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Opinión: La decisión subversiva de fotografiar la vida palestina

EL FOTÓGRAFO ADAM ROUHANA DOCUMENTA A LOS PALESTINOS EN CONTRAPOSICIÓN A LAS IMÁGENES QUE A MENUDO LOS DESHUMANIZAN.

21 de enero de 2024 — Uno de mis primeros recuerdos es estar sentado en el regazo de mi “teta” (abuela). El aroma de los higos maduros llena el aire con la tranquila satisfacción del final del verano. Estamos a la sombra de nuestro fresco porche de piedra caliza, rodeados por las verdes tierras de cultivo de la familia, en un pueblo que ahora está en Israel, pero que para mí siempre ha sido Palestina.

Nuestras manos trabajan juntas para separar las hojas de uva que hemos recogido de las parras de su jardín. Mi teta utilizaba las hojas para cocinar mi plato favorito: “warak enab”, hojas de parra rellenas. Mis abuelos eran “fellahin” (agricultores). Trabajaban la tierra, y esta los trabajaba a ellos.

Yo nací de su hijo, que se casó con una estadounidense de Nueva York. Criado en Nueva Inglaterra, crecí como un estadounidense más —leía a Steinbeck y Baldwin y escuchaba a Bob Dylan—, pero volvía todos los años a visitar a mi familia en el Monte Carmelo. Cuando tomé una cámara a los 12 años, empecé a captar imágenes de lo que me rodeaba: la vida palestina.

A medida que crecía y desarrollaba mi práctica, me di cuenta de que existía una disonancia entre la concepción que Occidente tenía de la sociedad palestina y las imágenes que yo creaba, la vida que yo vivía. En los medios de comunicación, los palestinos solían ser retratados como individuos enmascarados y violentos, o como entes desechables y sin vida: un pueblo sin rostro y miserable.

Sin embargo, eso no es lo que veo cuando estoy allí. En cambio, lo que fotografío es un amor comunitario incondicional, un arraigo y un sentido de pertenencia histórica a la tierra, y una generosidad cotidiana y un espíritu colectivo que rara vez experimento en Estados Unidos. A lo largo de los años, he escuchado un sinfín de historias transmitidas de generación en generación que ponen de relieve un mosaico de pluralismo social, cultural y religioso.

Muchas de las fotos de palestinos que veo hoy reflejan nuestra imagen de pueblo dolorido. Veo fotos de padres que sostienen a sus hijos cenicientos frente a un montón de escombros grises o de hombres detenidos por soldados israelíes fuertemente armados o de niños hambrientos con las manos extendidas mientras piden comida y agua.

Por un lado, ese tipo de fotografía documenta la brutal realidad de la violencia indiscriminada de Israel en Gaza. Pero también facilita que el espectador vea a los palestinos como siluetas que siempre han sido así en lugar de como personas con vidas, historias y sueños íntegros.

Cuando imágenes como estas se convierten en la representación dominante de un pueblo, las ideas preconcebidas se incrustan en las mentes de quienes las ven. En el caso de los palestinos, estas insidiosas representaciones han allanado el camino para la destrucción deliberada de Gaza por parte de Israel, por la que Israel se enfrenta ahora a acusaciones de genocidio en el más alto tribunal de la comunidad internacional. En un contexto de violencia y destrucción, infligir más violencia y destrucción se convierte en rutina.

No obstante, esta estructura está cambiando. Las redes sociales están sorteando los flujos tradicionales de información y proporcionando espacio para que se constituyan representaciones más precisas en la imaginación occidental. Mientras escribo, los pocos fotógrafos palestinos heroicos que quedan en Gaza —al menos seis de ellos han sido asesinados desde el 7 de octubre, además de al menos otros 70 periodistas— están publicando una versión no mediatizada de su realidad, con demasiada frecuencia a costa de sus propias vidas.

Ahora, en lugar de la belleza de Gaza, les queda poco que documentar, aparte de paisajes de muerte. “Sueño desesperadamente con los días de antes, cuando documentaba a mi gente y mi tierra”, aseguró en una entrevista el fotógrafo Motaz Azaiza, que ha estado documentando la guerra en Gaza para millones de sus seguidores de Instagram. “Extraño fotografiar a los niños que juegan en los columpios, a los ancianos que sonríen, a las familias que se reúnen, las vistas de la naturaleza y el mar, mi hermosa Gaza”.

Mucho antes del 7 de octubre, fotógrafos palestinos como yo han estado construyendo un lenguaje visual palestino contemporáneo, inscrito en una ética de autodeterminación. Si las fotografías cuentan la historia de las personas, nuestras imágenes cuentan la historia de nuestro pueblo.

Algunos han afirmado que el sionismo se basa en el mito de que Palestina era una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Mi fotografía subvierte ese mito: Palestina es nuestra patria. Fotografiar la vida palestina se opone a las fuerzas de la supresión.

Imágenes como estas pueden ayudarnos a reorientarnos hacia un futuro justo: una Palestina en la que todos podamos vivir juntos con igualdad y libertad. Un hogar en el que un día pueda sentarme con mi nieta. Un lugar donde ella tenga un pasado y un futuro.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

c.2024 The New York Times Company