soportar la carga porque ellos mismos enfrentan sus propias crisis. De hecho, las emergencias alimentarias y las guerras civiles simultáneas en los países adyacentes amenazan con fusionarse y hacer metástasis en una tormenta perfecta de crisis alimentarias que no se había visto nunca.

La ayuda humanitaria debería ser un asunto bipartidista. El Congreso debe desbloquear los fondos de ayuda necesarios. No hay tiempo que perder.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

c.2024 The New York Times Company