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La Liga Premier de Inglaterra necesita un comisionado

La reacción inmediata de Pete Rozelle no podía ser descrita precisamente como entusiasmo incontenible. Tenía 33 años. Durante los últimos tres años, Rozelle había sido el gerente general de los Carneros de Los Ángeles. Era elegante, carismático y agradable. Sin embargo, comenzaba a preguntarse si dirigir un equipo de la NFL era de verdad el trabajo indicado para él.

Y entonces, fuera del Hotel Kenilworth en Miami en enero de 1960, lo abordó un grupo de las personas poderosas más temibles de la liga: los hermanos Mara (Jack y Wellington, propietarios de los Gigantes de Nueva York); Dan Reeves, el benefactor de los Carneros, y Paul Brown, el entrenador, fundador y potentado polivalente del equipo de Cleveland que todavía lleva su nombre.

Tenían una oferta que hacerle a Rozelle. No querían que operara una franquicia. Querían ponerlo a cargo de toda la liga.

Para Rozelle, era una oferta que tenía que rechazar. Según “America’s Game”, la historia magisterial de la liga de Michael MacCambridge, les respondió: “Tiene que ser una broma. Es la cosa más ridícula que jamás he escuchado”.

La lógica de Rozelle era sencilla. El puesto de comisionado de la NFL era demasiado parecido a un cáliz envenenado. Los diversos dueños de la liga estaban divididos en casi cada tópico imaginable (no solo respecto a quién debía ser el comisionado, sino también sobre si deberían agregar otro conjunto de equipos de expansión, si deberían firmar un acuerdo colectivo de derechos de transmisión por televisión y cómo alejar la amenaza de la American Football League).

Había disputas incluso sobre dónde, con exactitud, deberían estar las oficinas de la liga. Rozelle no fue el único que pudo haber visto el perfil del empleo y decidió que tenía que ser tonto o estar loco para aceptar.

Aun así, durante el curso de la tarde, convencieron a Rozelle. Reeves, Brown y el resto lo persuadieron de que su candidatura sería exitosa, de que los problemas podían ser resueltos, de que “llegaría a amar” su puesto. Su esposa, Jane, le aseguró que sería un buen empleo para él. Más tarde ese mismo día, mediante elección, Rozelle se convirtió en comisionado.

Los retos que enfrentaba la NFL de principios de la década de los sesenta son desconocidos para la Liga Premier de Inglaterra en 2023. La Liga Premier es, bajo casi cualquier criterio, una historia de éxito. Es la liga deportiva nacional más popular de todos los tiempos. La televisión le ha dado una fortuna inconmensurable. Es un lugar de juego para multimillonarios, fondos de capital privado y Estados nación. No teme el surgimiento de un rival; en todo caso, su dominio es tal que está asfixiando a sus antiguos pares, una brecha de riqueza que no es positiva para el juego.

El sábado, la Liga Premier regresó de una breve pausa por partidos internacionales con un encuentro destacado entre el Manchester City y el Liverpool, el juego que se ha convertido en estelar. El City es el equipo dominante en el ámbito mundial. El Liverpool es uno de los clubes más grandes del futbol. Ambas escuadras están repletas de estrellas globales y cada una es liderada por uno de los directores técnicos más influyentes de su generación. Millones de televidentes sintonizaron para ver el partido. Si la Liga Premier está en una crisis, ha tomado una forma extraña.

Aun así, debajo de la superficie, la competición es sacudida por corrientes que Rozelle reconocería. Hace unas semanas, los clubes de la Liga Premier se reunieron en Londres para una de sus conferencias periódicas. Entre otros asuntos, votaron respecto a crear una prohibición de (y este término es pegajoso) “préstamos entre partes relacionadas”.

La verdad, difícilmente esto es un tema existencial para la liga. (Es mucho más apremiante y mucho más problemático en cualquier otro lado). Ahora más y más equipos en Inglaterra, como es el caso en toda Europa, son parte de las llamadas redes multiclubes, en las que los propietarios poseen no solo uno, sino varios equipos.

La Liga Premier había reconocido de manera correcta que esta situaciòn brindaba a los equipos la posibilidad de circunvenir las reglas en extremo laxas de la competición sobre el gasto: el Nottingham Forest podía, digamos, tomar a un jugador a préstamo de su club hermano, el Olympiakos, a una tasa más baja de la que tendría que pagar en el mercado abierto, con lo que podría mejorar su desempeño sin afectar su balance.

Por supuesto, el hecho de que esto sea solo un problema ahora no tiene nada que ver con los vínculos del Forest con Grecia o la relación del Brighton con un equipo en Bélgica, sino con el Newcastle, que es propiedad del mismo fondo soberano saudita que ha pasado los últimos meses llenando sus cuatro equipos nacionales con superestrellas. La Liga Premier quería evitar la posibilidad de que esos jugadores fueran convenientemente desviados al Newcastle a precios reducidos.

No obstante, la moción no pasó. Las reglas de la Liga Premier indican que, para la aprobación, cualquier votación requiere el respaldo de catorce de sus veinte equipos. En esta ocasión, se quedó corta por uno. Siete clubes decidieron, en esencia, que la idea de los préstamos de partes relacionadas era buena. No es ninguna sorpresa que dichos siete equipos son o pronto podrían ser parte del sistema de multiclubes.

No obstante, sería ingenuo asumir que los motivos del bando contrario del argumento eran más puros. Es posible que algunos de los trece que apoyaron la idea de una prohibición lo hicieron porque creyeron que la laguna legal podría de alguna manera socavar la integridad de la liga o porque sintieron que de verdad debería haber reglas que rijan una competición deportiva. Lo más probable (como lo indica el momento elegido) es que vieron una oportunidad de negarles a sus rivales una posible ventaja.

En varias ocasiones en la década de los noventa, la Liga Premier envió emisarios a Estados Unidos para ver qué podía aprender el futbol inglés de las grandes ligas deportivas estadounidenses. Regresaron con la conciencia del poder de la televisión, un entendimiento sobre el significado de los ingresos corporativos y una convicción sorprendemente prolongada de que las porristas serían una buena idea en un invierno de Yorkshire.

Al parecer, nadie recomendó designar a un comisionado para moldear y guiar su negocio. Dada la posición en la que la Liga Premier se encuentra hoy en día, atrapada en un callejón sin salida irreconciliable entre partes, es evidente que se trata de una omisión. Si los clubes no pueden trabajar juntos por su propia voluntad y no pueden operar por su propio beneficio mayor, es obvio que se les tiene que obligar.

Por supuesto, el único problema es el obvio. Los propios clubes tendrían que votar sobre no solo la identidad del comisionado, sino también la existencia de uno. Como siempre, lo harían totalmente de acuerdo con sus propios intereses. Sin embargo, en ese caso, y solo en ese caso, podrían encontrar una unanimidad poco habitual.

Una visión (disputada) del futuro

En este preciso momento, no queda del todo claro si el Inter Miami participará en el torneo sobre el que todo el mundo está hablando: la siempre prestigiosa Copa Riad.

El martes, Turki al Sheikh, presidente de la Autoridad General para Entretenimiento en Arabia Saudita, tenía la impresión de que había contratado al mejor acto tributo del Barcelona para que formara parte de un torneo de tres equipos en el que participarían equipos “gigantes” (sus palabras, las de nadie más) como el Miami: el Al-Nassr y el Al-Hilal.

Algunas horas después, lamentablemente, quedó claro que nadie le había dicho al Inter Miami. Mediante un comunicado que es, desde cualquier punto de vista, un clásico del género, el club declaró: “Hoy temprano, se emitió un anuncio indicando que el Inter Miami está programado para jugar la Copa Riad. Esta es una imprecisión”.

Por supuesto, el atractivo de llevar al Miami a la ciudad es la posibilidad de tener otra vez a Lionel Messi y a Cristiano Ronaldo en una competencia directa. Sería, como lo decía el ahora cuestionado comunicado de prensa, una especie de oportunidad para “El último baile”, una afirmación debilitada solo un poco por el hecho de que: primero, “El último baile” real (la serie documental) trata sobre un campeonato significativo, no un partido amistoso, y dos, hay muchas posibilidades de que las autoridades sauditas o la MLS encuentren una manera de que vuelvan a enfrentarse en la próxima oportunidad disponible.

Aun así, dichas quejas quizás no sean importantes a estas alturas. El Inter Miami contra el Al-Nassr en Riad, en febrero, no es ni siquiera una remota imitación del tipo de partidos que definieron la rivalidad entre Messi y Ronaldo. Es más bien una exhibición, una puesta en escena, más que una competición deportiva. Es futbol como si te lo presentara la WWE.

c.2023 The New York Times Company